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El despertador resonó en la madrugada como un mal sueño. Me desperté con un viejo método tan peligroso como infalible: girar sobre mi cuerpo hasta caer de la cama. Caí sobre mis zapatillas y me mantuve un rato más acostado, hasta que el despertador volvió a sonar. El sueño conspira universalmente para que no logremos lo que deseamos, parafraseando a Paulo Cohelo.
Mientras esperaba el colectivo de las seis, encendí un cigarrillo. Hace años que no fumo de día, siempre fue para mí un vicio irregular y nocturno. Pero como el sol no había salido todavía, supongo que no quebré mi conducta. Las calles apenas mostraban vida. Dos barrenderos empujaban pilas de tierra junto al cordón de las calles. Un perro solitario los miraba desde un patio cerrado, con curiosidad y sin odio. Cuando los empleados municipales terminaron su trabajo, llegó un carro tirado por dos caballos famélicos. Una chica de no más de doce años y un adulto bajaron y comenzaron a hurgar en las bolsas de basura con una destreza que sólo la miseria de años puede permitir. El niño en edad escolar que los acompañaba miraba la faena desde el carro mientras masticaba pan. Primero intenté apartar mis ojos de la imagen porque me pareció que socavaba su dignidad. Minutos después, volví a mirarlos por el mismo motivo, convencido de que hacer como si no existieran era peor. En un tercer momento, me sentí miserable por dedicarme a resolver mi dilema de clase media sobre cómo mirar a una familia cartonera, mientras ellos se ensuciaban con la basura que había sacado anoche.
Antes de azuzar a los caballos y salir rumbo a la siguiente cuadra, el padre besó la frente del niño, que en el ínterin había ocupado el lugar de acompañante que pertenecía a la hermana. En medio de la basura, de las privaciones, de la falta de juguetes de los chicos y la falta de trabajo del padre, se querían y se trataban como cualquier familia.
Pasó un vendedor de diarios y le compré un ejemplar de Crítica de la Argentina. El título de tapa era La ley de la calle, sobre el fondo de un grupo de piqueteros de distintas agrupaciones sociales. Un detalle no menor: la foto estaba sacada desde el ángulo de visión de la policía.
En la página del artículo, las primeras palabras eran Cristina cedió. Si los medios progresistas tratan así el tema, no quiero imaginar lo que serán los editoriales de La Nación del día. Saqué un marcador del bolso para empezar a adelantar trabajo: hoy es miércoles y tengo que preparar el material de análisis para el programa, aún previendo que Trejo -el conductor de La noche de Radio Litoral, mi jefe- termine por apoyar la mano dura sin muchas reservas. Cuando pasaba revista a las novedades internacionales, una mirada de reojo a la ventana me indicó que me estaba a dos cuadras del lugar de encuentro pautado. Pulsé el timbre.
Federico ya estaba allí, apoyado en una de las paredes del supermercado. Caminamos mientras le contaba las noticias del día. Como el no tiene los clisés de estudiante-de-comunicación-social que yo sí protejo como tesoros, nunca está apurado por enterarse de nada. Seguramente estará destinado a ser un editorialista o un redactor de cultura, alguien que se ocupa de los contenidos generales o intemporales de los medios. Al discutir, me dice amigablemente que mi problema es la sobreinformación, y que por eso tiendo a tomar posturas extremistas. Según él, para ser objetivo hay que saber menos, no más. Cuando se profundiza demasiado en un tema, es imposible no tomar partido.
La enfermera nos condujo con felicidad, como si le estuviéramos haciendo un favor a ella.
-Nadie lo visitó hasta ahora. Le van a dar una alegría bárbara.
-¿Está consciente, entonces?
-Y muy activo. A toda hora amenaza con irse, dice que no puede perder más días de clase. Ya lo van a ver.
-¿Ya saben qué le pasó, señora?
-Tuvo un ictus cerebral. Se va a recuperar bien, pero va a tener que dejar de automedicarse. Encontramos en su saco un montón de pastillas para enfermedades que no tiene. La cantidad de fármacos que toma seguramente es lo que le provocó la isquemia.
Entramos en silencio y encontramos a Spiel acostado en cuarenta y cinco grados, leyendo a Spinoza. Lo habían afeitado y parecía mucho más joven, algo que sin dudas le molestaba, porque siempre se enorgulleció de su vejez. Cuando nos vio entrar con un paquete de medialunas, cerró el libro, se sacó los anteojos, y se puso a llorar. Spiel, el marxista terco, el exiliado dos veces, el perseguido en dos países, el activista de toda una vida, el educador gritón y malhumorado, el torturado por la federal, el que jamás mostró debilidad, lloró. Lloró como hombre, con la dignidad que eso confiere. Nos explicó que el único familiar vivo que tiene es una hermana viviendo en Alemania, con la que habla los domingos. Se disculpó por ofrecernos un espectáculo patético y nos invitó a pedir café. La enfermera estaba observando todo y salió presurosa a buscar el desayuno.
-Escuche, profesor.
Comencé a leerle a Spiel en voz alta la crónica de los homenajes a Lévi-Strauss en Francia. Se secó los ojos y empezó a tomar notas para organizar sus opiniones, pero ya no volvió a ocultar la sonrisa que iluminaba su rostro.










Muy bueno, che!!!La vengo siguiendo día a día. Espero que puedas seguir con este ritmo y, sobre todo, con esta calidad.Saludos!!!
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Venía atrasado con la lectura, ahora leí un par de capítulos juntos. Me parece buena, la historia va atrapando, la redacción es perfecta y tiraste un par de conceptos espectaculares (ej: el del dilema de clase media y la familia de cartoneros, espectacular).Muy bueno che, sigo leyendo.
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