Terminada la represión y el desalojo de los cartoneros que exigían la vuelta del tren blanco, llegó el momento de justificar los hechos. El jefe de gobierno porteño -que es Macri- y su cohorte intentaron (intentan) justificar ahora por medio de la palabra lo que resolvieron a golpes.
“Tenemos un fuerte compromiso con el respeto y la no ocupación del espacio público” (Juan Pablo Piccardo, ministro de Medio Ambiente)
A Piccardo le falta, además de la nobleza, la vergüenza. Que está comprometido fuertemente es indudable, por lo que debería ser juzgado bajo sus propios dichos. Ahora bien ¿respetar el espacio público significa no ocuparlo? ¿Entonces, por qué es público? ¿Por qué entonces Metrovías puede ocuparlo permanentemente con impunidad y no puede hacerlo el pueblo? Debemos creer, entonces, que los ocupantes no pertenecían a las categorías de ciudadanos con derecho público, sino a una casta peor.
“La ciudad de Buenos Aires está inundada de miles de delincuentes que todos los días se roban la basura que la gente saca a la vereda. Además, no pagan impuestos. Vamos a sacar de la calle y a meter presos a quienes no se ajusten a la política de higiene urbana.” (Mauricio Macri, 2002)
Los cartoneros, para Macri, no ocupan. Inundan como una marea de barro o grasa. Vienen a robar lo más preciado que produce la ciudadanía para el país: basura. Uno se asusta cuando los agoreros anuncian guerras por los alimentos, por el agua, por el petróleo, pero ¿no es mucho pelear por la basura? No para Macri, cuya empresa tenía a cargo la recolección de residuos. Nuestra basura es, por más compromiso público del que se jacten estos fascistas, un bien privatizado y por ende, factible de ser robado por quienes evaden impuestos, o sea, las empresas del grupo Macri, ¡perdón!… los cartoneros. En fin, todo sea por la higiene urbana, nuevo eufemismo para la higiene racial y política.
“Impedir que los cartoneros entren a la ciudad implicará mantener la ciudad más limpia y evitar problemas de inseguridad y drogadicción que se esconden detrás de los recolectores callejeros” (Marcelo Reis, diputado del Pro)
Esta debe ser, si no la elucubración más discriminatoria, la más falaz de todas las proposiciones macristas. Aplicando su criterio, impedir la entrada de malabaristas evitará el analfabetismo, cerrar las puertas a los técnicos en refrigeración acabará con el déficit educativo y dejar fuera a los gastroenterólogos terminará con la incorrección lingüística.
“Siento que estamos empezando a gobernar” (Gabriela Michetti)
La peor invalidez no es la física. Es la humana. Si alguien cree que gobernar es procesar a los pobres, expulsarlos de la ciudad o reprimirlos sin una orden judicial no merece otra cosa que el desprecio.
Por supuesto, esto es apenas un principio. Falta todavía que se concrete el tan mentado traspaso del poder de la policía a estos policías del pensamiento. Entonces sí va a estar bueno Buenos Aires. Para los que queden.