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Squizophrenia y literatura

Una fantasía común en los lectores de literatura -y sobre todo entre quienes además la escriben- consiste en poder espiar, aún de forma incompleta, la génesis y textualización de una obra. Tal vez porque siempre queremos creer que detrás de una obra extraordinaria existe un proceso de composición igualmente extraordinario, tal vez por primitiva curiosidad frente al proceso normalmente turbio de la escritura.

El mercado editorial no siempre fue esquivo a este deseo. El nacimiento en el siglo XIX de la novela de folletín amplió la lectura en proceso desde el círculo íntimo de los autores al público general, permitiendo que cualquiera pudiera leer de forma periódica los capítulos de un texto no-final, publicados a medida que se escribían. Las últimas brechas era la del autor.

Hace unas semanas me encontré con Squizophrenia. Lo primero que me llamó la atención en el enlace fue el subtítulo El advenimiento: me produjo un efecto de tensión e interés, ante la aparente falta de correlación con el título. Al entrar estaba la maravilla del viejo sueño, hecho realidad de la mano de las nuevas tecnologías. Paso a detallar.

Squizophrenia es, si confiamos en las categorías de géneros discursivos, una novela. Para ser más precisos, una novela blog -subgénero impensado que retoma la tradición folletinesca de la periodización- que se publica a medida que el autor, Abel Ruiz Rubio, escribe una nueva entrada y la agrupa en un capítulo. Es decir, los nuevos textos pueden leerse casi en vivo y en directo, beneficio mejorado por la sindicación. La posibilidad de comentar las entradas, por otra parte, nos permite acercarnos tanto al proceso de escritura como al autor (él mismo hace en ocasiones el primer comentario a modo de aclaración), para alentarlo, hacer vaticionios, amenazar a los personajes, cambiar impresiones, recomendar tratamientos o intentar influir activamente en la obra. En Squizophrenia no sólo reside la novela que da nombre al sitio, sino también su escritura inconclusa, su autor y sus lectores.

El argumento inicial gira en torno a un narrador-personaje principal y los extraños cambios que aparecen en su vida. En el recientemente cerrado primer capítulo, Problemas de salud, el protagonista oscila entre la cefalea, los problemas digestivos, el dolor bucal y la ira inexplicable. Sin que la medicina solucione sus problemas, se encuentra en un sueño con el críptico nombre de Mabus, velado pero revelado por Google (hágalo, anímese, investigue, sea parte). Al momento en que escribo esta reseña (principios del segundo capítulo) las alteraciones se siguen sucediendo a ritmo vertiginoso y sin rumbo aparente. El autor, con inteligencia, se encargó de sembrar varias dudas de esta índole: debajo de cada titular podemos enterarnos de que estamos a X días de la transformación.

La atmósfera es a la vez terrorífica, onírica y fantástica, a la manera de los policiales ingleses. El tiempo es contemporáneo, pero algo distorsivo, más adaptado a las acciones y omisiones que cobija que a la lógica mundana. La narración se encarga de evadir o exponer las cosas importantes, forzando la lectura proléptica. Todo parece destinado a involucrar al lector, incluso los elementos paratextuales, como las imágenes que intervienen de forma estática o aleatoria oscureciendo la pantalla.

Squizophrenia es, en fin, más que un experimento innovador, una traslación de la literatura a un soporte virtual o una concreción posmoderna de viejos deseos de lector- espía. Es sobre todo una obra excelente que no da signos de desgaste y un principio de ordenamiento para lo que será -no tengo dudas- una bellísima novela final. Pasen a verla: se está escribiendo.

Apología de la novela light

Vicente Verdú publicó recentemente en El País (España) lo que considera las diez reglas para la supervivencia de la novela. Días después, desde las páginas de Ñ (Argentina) Pablo de Santis le dirige una respuesta excelente, que destruye con consistencia este decálogo de falacias que Verdú pretende canonizar enfrentando el supesto canon.

Para sintetizar los absurdos que esgrime Verdú para esconder su velada xenofobia, trataré de resumir su postura.

Verdú comienza rezongando ante el hecho de que los últimos cinco premios Herralde de Novela fueron para escritores latinoamericanos. La razón, dice, es que los premios premian (¡viva la redundancia!) a quienes sostienen aún los parámetros de la novela moderna, cultivada como arcaizante costumbre en la América salvaje. Europa, en cambio, ya ha superado esta concepción, sólo vigente en países como “Irán, Irak, China, India, Argentina (sic!) o Senegal“.

Para Verdú la supervivencia de la novela (¿algo le andará pasando?) dependerá del abandono de los antiguos moldes literarios que la sostenían, como la fantasía, la intriga, la apoteosis, el argumento, la tercera persona, la seriedad, la acción y la ficción. Tales recursos fósiles serán reemplazados por otros extraídos de espacios tales como “publicidad, correo electrónico, chats, cine, YouTube, MySpace o la blogosfera”, que permitan conformar “un tutti frutti para el multipolar lector de hoy”.

En su apología fanática de la liviandad escrituraria, Verdú llega a afirmar como única alternativa posible los modelos de la autobiografía y el mensaje de texto. Su nihilismo es total: no deja la puerta abierta a ninguna novela preverduriana. Adiós Cervantes, adiós Faulkner, adiós Dante, adiós Carpertier.

Lejos de la decalogía y el sofisma, los escritores, como en el principio de los tiempos, intrigan, fantasean, argumentan, novelan.

Los talleres literarios y la profesionalización de la escritura

Recientemente leí en el diario Página/12 que Argentina es el país de habla hispana con más talleres literarios en desarrollo. No me llamó tanto la atención haber obtenido el dudoso honor nacional del primer puesto en el rubro como la calidad de las plumas involucradas: Abelardo Castillo, David Viñas, Daniel Link, Liliana Heker, Hebe Uhart, Alicia Steimberg, Guillermo Saccomanno son algunos nombres de escritores relevantes que se dedican al ¿negocio? ¿oficio? de dirigir los talleres.

Por otra parte, los (las) talleristas parecen haber atendido muy bien a las clases: Ángela Pradelli y Claudia Piñeiro, ganadoras respectivas de las ediciones 2004 y 2005 del premio Clarín de Novela, son alumnas del taller de Saccomanno. Silvia Schujer y Guillermo Martínez pasaron por el taller de Heker.

Esto me hizo pensar, comparativamente, en el auge del tallerismo y las carreras de Escritura Creativa tan en boga en Estados Unidos. Si uno lee las reseñas sobre los jóvenes autores norteamericanos aparecidas en Granta o en alguna web literaria, notará que la mayoría viene de dar un taller que formó a otros escritores-revelación, o viene como uno de los descubrimientos del taller, o tiene un máster o posgrado en habilidades escriturarias.

En fin, la escritura parece haberse convertido en algo que se aprende, bien en la informalidad de los talleres o sufriendo el rigor académico de las academias. Ha evolucionado, como otros oficios, al nivel de profesión, de saber enseñable, mejorable, demostrable por medio de títulos. Por mi parte, todavía ocupo ese espacio salvaje y prehistórico de los escritores cuya única formación es la lectura de otros escritores y la escritura misma, aunque espero, alguna vez, recibir de algún afamado escritor el título de egresado o tallerista horroris causa.