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Mamá está preocupada por mi ánimo. Sigue insistiendo en que revise la decisión de irme y sospecha que todo tiene que ver con Soledad.
-¿Está embarazada?
-Sí, y robé en el banco para pagar la cesárea -contesté, riendo.
-No entiendo. ¿Viste que estás más raro? Decís cosas que vos nomás entendés.
-Yo tampoco las entiendo. No me des pelota, ma. Están pasando muchas cosas.
-Y yo estoy fuera de todas.
Se la notaba rencorosa. Tal vez mi repentino emparejamiento la tenga celosa. Se ha escrito mucho sobre cómo los hijos superan el Edipo, pero nada se ha dicho de las madres. Algunas se alegran de recuperar la libertad cuando el nido se vacía y aprovechan para divorciarse o jugarse los ahorros en el casino. La mía pinta caballos. Son tantos a esta altura del mes, que el estudio de papá parece un hipódromo. Intento acortar su duelo soportando sus ataques y preguntas, ayudando con las tareas de casa, acompañándola a comprarme cosas que ella considera imprescindibles para mi vida futura, como tijeras de cortar uñas, bolsas de residuos reforzadas, cremas cicatrizantes, sartenes enlosados, cajas para guardar ropa, juegos de sábanas blancas, aceiteras y vinagreras, jarras. Sin quererlo, me estoy por llevar una pequeña fortuna familiar en baratijas que probablemente no use nunca.
Encontré datos en internet sobre otro de los hombres de la foto. Fue un funcionario de segunda línea de un organismo de control del agua y siguió trabajando durante el regreso de la democracia. Tampoco fue juzgado, aunque se lo relaciona con varios secuestros y asesinatos. A esta altura ya no puedo dudar del grado de compromiso del ese hombre oscuro y lejano en que se convirtió, desplazando todos mis recuerdos infantiles, alguien que alguna vez llamé abuelo. Ya no siento dolor, pero sí un dejo de culpa que sé que no me corresponde, pero asumo. ¿También se sentirán así quiénes sí lo sabían? La responsabilidad reside, legalmente, en el conocimiento. Con la moral ocurre lo mismo. La maldad no está solamente en los actos, sino también en las omisiones. Se extiende como el petróleo sobre los océanos, contamina y pudre las aguas que, intentando correr, arrastran su asco.
Miguel y el tío César nos invitaron a cenar para luego jugar al TEG. Llamé a Soledad para avisarle y aceptó de inmediato. Desde que le conté sobre su relación, insiste siempre que puede en conocerlos. Le pedí encarecidamente que trate de no hacer locuras excesivas.
-El único secreto es ir cocinando en orden los componentes de la salsa, cuidando que todos lleguen a su punto -explicó el tío. El interés de Soledad por los avatares de la cocina es inversamente proporcional a su dedicación culinaria.
-Qué linda parejita hacen -nos elogió Miguel.
-Ustedes también, se nota que se quieren mucho -les contestó ella, distraída.
La miré ahogado y pensé que se desataría algún escándalo o que al menos intentarían negar el vínculo. Por el contrario, actuaron como si fuese de dominio público (tal vez lo era, y fui el último en enterarme). Incluso se mostraron todavía más afables y sueltos que de costumbre. Jugaban a desafiarse sobre el tablero para luego, durante la paz, descansar una mano en la rodilla del otro, o acomodarse el cuello de la camisa. El tío prestaba mucha atención a que yo disfrutara del encuentro y se encargaba de llenar mi vaso con su generoso tinto. Entendí en ese momento que no me lo había ocultado por vergüenza, sino para evitarme un conflicto ideológico o una toma de posición difícil. Pensé que era maravilloso que alguien se preocupe de esa manera por merecer mi cariño, y que compartir mi sangre con alguien así lavaba de alguna forma los demás pecados familiares.
La velada fue maravillosa y decidimos irnos cuando estuvimos lo suficientemente borrachos. Miguel insistió en llevarnos en el auto, pero preferimos caminar para aprovechar el viento fresco.
-Pasemos por la plaza. Quiero mostrarte algo.
Toda la zona estaba desierta. Llegamos a una construcción ruinosa, donde el pasto superaba ampliamente la altura de las paredes.
-Lindo lugar -me burlé- ¿Es otro juego?
-Sí. Vamos adentro.
Esta vez entendí sin necesidad de explicaciones lo que pretendía. Nos guiamos con las luces de los celulares hasta encontrar un sitio que parecía desprovisto de alimañas. Empezamos a besarnos en la total oscuridad. El miedo a ser descubierto o agredido, en vez de alertarme, me hundió en un sopor extraño. Soledad se bajó la falda y se puso de espaldas contra la pared. Hicimos el amor con lentitud, más preocupados por el placer del otro que por lo extraño de la situación. Cuando sentí que estaba por terminar, me bastó con concentrarme en las voces lejanas que llegaban para extenderme en mi urgencia. Salimos del sitio con cuidado una vez que nos aseguramos de estar libre de miradas inoportunas. Ella estaba contenta, seguramente porque logró al fin que alguno de sus experimentos me resulte disfrutable. El alcohol y la cercanía del acto amoroso me llevaron a un estado de liviandad y desenfreno. Cometí el error de confirmarle que me tenía entre sus manos. Sentí la necesidad de decirle que la amaba, y se lo dije. Ella me contestó con un beso, pero no agregó nada más.








