Los conservadores en el oficialismo se ha dedicado, en el final de campaña, a intentar instalarse como el progresismo real en el espectro político. Los progresistas-kirchneristas, más cautos, reconocen las obvias limitaciones del famoso modelo, y apuestan a la promesa de un avance más agresivo en reforma social.

La metáfora del vaso medio lleno (medio vacío) explica bien la situación actual del gobierno, entre logros más que considerables (que reconozco) y un vacío en el que faltan la tan promocionada redistribución de la riqueza, la reforma política, la igualdad plena de derechos, la democratización de los medios de comunicación, el fin de las políticas de subsidio a lo privado, la recuperación y el control de los recursos naturales, entre varios etcéteras que no pienso enumerar porque creo más importante superar que acusar o chicanear (desde el kirchnerismo parecen no pensar de la misma forma). Lo cierto es que defender el vaso medio lleno es, en términos reales,  defender los límites del fenómeno kirchnerista y no sus promesas.

El voto útil es, en mi opinión, el voto a la izquierda. Y no a la izquierda cavernaria que no votan ni siquiera sus afiliados, ni tampoco a la izquierda reaccionaria que, en su combate contra el capitalismo gobernante, vota junto a Macri. La izquierda que hay que elegir es la que acompañó las estatizaciones, la que denunció los errores, omisiones y malas acciones de gobierno, la que estuvo ayer y estará mañana luchando por una sociedad más justa. Esta izquierda está, hoy, en Proyecto Sur, Solidaridad e Igualdad, Nuevo Encuentro y demás espacios jóvenes del progresismo que demostró que puede legislar y (gracias a Sabattella), también gobernar.

Son estos partidos, y no el progresismo oficialista, quienes después de 29 podrán forzar al gobierno a consensuar leyes más transformadoras.  Eso, por supuesto, suponiendo que la profundización del modelo va en este sentido.