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Al fondo a la derecha

Mucho se ha discutido sobre la forma en que el kirchnerismo se apropió de organizaciones, discursos y sentidos políticos sobre los que se vertebró históricamente el progresismo. Las razones son tan múltiples como las culpas, y muchas de estas culpas tienen sus razones en los errores comunicativos y organizativos que se cometen (que cometemos) desde la izquierda. Si hace ya varios años los partidos y frentes progresistas exhibían serios problemas para convencer al electorado y aún a sus propios adherentes, el experimento de la transversalidad y la cooptación borró del mapa la posibilidad de una alternativa de izquierda que pueda competir con el oficialismo.

Sin embargo, el conservadurismo no lo pasó tan mal. Al contrario, es probablemente el sector que más salió ganando del reordenamiento ideológico, desde el liberalmacrismo hasta el pattifascismo, pasando por la tragedia que significó Sobisch y las comedias que representa el saádismo.

Este escenario colocó al progresismo en dos posiciones.

Desde un lugar se proclama que, al ser imposible por el momento instituirse a la izquierda del kirchnerismo, cualquier construcción crítica será funcional a la derecha y por lo tanto el camino es la reforma desde dentro del poder. Parecen decir: el FPV nos absorberá, pero la historia me absolverá.

Otros grupos (entre los que me incluyo) se vieron obligados a oscilar, como costo de la independencia, entre el discurso testimonial y los apoyos coyunturales. Esta izquierda no integrada sólo tiene claro dos cosas: que no es kirchnerista y que su deber es articular ideas y prácticas superados que permitan recobrar el lugar y el tiempo perdidos. Es decir, nos ubicamos en mismísimo limbo (un lugar que, según los últimos edictos eclesiásticos, parece no existir).

Pero aunque en cualquiera de estas dos posturas prime la incomodidad (nadie dijo que era fácil), quienes rompieron el molde asumiendo una extrañísima tercera posición parecen sentirse cómodos, y además ganan popularidad y votantes: me refiero a la flamante izquierda de derecha.

Esta izquierda (más precisamente ex-centroizquierda) resolvió la dialéctica con imaginación, y como venganza por las ideas que ahora representan otros, cometió la misma apropiación pero en sentido contrario: se adueñó del discurso de la intolerancia y el catastrofismo, apeló al sentido común de la clase media gorila y la clase alta golpista, se burló de todas las instituciones democráticas, se aprovechó sin empacho de la mentira, la calumnia y la falacia de los Grondona y los Morales Solá. ¿Si ellos crecieron así por qué nosotros no? se preguntaron, y abandonaron todo lo que antes defendieron, en algunos casos por simple oportunismo, en otros porque jamás creyeron en lo que decían.

El emergente más obvio es la mesiánica Carrió y su cohorte de delarruistas reciclados de la Coalición Cínica, pero también podemos incluir a Luis Juez, a la UCR (que -no nos olvidemos- forma parte de la Internacional Socialista) y a varios medios y periodistas antes llamados críticos. Ubicarse un paso a la izquierda de la derecha parece ser una inversión incluso más redituable que la soja.

¿Qué será de nosotros, los cavernícolas que aún creemos que la izquierda debe ser más antifascista, más democrática, más ética y más humana que la derecha, ahora que Lilita anunció que el apocalipsis se atrasó pero llegará en julio? ¿Deberemos arrepentirnos de nuestros pecados?

Los talleres literarios y la profesionalización de la escritura

Recientemente leí en el diario Página/12 que Argentina es el país de habla hispana con más talleres literarios en desarrollo. No me llamó tanto la atención haber obtenido el dudoso honor nacional del primer puesto en el rubro como la calidad de las plumas involucradas: Abelardo Castillo, David Viñas, Daniel Link, Liliana Heker, Hebe Uhart, Alicia Steimberg, Guillermo Saccomanno son algunos nombres de escritores relevantes que se dedican al ¿negocio? ¿oficio? de dirigir los talleres.

Por otra parte, los (las) talleristas parecen haber atendido muy bien a las clases: Ángela Pradelli y Claudia Piñeiro, ganadoras respectivas de las ediciones 2004 y 2005 del premio Clarín de Novela, son alumnas del taller de Saccomanno. Silvia Schujer y Guillermo Martínez pasaron por el taller de Heker.

Esto me hizo pensar, comparativamente, en el auge del tallerismo y las carreras de Escritura Creativa tan en boga en Estados Unidos. Si uno lee las reseñas sobre los jóvenes autores norteamericanos aparecidas en Granta o en alguna web literaria, notará que la mayoría viene de dar un taller que formó a otros escritores-revelación, o viene como uno de los descubrimientos del taller, o tiene un máster o posgrado en habilidades escriturarias.

En fin, la escritura parece haberse convertido en algo que se aprende, bien en la informalidad de los talleres o sufriendo el rigor académico de las academias. Ha evolucionado, como otros oficios, al nivel de profesión, de saber enseñable, mejorable, demostrable por medio de títulos. Por mi parte, todavía ocupo ese espacio salvaje y prehistórico de los escritores cuya única formación es la lectura de otros escritores y la escritura misma, aunque espero, alguna vez, recibir de algún afamado escritor el título de egresado o tallerista horroris causa.