Por más que lo intentaba, no lograba distinguir las letras de tapa. Tampoco podía moverme mucho más si quería pasar desapercibido. La chica tenía el libro abierto levitando sobre sus piernas y parecía ser la única que no se interesaba por el accidente que en ese momento exhibían las ventanas. Estaba en trance.
Me acerqué con cautela a la barra de agarre de su asiento. Con una discreción que creí suficiente, comencé a leer a sus espaldas con avidez, olvidando también que existía un mundo, y me rodeaba.
La página describía una conversación entre dos estrafalarios borrachos, a orillas de un puerto desconocido. A golpe de vista se notaba que el autor era latinoamericano. Al final del segundo párrafo, era obvio que la escritura pertenecía a Juan Carlos Onetti. Satisfecho, levanté los ojos y me encontré con la mirada de la lectora original, expectante y sardónica.
-¿Querés saber qué estoy leyendo?
Lo dijo con naturalidad pero con dejos de preocupación. Temí que me creyera un degenerado o, peor, un obseso de las letras y las artes. Me preparé a dar la respuesta más tranquilizante y correcta que encontré.
-No, nada que ver. Es que tenés lindas tetas.
Se sonrió, y más cuándo un viejo giró para lanzarme un sermón. Aliviado, toqué el timbre y me bajé. Faltaba poco para llegar al centro y el día estaba precioso para caminar un poco.

