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-Vos sabías.
La cara de papá estaba tan inexpresiva como la madera del techo. Ni siquiera miró la foto que le arrojé sobre la mesa. También sabía de qué se trataba. Sorbió su café y, por primera vez en muchos años, me miró a los ojos.
-Por supuesto que sabía, aunque al principio no lo entendiera. No tenía ninguna sospecha de las salidas nocturnas o diurnas de papá -la palabra me estremeció (papá seguía considerando al abuelo su papá, de la misma forma en que yo lo reconozco a él ¿no debería la paternidad ser algo más complejo?)- a veces armado, otras medio disfrazado. Caí recién cuando me pelée con otro chico jugando a las bolitas. Estábamos acostumbrados a insultar a los padres del otro -ahora suena perverso, pero el de los adultos es otro mundo- porque eran pobres o tenían oficios de segunda, o porque eran feos o gordos. Yo lo hice, pero el pibe me contestó con algo más raro, que no comprendí pero sentí como una agresión mayor. Él había dicho “mi papá dice que tu papá es de la patota, que mata gente”. Nos agarramos a trompadas. Después se lo pregunté a papá, llorando, todo golpeado, y se puso muy serio. No me contestó nada, me preguntó simplemente quién de los chicos me había dicho eso para ir a hablar con sus padres y explicarle. Creo que en ese momento debí entender, porque me negué a decírselo, pensando en que a lo mejor iba y mataba a mi amigo y a sus papás.
Lo escuchaba pensando en mil cosas. La niñez de papá, como en las teorías de un oscuro filósofo alemán, explicaba la mía.
-Yo debía tener nueve o diez años cuando empezó. Las salidas siguieron hasta el ochenta y tres, cuando yo empecé la facultad. Aunque era más discreto, porque todos entendíamos lo que hacía -los hijos, los primos, los vecinos- era fácil darse cuenta. Tu abuela rezaba el rosario desde que el grupo cruzaba la puerta hasta que él regresaba, solitario. Entonces agradecía a todos los santos por protegerlo. Eran un montón, a veces más de diez, más o menos como en la foto. Aunque no creas, con esos tipos llevábamos una vida casi normal, como si fueran parte de un club social o algo por el estilo. Pasábamos las vacaciones en la casa de campo de uno, un ingeniero. Uno de ellos fue mi padrino de comunión con la señora. Te cuento esto porque sé que vos te vas a ir creyendo que yo también fui culpable por no haber hecho nada.
-No dije nada. No tengo por qué juzgarte, además. Lo que quiero es saber la verdad.
-Al final igual lo vas a hacer. Yo lo hice con mi papá y dejé de hablar con él hasta que me fui de casa. Vos vas a hacer lo mismo.
-Pero no mataste a nadie.
Hizo un silencio tan largo que creí que podía llegar a decir que sí. Se retorció y habló, haciendo pausas.
-Una noche trajeron una chica que tenía mi edad, veintipico en ese entonces. No sé por qué la llevaron a casa. Me despertaron los gritos, pero se calló enseguida. Entré al garage y estaban él, cuatro hombres y un tipo que no conocía y parecía cana, al menos tenía un revólver. Estaba inconsciente y toda golpeada, en la cabeza también. No sé si tendría que decirlo, pero era muy linda. El viejo estaba tan enojado con el hombre extraño por haber venido que ni se dio cuenta de mi presencia. Los otros intentaron echarme, mandarme a dormir, pero yo no me iba. Sabía que si los dejaba solos, la iban a reventar y borrar del mapa. Se pusieron nerviosos y empezaron a putearme y a empujarme. Les supliqué que la dejaran ir, que la mina no iba a decir nada después de la paliza que le dieron, que era casi una adolescente y seguro estaba muerta de miedo. El más tranquilo trató de explicarme que era una terrorista, que yo no tenía idea de lo que eran capaces de hacer esos pibes, y que aunque las cosas parecieran malas, eran para lograr un bien mayor. No me dejaron hablar a mí hasta que los amenacé a los gritos con denunciarlos, no con la policía, sino con gente del ERP que conocía de la facultad.
-¿En serio hiciste eso?
-No se me ocurrió otra cosa, y aunque sonaba ingenuo funcionó. Me hicieron esperar con la promesa de no escaparse, y hablaron un rato. A papá no lo dejaron quedarse, porque estaba furibundo y quería largarme un tiro. Por suerte los otros fueron más racionales y cuando se convencieron de que les estaba hablando en serio depusieron su actitud. La única exigencia fue que a la chica la llevaba yo, y me encargaba de que vuelva a su casa. Como no despertaba, la alcé hasta llegar a la guardia del hospital que estaba a dos cuadras de casa. Ahí reaccionó, estaba aterrorizada. Le tomé la mano todo el tiempo. La hicieron algunas curaciones básicas y después nos pidieron que nos vayamos porque los estábamos comprometiendo. Los médicos habían entendido lo que pasaba desde el principio, me llamó la atención porque actuaban como si el caso fuera de rutina. Pasaron varios taxis hasta que uno se animó a parar, era un tipo de primera, me ayudó incluso a meterla en la casa. Los padres estaban en crisis, no me preguntaron nada. Me fui en la primera oportunidad. Nunca más volví a verla.








