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Delitos menores

Agentes de la Policía Nacional han detenido a un menor que realizó más de 15.000 llamadas a los servicios de emergencia

20minutos

Teléfono público - Francisca Ovalle

Teléfono público - Francisca Ovalle

Cuando era un chico (hablo de once años atrás, en un tiempo prescripto) nos juntábamos cuatro amigos en el parquecito de mi pueblo a beber cerveza y a planificar nuestras vidas. En la vereda nos vigilaba un armatoste gigante muy siglo veinte que se conocía como teléfono público. A veces llamábamos a nuestras novias desde ahí, cuando podían atendernos. Marcelo, que no estaba en pareja, se entretenía en cambio llamando gratuitamente a los bomberos de un pueblo cercano, siempre con emergencias absurdas: “Hola ¡hay un gato volador atrapado en los cables del tendido!”, “Una vieja está surfeando en la terraza de la municipalidad”, “Se inundó la pileta del club”, y otros casos idiotas. El bombero de guardia se reía, se enojaba o lo sermonaba alternativamente mientras nosotros escuchábamos en posiciones imposibles el auricular del teléfono. Lo admirábamos en secreto por su carencia de rencor, su colaboración en las bromas, su pedagogía impasible.

Una noche Marcelo decidió ir más allá, y ocurrió lo impensable. Una sola palabra quebró el pacto, invirtió los lugares y determinó que nosotros nos quedemos con la reflexión de nuestra adolescencia rota, y el pobre encargado con su rutina. Cosas de la comunicación.

-Hola, hay un incendio.
-¿Dónde?
-Acá. ¡Se quema! ¡se quema!
-¿Qué se quema?
-¡Mi culo!
-Ah, bueno, hubieras avisado antes. Tengo una manguera para apagarte el fuego.

La llamada

Día después de Navidad. Suena el teléfono.

-Usted está recibiendo una llamada por cobrar desde un teléfono público. Si desea aceptarla, presione cero. Quien desea comunicarse con usted es…

Silencio. Pienso en cortar, pero luego tendría que cargar con la culpa. ¿Y si no es un error? Presiono cero.

-Buenos días. Me estoy comunicando de Telecom Argentina. ¿Me espera un momento?

-Yo…

-Sí, buenos días, ya estoy con usted. Le decía, soy el gerente comercial de Telecom zona litoral.

-…pensé que era una llamada de cobro revertido.

-Es un error del sistema, todas las llamadas desde la empresa están saliendo con esa introducción en vez de pasar el mensaje de comunicación oficial. Sepa disculpar. ¿Me escucha?

La historia es tan complicada que hasta me parece verosímil. Decido aguantar.

-Lo escucho.

-¿Usted tiene el número X y es el propietario Z? Le explico, entonces. Soy el gerente comercial y lo llamo para anunciarle que fue beneficiado, junto a otros diez usuarios de Corrientes que no tienen deudas con la empresa, con el premio Telecom Navidad. Antes que nada, lo felicito.

-Gracias- contesto rápido.

-Ahora le cuento. El premio consiste en cinco mil pesos en efectivo, tres mil pesos en órdenes de compra y dos mil pesos en crédito para celulares. ¿Me sigue? El total que ganó es de diez mil pesos. ¿Me sigue?

-Lo sigo.

-El premio se hará efectivo en el Banco Nación, caja tres, desde la cuenta corriente de Telecom Argentina. Le digo lo que necesita para cobrar el premio. Eso sí, tiene que ser antes de las dos de la tarde. ¿Tiene algo para anotar?

-Sí.

-Bueno. Fotocopia de primera y segunda hoja del DNI. Una boleta de servicio a su nombre y… ¿usted es cliente de Movistar, no?

-No.

-Ah, tenemos un problema entonces. Espéreme un segundo, voy a hablar con la licenciada para ver si hay forma de que no pierda su premio. ¡Ana!

Al llegar a este punto, ya estoy completamente seguro de que están intentando robarme. No tengo miedo, seguro de no haber dado ningún dato que el ladrón no tenga ya, pero me siento francamente incómodo. Pienso en la voz de joven ejecutivo cordobés que, con total corrección, simpatía y disciplinamiento, cree tenerme en sus fauces. Lo que me inmoviliza está entre la indignación y la curiosidad de ver cómo sigue.

-Ana, acá hay un titular de Corrientes que ganó el premio, su nombre es Z y puede ir a cobrar, pero no es cliente. ¿Qué se puede hacer? Ah. ¿Abrirle una línea? Dale, hago eso.- finge en voz baja pero intencionalmente audible para mí, dirigiéndose a la imaginaria licenciada – ¿Señor?

-Acá estoy.

-El problema es que no le podemos acreditar el premio si no es cliente, porque el crédito es sólo para esta empresa. Y no le podemos entregar sólo la mitada del premio. Pero no se preocupe, podemos solucionarlo rápido.

-¿Cómo podría hacerse?- pregunto con sorna, seguro de que ahora viene el centro de la cuestión.

-No tenemos inconveniente (acabo de consultar) en abrir una línea para que usted reciba su premio, pero voy a necesitar que usted haga la primera recarga. De todos modos, recuperará ampliamente ese crédito ¿no?

-Eso imagino. ¿Entonces?

-Bueno -dice, más inquieto- tendría que pedirle a alguien que vaya a comprar por usted una tarjeta Movistar de veinte pesos y otra Telecom Global de diez pesos. Con eso bastará para abrir una línea a su nombre y usted podrá cobrar hoy mismo su premio.

-Una cosa no me queda clara. ¿Para qué las tarjetas?

-Es que voy a necesitar que me pase los códigos por teléfono, de esa forma vamos a poder abrir una línea de celular con crédito…

-¿Por qué no te vas a la remismísima mierda?

Cuelga él. Vuelve a sonar el teléfono dos veces más, anunciando el cobro revertido. Decido quedarme con la última palabra y no contestar.

Inmediatamente me pregunto si alguien habrá caído. Pregunto al oráculo y, todavía sin poder creer del todo la alevosía de lo que acaba de pasarme, encuentro respuesta.

Profesor de lengua

Desde hoy habrá una sección menos en este blog, la que fue sin dudas la más activa en este año.

Terminé la carrera y me recibí de profesor en lengua.

Y, como suele decirse en estos casos, agradezco sinceramente a todos los que me acompañaron.

¡Brindis!

Las dos hermanas

Parecen hechas con el mismo molde: las dos encorvadas y rechonchas, el pelo corto, hinchado y espumoso con tonalidades propias de los escorpiones. Labios rojos, ojeras azules, grandes aros. Las dos echadas brutalmente de forma aleatoria sobre el respaldo de la silla o el centro de la mesa, moviendo las manos o la boca según corresponda.

Lo impresionante no es el parecido, sino encontrarlas el mismo día, caminando menos de quince cuadras entre cada una. No sólo eso: que ambas tengan el mismo puesto de secretariado, una en un la recepción del hospital, otra en la recepción del laboratorio de un hospital.

Debo a la misma burocracia laboral-estatal que reposa sobre ellas haberlas enfrentado y sufrido.

-Necesito un turno con la psicológa, es para un test que necesito acreditar…

-No hay turnos.

Ni siquiera mira y no parece estar apurada aunque haya contestado con apremio. Atiende un punto en la pared, sus uñas, el vacío.

-¿No hay turnos en lo que resta del año? -pregunto sonriendo.

Ella también sonríe con una malicia natural, comprobando interiormente los prejuicios que la llevaron a guardarse la explicación. En otro momento le servirá para convencer a otros de que los jóvenes son unos irrespetuosos que se quieren llevar el mundo por delante porque nada les importa, y qué barbaridad.

-Esta semana no hay. -entrega, previa masticación- Vení el otro lunes si querés sacar. La gente que consigue viene a las seis de la mañana. -me espeta.

Vuelvo a sonreír ampliamente (eso siempre las irrita) y salgo sin saludar (los jóvenes somos así). Veinte minutos después estoy frente a su melliza.

-Necesito un turno para examen de sangre, es para…

-¿Orden?

Le entrego el papel, obediente. Lo ausculta con paciencia. Su cara al terminar la lectura es simultáneamente de desconcierto, disconformidad y enojo.

-¿Quién te dio esto?- pregunta, agitando la hoja.

-Contralor médico de la provincia.

Disconformidad, otra vez. Me señala el encabezado.

-No tiene nombre. Tiene el del médico, pero no el tuyo.

-No. -reconozco. Ella parece esperar más.

-¿Cómo no va a tener nombre? ¿Te parece a vos?

-No sé, yo no lo hice. La hizo el médico laboral que la selló. De todos modos los formularios son genéricos. No me parece relevante. -me animo.

-¿Ah, no te parece importante? Claro, es una pavada. ¿Qué importa quien sos? Yo no sé si vos sos argentino, o cómo conseguiste la orden, no sé nada de vos. Podés haberla tomado de otro lado…

-¿Y qué quiere que haga? Averigüe entonces si la orden tiene pedido de captura -le digo, ya superado por la acusación- o llame a la policía y le doy mi documento, o no me de turno y hablemos con el director. Yo no tengo más tiempo para seguir perdiendo con cada secretaria.

El pulpo se asombra. Un señor, atrás, me da la razón, y todos asienten cuando enumera las dificultades para conseguir turno. El pulpo comienza a asustarse.

-Ves que sos terrible. Decía nomás, ponele vos tu nombre con birome. -concede en un súbito arranque de ternura.

Afuera el cielo es maravilloso y la gente es hermosa. Todavía hay tiempo de tomar unos mates antes de buscar turno en el otorrinonosequé.