El diario español Público ha publicado (valga la aliteración) una relectura de los diez mandatos cristianos, esta vez no con la intención de reducir los pecados civiles, sino las intromisiones eclesiásticas en el espacio público, y avanzar en la consecución de una laicidad estatal plena. En el portal del periódico están desarrollados por separado. Yo me limitaré a transcribir la lista, porque me parecen puntos excelentes para llevarlos a un debate adecuado a la situación en nuestro propio país, aunque todavía el tema no interese a los medios locales.

I. Educarás en igualdad
II. No sermonearás fuera del púlpito
III. No impondrás tus símbolos al Estado
IV. No mezclarás la gloria terrenal y celestial
V. No acapararás las fiestas del calendario
VI. No invadirás instituciones públicas
VII. Cuidarás de tu propio patrimonio
VIII. Acatarás la ley de datos
IX. No utilizarás los medios públicos
X. Te autofinanciarás

Vía: Escolar.net

Terminada la represión y el desalojo de los cartoneros que exigían la vuelta del tren blanco, llegó el momento de justificar los hechos. El jefe de gobierno porteño -que es Macri- y su cohorte intentaron (intentan) justificar ahora por medio de la palabra lo que resolvieron a golpes.

“Tenemos un fuerte compromiso con el respeto y la no ocupación del espacio público” (Juan Pablo Piccardo, ministro de Medio Ambiente)

A Piccardo le falta, además de la nobleza, la vergüenza. Que está comprometido fuertemente es indudable, por lo que debería ser juzgado bajo sus propios dichos. Ahora bien ¿respetar el espacio público significa no ocuparlo? ¿Entonces, por qué es público? ¿Por qué entonces Metrovías puede ocuparlo permanentemente con impunidad y no puede hacerlo el pueblo? Debemos creer, entonces, que los ocupantes no pertenecían a las categorías de ciudadanos con derecho público, sino a una casta peor.

“La ciudad de Buenos Aires está inundada de miles de delincuentes que todos los días se roban la basura que la gente saca a la vereda. Además, no pagan impuestos. Vamos a sacar de la calle y a meter presos a quienes no se ajusten a la política de higiene urbana.” (Mauricio Macri, 2002)

Los cartoneros, para Macri, no ocupan. Inundan como una marea de barro o grasa. Vienen a robar lo más preciado que produce la ciudadanía para el país: basura. Uno se asusta cuando los agoreros anuncian guerras por los alimentos, por el agua, por el petróleo, pero ¿no es mucho pelear por la basura? No para Macri, cuya empresa tenía a cargo la recolección de residuos. Nuestra basura es, por más compromiso público del que se jacten estos fascistas, un bien privatizado y por ende, factible de ser robado por quienes evaden impuestos, o sea, las empresas del grupo Macri, ¡perdón!… los cartoneros. En fin, todo sea por la higiene urbana, nuevo eufemismo para la higiene racial y política.

“Impedir que los cartoneros entren a la ciudad implicará mantener la ciudad más limpia y evitar problemas de inseguridad y drogadicción que se esconden detrás de los recolectores callejeros” (Marcelo Reis, diputado del Pro)

Esta debe ser, si no la elucubración más discriminatoria, la más falaz de todas las proposiciones macristas. Aplicando su criterio, impedir la entrada de malabaristas evitará el analfabetismo, cerrar las puertas a los técnicos en refrigeración acabará con el déficit educativo y dejar fuera a los gastroenterólogos terminará con la incorrección lingüística.

“Siento que estamos empezando a gobernar” (Gabriela Michetti)

La peor invalidez no es la física. Es la humana. Si alguien cree que gobernar es procesar a los pobres, expulsarlos de la ciudad o reprimirlos sin una orden judicial no merece otra cosa que el desprecio.

Por supuesto, esto es apenas un principio. Falta todavía que se concrete el tan mentado traspaso del poder de la policía a estos policías del pensamiento. Entonces sí va a estar bueno Buenos Aires. Para los que queden.

Comencemos el mes con una pequeña fábula, extraída de la excelente bitácora de Ignacio Escolar. Que la disfruten:

Cuando el bosque ardió en llamas, los animales comenzaron a correr para salvar su pellejo.

Un Picaflor, sin embargo, recogía una y otra vez agua del río para verterla sobre el fuego.

“¿Es que acaso crees que con ese pico pequeño vas a apagar el incendio?” -le pregunta el León.

“Yo sé que no puedo solo -responde el pajarito-. Pero estoy haciendo mi parte “.

Betinho

Vía: Escolar.net

Vicente Verdú publicó recentemente en El País (España) lo que considera las diez reglas para la supervivencia de la novela. Días después, desde las páginas de Ñ (Argentina) Pablo de Santis le dirige una respuesta excelente, que destruye con consistencia este decálogo de falacias que Verdú pretende canonizar enfrentando el supesto canon.

Para sintetizar los absurdos que esgrime Verdú para esconder su velada xenofobia, trataré de resumir su postura.

Verdú comienza rezongando ante el hecho de que los últimos cinco premios Herralde de Novela fueron para escritores latinoamericanos. La razón, dice, es que los premios premian (¡viva la redundancia!) a quienes sostienen aún los parámetros de la novela moderna, cultivada como arcaizante costumbre en la América salvaje. Europa, en cambio, ya ha superado esta concepción, sólo vigente en países como “Irán, Irak, China, India, Argentina (sic!) o Senegal“.

Para Verdú la supervivencia de la novela (¿algo le andará pasando?) dependerá del abandono de los antiguos moldes literarios que la sostenían, como la fantasía, la intriga, la apoteosis, el argumento, la tercera persona, la seriedad, la acción y la ficción. Tales recursos fósiles serán reemplazados por otros extraídos de espacios tales como “publicidad, correo electrónico, chats, cine, YouTube, MySpace o la blogosfera”, que permitan conformar “un tutti frutti para el multipolar lector de hoy”.

En su apología fanática de la liviandad escrituraria, Verdú llega a afirmar como única alternativa posible los modelos de la autobiografía y el mensaje de texto. Su nihilismo es total: no deja la puerta abierta a ninguna novela preverduriana. Adiós Cervantes, adiós Faulkner, adiós Dante, adiós Carpertier.

Lejos de la decalogía y el sofisma, los escritores, como en el principio de los tiempos, intrigan, fantasean, argumentan, novelan.

avatar fragmentario es la bitácora personal de Martín Miguel Quintana, residente de profesorado, escritor y utopista profesional. Correo:

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