La mujer se destaca entre la masa de pasajeros que sonríen sentados a la pantalla del celular porque más que sonreír, ríe; y más que pasajera, parece habitante del colectivo. Pulsa las teclas con ambos pulgares, como ahorcando con las manos al minúsculo aparato, con indecible felicidad.
Para mí es todavía más llamativa. Se entiende, estoy mucho más cerca que el resto de los que la miran, embobados y correctos. La miro de a ratos (no es fea, y sus tetas hasta podrían ser lindas), me canso y trato de pensar en otras cosas, cómo en qué escribir para el blog (¡oh, guardián de mi escritura!). No lo logro.
La mujer sigue lanzando carcajadas a ambos costados, se tira de los pelos, exhala libertad, amasija el teclado. La miro a los ojos para comprobar una hipótesis arriesgada: no puede verme. Tampoco ve a nadie más (su mirada es un cuadro de cuatro centímetros por cuatro). Miro a los demás, transpiro, pero tampoco me atienden, aunque sí -con mayor o menor evidencia- siguen interesados en ella y su alegría.
Me acerco un paso y, quebrando lustros de educación en buenos modales, espío groseramente los mensajes que vuelan y arriban con velocidad abrumadora. Distingo claramente “hoy”, “noche”, “trabaja”, “tuya”, “nosotros”, “arriba, abajo”. De las demás palabras sólo percibo los coletazos, los ecos, y las mastico entre cada lectura.
Al final lo descubro y me asusto de estar frente a una clase de mujer que creía extinta: las que engañan a sus maridos con felicidad (y en este caso, con el dulzor de la secreta venganza). Advertí que habría una súplica y una muerte y, lo que es más importante a fin de cuentas, una historia para ser contada.