Esta es la parte 12 de 12 partes en la serie Residencia en la tierra

Finalizadas las clases de la residencia en EGB3 y pasados unos meses más o menos merecidos de descanso, llegó el turno de incursionar en las aulas de Polimodal (o 3º, 4º y 5º del CBU, según la nueva nomenclatura).

El cambio más drástico es, lógicamente, el de alumnado. Pasar de enseñar a preadolescentes de trece o catorce a enfrentarse a preadultos de diecisiete o dieciocho implica no sólo un nuevo sujeto del aprendizaje, sino nuevas formas de actuar de parte del residente (cfr. yo).

Además, ahora me traslado a una institución nueva, con características especiales (un instituto de música) y con una nueva profesora a cargo. Es decir: adiós a la relativa comodidad familiera que había ganado con el correr de las clases del cuatrimestre anterior. A barajar y dar de nuevo.

Desde aquí, entonces, la numeración de días de esta serie llevará como sufijo /II, lo que quiere decir, como es deducible, que pertenecen a mi Segunda Residencia en la tierra.

Estoy algo corto de tiempo entre narrativas, clases, parciales, exposiciones, proyectos nuevos y cotidaneidades. Paso a contar algunas novedades:

  • El alojamiento web estuvo con problemas, pero al parecer están casi solucionados y las nuevas actualizaciones prometen mucho.
  • Designé a dos excelentes moderadores en los foros, Lucas (padawan) y Pitu, así que estoy más tranquilo sabiendo que aunque no esté conectado, la comunidad se encuentra en buenas manos y con gente que aporta discusiones excelentes.
  • Estamos trabajando con Ramón en la creación de una red social de docentes y residentes de profesorado en lengua y literatura, que se intitula El Hormiguero. De a poco va tomando forma y espera su inauguración oficial. Dentro de poco habrá más noticias frescas.

En fin, disculpas por una semana tan agitada en el mundo real como infructuosa en la blogósfera.

Acá estamos de nuevo, entre la euforia y la desesperación, buscando luces.

Después de pasar por un par de experiencias en algunas comunidades virtuales, me decidí a dar vía libre a un viejo proyecto: gestionar un portal de foros de debate donde se expresen intereses humanísticos, políticos, sociales, artísticos, educativos, etc.

Los foros estarán alojados en foros.fragmentario.com.ar.

Traté de cuidar que el procedimiento de registro sea mínimo para que quienes se inscriban puedan estar participando inmediatamente. De igual forma, decidí darle a los foros una cierta autonomía con respecto al blog usando registros separados, porque es probable que muchos participantes de los foros no sean comentaristas activos del blog, y viceversa. Como es lógico, están desarrollados con phbb3, un sistema de código libre.

Confío, entonces, en que los foros se comiencem a poblar y de a poco, como todos los proyectos, ocupen su propio espacio en la virtualidad. Los registros ya están abiertos.

¡Quedan todos invitados!

Mucho se ha discutido sobre la forma en que el kirchnerismo se apropió de organizaciones, discursos y sentidos políticos sobre los que se vertebró históricamente el progresismo. Las razones son tan múltiples como las culpas, y muchas de estas culpas tienen sus razones en los errores comunicativos y organizativos que se cometen (que cometemos) desde la izquierda. Si hace ya varios años los partidos y frentes progresistas exhibían serios problemas para convencer al electorado y aún a sus propios adherentes, el experimento de la transversalidad y la cooptación borró del mapa la posibilidad de una alternativa de izquierda que pueda competir con el oficialismo.

Sin embargo, el conservadurismo no lo pasó tan mal. Al contrario, es probablemente el sector que más salió ganando del reordenamiento ideológico, desde el liberalmacrismo hasta el pattifascismo, pasando por la tragedia que significó Sobisch y las comedias que representa el saádismo.

Este escenario colocó al progresismo en dos posiciones.

Desde un lugar se proclama que, al ser imposible por el momento instituirse a la izquierda del kirchnerismo, cualquier construcción crítica será funcional a la derecha y por lo tanto el camino es la reforma desde dentro del poder. Parecen decir: el FPV nos absorberá, pero la historia me absolverá.

Otros grupos (entre los que me incluyo) se vieron obligados a oscilar, como costo de la independencia, entre el discurso testimonial y los apoyos coyunturales. Esta izquierda no integrada sólo tiene claro dos cosas: que no es kirchnerista y que su deber es articular ideas y prácticas superados que permitan recobrar el lugar y el tiempo perdidos. Es decir, nos ubicamos en mismísimo limbo (un lugar que, según los últimos edictos eclesiásticos, parece no existir).

Pero aunque en cualquiera de estas dos posturas prime la incomodidad (nadie dijo que era fácil), quienes rompieron el molde asumiendo una extrañísima tercera posición parecen sentirse cómodos, y además ganan popularidad y votantes: me refiero a la flamante izquierda de derecha.

Esta izquierda (más precisamente ex-centroizquierda) resolvió la dialéctica con imaginación, y como venganza por las ideas que ahora representan otros, cometió la misma apropiación pero en sentido contrario: se adueñó del discurso de la intolerancia y el catastrofismo, apeló al sentido común de la clase media gorila y la clase alta golpista, se burló de todas las instituciones democráticas, se aprovechó sin empacho de la mentira, la calumnia y la falacia de los Grondona y los Morales Solá. ¿Si ellos crecieron así por qué nosotros no? se preguntaron, y abandonaron todo lo que antes defendieron, en algunos casos por simple oportunismo, en otros porque jamás creyeron en lo que decían.

El emergente más obvio es la mesiánica Carrió y su cohorte de delarruistas reciclados de la Coalición Cínica, pero también podemos incluir a Luis Juez, a la UCR (que -no nos olvidemos- forma parte de la Internacional Socialista) y a varios medios y periodistas antes llamados críticos. Ubicarse un paso a la izquierda de la derecha parece ser una inversión incluso más redituable que la soja.

¿Qué será de nosotros, los cavernícolas que aún creemos que la izquierda debe ser más antifascista, más democrática, más ética y más humana que la derecha, ahora que Lilita anunció que el apocalipsis se atrasó pero llegará en julio? ¿Deberemos arrepentirnos de nuestros pecados?

Esta es la parte 2 de 2 partes en la serie Poesía crónica

Para no hacer de marmota

Hillary cantó derrota

quizá lo logre.

Por las dudas de Mc-man

Obama amenaza Irán

¿Éste era el progre?

……………………………………

La bandera antes del día

parió otra dicotomía:

transas o botas.

Elegí, no sin cautela

ponerme la escarapela

en las pelotas.

Esta es la parte 1 de 2 partes en la serie Poesía crónica

Justificación: Inauguro, con esta entrada, una nueva serie de crónicas en verso que tendrá su lugar en esta bitácora. Espero poder sostener su regularidad siempre que el mundo se siga sosteniendo como tema interesante, tópico que por suerte parece permanecer pese al tan augurado fin de la historia.

Los enlaces insertos servirán -o eso creo- para aclarar las referencias hechas y para recordar, luego de un tiempo, de qué carajo estábamos hablando. Vamos, entonces, con la primera Poesía crónica.

El invierno que hibernaba,

la bomba que no estallaba:

mayo que muere.

El divorcio más normal,

el general criminal,

lo que ocurriere.

Otra vez, en Myanmar,

la estupidez militar,

la mafia al mando.

Más acá, campo y gobierno,

entre el cielo y el infierno

siguen bailando.

Y ya entrada la noche y todo oscuro en el corredor de la cárcel pintada de cal verdosa, por sobre el paso de los guardias con la escopeta al hombro, por sobre el voceo y risas de carceleros y periodistas, mezclado de vez en cuando a un repique de llaves, por sobre el golpeteo incesante del telégrafo que el “Sun” de Nueva York tenía establecido en el mismo corredor… por sobre el silencio que encima de todos esos ruidos se cernía, oíanse los últimos martillazos del carpintero en el cadalso. Al fin del corredor se levantaba el cadalso.

-Oh, las cuerdas son buenas: ya las probó el alcaide.

El verdugo habla, escondido en la garita del fondo, de las cuerdas que sujetan el pestillo de la trampa.

-La trampa está firma, a unos diez pies del suelo… No; los maderos de horca no son nuevos; los han pintado de ocre para que parezcan bien en esta ocasión; porque todo ha de estar decente, muy decente… Sí, la milicia está a mano; y a la cárcel no se dejará acercar a nadie… De veras que Lingg era hermoso…

Risas, tabaco, brandy, humo que ahoga en sus celdas a los reos despiertos. En el aire espeso y húmedo chisporrotean, cocean, bloquean, las luces eléctricas. Inmóvil sobre la baranda de las celdas, mira al cadalso un gato… Cuando de pronto, una melodiosa voz, llena de fuerza y sentido, la voz de uno de estos hombres a quienes se supone fieras humanas, trémula primero, vibrante en seguida, pura y luego serena, como quien ya se siente libre de polvos y ataduras, resonó en la celda de Engel, que, arrebatado por el éxtasis, recitaba “El tejedor”, de Enrique Heine, como ofreciendo al cielo el espíritu, con los dos brazos en alto:

“Con los ojos secos, lúgubres, ardientes,
rechinando los dientes,
se sienta en su telar el tejedor;
¡Germania vieja, tu capuz zurcimos!
Tres maldiciones en la tela urdimos;
¡Adelante, adelante el tejedor!

Maldito el falso Dios que implora en vano
en invierno tirano
muerto de hambre el jayán en su obrador;
¡En vano fue la queja y la esperanza!
Al Dios que nos burló, guerra y venganza.
¡Adelante, adelante el tejedor!

¡Maldito el falso Rey del poderoso
cuyo pecho orgulloso
nuestra angustia mortal no conmovió!
¡El último doblón nos arrebata,
y como a perros luego el Rey nos mata!
¡Adelante, adelante el tejedor!

¡Maldito el falso Estado en que florece,
y como yedra crece
vasto y sin tasa el público baldón;
donde la tempestad la flor avienta
y el gusano con podre se sustenta!
¡Adelante, adelante el tejedor!

¡Corre, corre sin miedo, tela mía!
¡Corre bien, noche y día!
Tierra maldita, tierra sin honor,
con mano firme tu capuz zurcimos;
tres veces, tres la maldición urdimos:
¡Adelante, adelante el tejedor!’

Y rompiendo en sollozos, se dejó Engel caer sentado en su litera, hundiendo en las palmas el rostro envejecido. Muda lo había escuchado la cárcel entera, los unos como orando, los presos asomados a los barrotes, estremecidos los periodistas y los carceleros, suspenso el telégrafo, Spies a medio sentar, Parsons de pie en su celda, con los brazos abiertos, como quien va a emprender vuelo.

El alba sorprendió a Engel hablando entre sus guardas, con la palabra voluble del condenado a muerte, sobre lances curiosos de su vida de conspirador; a Spies, fortalecido por el largo sueño; a Fischer, vistiéndose sin prisa las ropas que se quitó al empezar la noche para descansar mejor; a Parsons, cuyos labios se mueven sin cesar, saltando sobre sus vestidos, después de un corto sueño histérico.

-¿Oh, Fischer, cómo puedes estar tan sereno, cuando el alcaide que ha de dar la señal de tu muerte, rojo por no llorar, pasea como una fiera de alcaidía?

-Porque -responde Fischer, clavando una mano sobre el brazo trémulo del guarda y mirándole de lleno en los ojos- creo que mi muerte ayudará a la causa con que me desposé desde que comencé mi vida, y amo más que a mi vida misma, la causa del trabajador; y porque mi sentencia es parcial, ilegal e injusta.

-Pero Engel, ahora que son las 8 de la mañana, cuando ya sólo te faltan dos horas para morir, cuando en la bondad de las caras, en el afecto de los saludos, en los maullidos lóbregos del gato, en el rastreo de las voces, y los pies, estás leyendo que la sangre se te hiela, ¿cómo no tiemblas, Engel?

-¿Temblar porque me han vencido aquéllos a quienes hubiera querido yo vencer? Este mundo no me parece justo; y yo he batallado, y batallado ahora con morir, para crear un mundo justo. ¿Qué me importa que mi muerte sea un asesinato judicial? ¿Cabe en un hombre que ha abrazado una causa tan gloriosa como la nuestra desear vivir cuando puede morir por ella? ¡No, alcaide, no quiero droga; quiero vino de Oporto! -Y uno sobre otro, se bebe tres vasos…

Spies, con las piernas cruzadas, como cuando pintaba para el “Arbeiter Zeitung” el universo dichoso, color de llama y hueso, que sucedería a esta civilización de esbirros y mastines, escribe largas cartas, las lee con calma, las pone lentamente en sus sobres, y una y otra vez deja descansar la pluma para echar al aire, reclinado en su silla, como los estudiantes alemanes, bocanadas y aros de humo. ¡Oh Patria, raíz de la vida, que aun a los que te niegan por el amor más vasto a la Humanidad, acudes y confortas, como aire y como luz por mil medios sutiles! “Sí, alcaide -dice Spies-, beberé un vaso de vino del Rin”.

Fischer, cuando el silencio comenzó a ser angustioso, en aquel instante en que en las ejecuciones como en los banquetes todos los concurrentes callan a la vez como ante solemne aparición, prorrumpió iluminada la faz por venturosa sonrisa, en las estrofas de “La Marsellesa” que cantó con la cara vuelta al cielo… Parsons, a grandes pasos mide el cuarto…, vuélvese hacia la reja…, gesticula, argumenta, sacude el puño alzado, y la palabra alborotada, al dar contra los labios, se le extingue como en la arena movediza se confunden y perecen las olas.

Llenaba de fuego el sol las celdas de los cuatro reos, cuando el ruido improviso, los pasos rápidos, el cuchicheo ominoso, el alcaide y los carceleros que aparecen a sus rejas, el color de la sangre que sin causa visible enciende la atmósfera, les anuncian lo que oyen sin inmutarse, ¡que es aquélla la hora!

Salen de sus celdas al pasadizo angosto. “¿Bien?”. “¡Bien!”. Se dan la mano, sonríen, crecen: “Vamos”.

El médico les había dado estimulantes. A Spies y a Fischer les trajeron vestidos nuevos; Engel no quiere quitarse sus pantuflas de estambre. Les leen la sentencia a cada uno en su celda; les ciñen los brazos al cuerpo con una faja de cuero; les echan por sobre la cabeza, como la túnica de los catecúmenos cristianos, una mortaja blanca; abajo, la concurrencia, sentada en hilera de sillas delante del cadalso, ¡como en un teatro!

Ya vienen por el pasadizo de las celdas, a cuyo remate se levanta la horca; delante va el alcaide, lívido; al lado de cada reo marcha un corchete. Spies va a paso grave, desgarradores los ojos azules, hacia atrás el cabello bien peinado, blanco como su misma mortaja, magnífica la frente; Fischer le sigue, robusto y poderoso, enseñándose por el cuello la sangre pujante, realzados por el sudario los fornidos miembros. Engel anda detrás a la manera de quien va a una casa amiga, sacudiéndose el sayón incómodo con los talones. Parsons, como si no tuviese miedo a morir, fiero, determinado, cierra la procesión a paso vivo. Acaba el corredor, y ponen el pie en la trampa; las cuerdas colgantes, las cabezas erizadas, las cuatro mortajas.

Plegaria es el rostro de Spies; el de Fischer, firmeza; el de Parsons, orgullo rabioso; a Engel, que hace reír con un chiste a su corchete, se le ha hundido la cabeza en la espalda. Les atan las piernas, al uno tras el otro, con una correa. A Spies el primero, a Fischer, a Engel, a Parsons; les echan sobre la cabeza, como el apagavelas sobre las bujías, las cuatro caperuzas. Y resuena la voz de Spies, mientras está cubriendo la cabeza de sus compañeros, con un acento que a los que le oyen les entra en las carnes; “La voz que vais a sofocar será más poderosa en el futuro que cuantas palabras pudiera yo decir ahora”. Fischer dice, mientras el vigilante atiende a Engel: “Este es el momento más feliz de mi vida”.

“¡Hurra por la anarquía!”, dice Engel, que había estado moviendo bajo el sudario las manos amarradas hacia el alcaide. “Hombres y mujeres de mi querida América…”, empieza a decir Parsons… Una seña, un ruido, la trampa cede, los cuatro cuerpos caen a la vez en el aire, dando vueltas y chocando. Parsons ha muerto al caer, gira de prisa, y cesa; Fischer se balancea, retiembla, quiere zafar del nudo el cuello entero, estira y encoge las piernas, muere; Engel se mece en su sayón flotante, le sube y baja el pecho como una marejada, y se ahoga; Spies, en danza espantable, cuelga girando como un saco de muecas, se encorva, se alza de lado, se da en la frente con las rodillas, sube una pierna, extiende las dos, sacude los brazos, tamborilea; y al fin expira, rota la nuca hacia adelante, saludando con la cabeza a los espectadores.

José Martí

Esta es la parte 1 de 12 partes en la serie Residencia en la tierra

El lunes voy a comenzar la residencia docente que me convertirá en un profesor de lengua de iuri. Este es el primer artículo de una serie sobre los acontecimientos de esta aventura inicial y final que titularé, a modo de homenaje a ese gran mago de las palabras que es Neruda, Residencia en la tierra.

Pese a la alteración natural, me tranquiliza conocer la escuela y la docente a cargo. Estuve haciendo prácticas en ese lugar y con esa profesora el año pasado. Me sentí muy cómodo, así que el trauma inicial está minimizado. Vuelvo a pensar en cada arista de ese espacio.

La escuela tiene varios problemas: sobrepoblación, vandalismo, deserción, y todos los inconvenientes de cualquier centro educativo de bajos recursos. Los alumnos deben rellenar un formulario y buscar en la preceptoría la llave para ir al baño. Los bebederos de agua están encerrados dentro de jaulas descomunales aseguradas con candados.

Por otra parte, hay una biblioteca generosa, un gran equipo docente, una dirección accesible.

Digo más, hay alumnos, que es en última instancia nuestra razón de estar.

En este momento me siento como imagino que ocurre en las citas a ciegas: sudo, temo, planifico, preveo, hipotetizo, ansío. ¿Cómo serán mis alumnos? Es decir ¿cómo serán conmigo? Y cuando sepa eso ¿cómo deberé ser yo? ¿Firme o flexible, creativo o directo, fluido o complejo?

Evidentemente voy a realizar una residencia, pero no sé si entonces seré el mismo que escribe estas líneas. Me preocupa el estar, como dice el lugar común, a la altura de las circunstancias. Cuando considero que esas circunstancias son la producción de conocimiento, la interpretación crítica, la significación de ideas, me parece más natural asustarme un poco. Sin embargo, aunque imagino inconvenientes, no vislumbro la catástrofe. La moral es alta, si bien nunca lo son las buenas costumbres.

Espero lo mejor de una oportunidad tan grande. Es una suerte, pienso, luego de tanta teoría abstracta y afrancesada, residir en una escuela tan dolorosamente terrenal y latinoamericana.

Hace unos días, médicos cubanos afectados a la Operación Milagro1 curaron de cataratas al soldado boliviano Mario Terán, que alcanzó la celebridad al ejecutar y narrar el asesinato de Ernesto Guevara en la escuela de La Higuera. El soldado, como todos los beneficiarios del programa, no tuvo que pagar un centavo para poder volver a ver. Su hijo escribió una nota de agradecimiento a un periódico en que asegura que “la operación fue un verdadero milagro”.

Dicen que lo primero que vio Terán fue el afiche característico de los consultorios cubanos, con la imagen del médico revolucionario más famoso del mundo. Ese médico que, hace cuarenta años, caía soñando con que algún día los pobres del mundo - como su victimario Terán - serían curados por los médicos de la revolución.

  1. La Operación Milagro es un ambicioso plan de solidaridad médica financiado por Venezuela y Cuba que ya devolvió la vista a un millón de personas y se propone repetirlo con cinco millones más antes de 2016. []

Creo, y sobre todo ahora, frente al vacío que llena la parte central del blog (llenan los vacíos, si no me creen, miren a Borges), que el llamado pánico de la hoja en blanco tiene por lo menos dos realizaciones, a veces felizmente sucesivas.

En la más común, la extensión del territorio vacuo (magnitud simbólica, relativa, subjetivísima, un renglón, un cuaderno, un cúmulo de páginas web) devora al aventurero temeroso, provoca su huida o, en el mejor de los casos, lo congela en el rol de mudo espectador de su impotencia. Esta patología es capaz de destruir las mejores empresas, silenciar a los más avezados ideólogos, callar a los poetas más sublimes.

Descubrí recientemente la otra derivación, y trato de dejarme contagiar por ella. La identifiqué tras largo tiempo, observando a personas cuyo pánico lleva a la acción más inesperada: intentar ocupar todos los espacios en blanco con los que den. Para ilustrarlo, imaginen a un aracnófobo defendiéndose de su fobia, no escondiéndose de las arañas, sino cazándolas alegremente por todo el barrio. El miedo de origen es igual en los dos casos, pero no así la forma de tratarlo. Los paranoicos de la hoja en blanco se escandalizan con los vacíos que no llenan, buscan apropiarse de una parte de cada cosa que descubren, intentan innovar en lo que apenas conocen. Son esas personas que tienen siempre presta la pluma para el cuento colectivo, la revista marginal, la crítica de un ensayo, el correo cómplice.

Esa dualidad peligrosa, ese oscilar entre dos polos explicaría, tal vez, este ímpetu transformado en idea.

avatar fragmentario es la bitácora personal de Martín Miguel Quintana, residente de profesorado, escritor y utopista profesional. Correo:

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