Vidas familiares/ 11
Capítulo 11 de un total de 30 en Vidas familiares

Spiel estuvo de un humor avasallante. Nos narró sus primeras lecturas de Lévi-Strauss, en el exilio, cuando el científico era un autor subversivo y no un prócer nacional homenajeado hasta por el analfabeto de Sarkozy. Nos hizo una reseña de las concepciones vertidas en  Las estructuras elementales de parentesco y terminó por reconocer que en esa época andaba atrás de una francesita que estudiaba Antropología en la Universidad de Nanterre.

-Quería impresionarla, sí. Pero el lance no fue mérito de Strauss, sino torpeza mía -se apresuró aclarar.

La historia de Spiel es la historia de sus lecturas, y uno nunca sabe en qué puede terminar una conversación cuando incluye un título de libro. Restándole importancia, nos contó que fueron novios hasta que él regresó al país, tras la renuncia de Onganía. Ella no quiso seguirlo, porque la sola idea de abandonar Europa para habitar tierras salvajes la paralizaba . La casualidad lo volvió a encontrar con Sofía (así se llamaba la chica) varias décadas después, en un congreso de Ciencias Políticas. Se reconocieron de inmediato y se pasaron las novedades que más importaban, entre ellas el estado civil de cada uno. Spiel viudo y sin hijos, ella casada y con nietos, uno de ellos estudiando también Antropología. Se despidieron con los mejores deseos, para no verse de nuevo.

-¿Ya no la quería?

La pregunta de Federico quedó flotando en el aire. Spiel la sopesó, la dibujó en el aire con el dedo, se llenó de verdades. Nosotros aguardábamos con ansias medir la profundidad de la historia.

-La quería mucho. Incluso en esa última vez, yo viejísimo y ella camino a ser una anciana, no me pude privar de abrazarla y exigirle un beso de amantes. El paso de los años transforma el amor, así que me animo a decir que hasta la quería más que en su juventud, cuando la pasión nos llevaba a pelearnos mucho. Cuando la corporalidad deja de ser prioritaria, uno empieza a querer más a todas las personas que lo quisieron, siente muchas ganas de agradecerles ese interés, esa entrega. El amor que le tengo es eso, gratitud y estima, porque sin ella yo no habría soportado el dolor del exilio. Por supuesto, si tuviera la oportunidad…

El profesor se calló, dando por cerrado el tema. Le entregamos los libros que nos pidió y que Federico había exigido en el departamento de la facultad. Uno de ellos era, casualmente, Tristes trópicos.

-Me alegra que se reconozca a Lévi, hace justicia con la propaganda inmerecida que tuvieron los oscurantistas -se refería de esa manera a los existencialistas-, con excepción del Sartre político, por supuesto. Hoy parece revivir la doctrina heideggeriana más imbécil, en el telerabino que aparece en los actos públicos. El mundo mundea. Los medios median. La nada nadifica. La comunidad une en común. Y la puta madre que los parió, como dice Alonso Quijano.

Nos convulsionamos de risa y festejamos la comparación. Federico lo fogueó un poquito.

-¿De verdad no le gusta Bergman? Pensé que lo vería como un aliado al menos coyuntural.

-No se confundan, jovencitos. Yo soy gorila, pero un gorila ilustrado y antifascista. Hoy todo el mundo es opositor, como todos éramos opositores en el cincuenta y cinco. Lo que interesa es saber a qué, por qué y para qué se opone cada uno. Después de sincerar eso podemos ver si es posible trabajar juntos. Hay errores que no se pueden cometer de nuevo. No sé si la edad me hizo extremista, pero mientras menos aliados tenga a esta altura, mejor para mi conciencia. Pero volvamos a las fuentes.

Manoteó de la mesa de luz el ¿Qué hacer?, localizó a toda velocidad un capítulo y empezó a leernos en voz alta. Sin darnos cuenta, llegaba el mediodía.


Busqué nuevamente los nombres en internet, y hallé el expediente completo de uno. Por la foto, parece ser el que está parado a la derecha. Es él, los otros no se parecen en nada.

El nom de guèrre del personaje era Saturnino. Fue un policía expulsado de la fuerza por corrupto, que se recicló en la organización de López Rega. Es coherente, quiso seguir su carrera delictiva, pienso. Murió en un accidente, sin juicio, en 1987. Estaba implicado en por lo menos tres atentados y fue uno de los conductores de la emboscada que acabó con el secuestro y muerte de Silvio Frondizi. No hay ningún dato más.


Los amigos del abuelo. De él, apenas está la mención en una lista. No hay biografía ni prontuario que me permita conocer hasta dónde estaba implicado. ¿Habrá matado gente? ¿O habrá sido parte de la estructura de apoyo, un aportante de dinero, un facilitador de escondites, un enlace, un alcahuete? En cualquier grado es responsable, de eso ya no quedan dudas, pero para mí sigue siendo importante conocer qué crímenes cometió ese contador jubilado que apenas conocí de chico, del que sólo recuerdo los chocolates de los domingos y los regalos de navidad. Todos sus gestos de cariño en este momento se me antojan perversos, hechos sólo para humillarme y culparme más el día de hoy, al descubrir la verdad. ¿Cómo le podría contar a Spiel que mi abuelo estaba en la banda que lo obligó a exiliarse?

Pero hay dos preguntas todavía más graves, que en algún momento tendré que hacer.

¿Lo sabe mamá? ¿Lo sabe papá?

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