fragmentario

una oportunidad de la palabra

Vidas familiares/ 1

Capítulo 1 de un total de 30 en Vidas familiares

En la tarde de ayer papá me anunció que tengo un mes para irme de casa. Lo dijo con la tranquilidad del que siempre creyó natural cumplir sus amenazas, sin rencor ni afectación. Recordá que tenés hasta el día treinta para buscar alquiler fue su frase exacta, para ser justos. El viejo se jacta de su carácter irremediablemente civilizado, aún para los actos más incómodos (aunque pensándolo bien, para él no debía ser incómodo: no tiene intenciones de revisar su decisión ni está forzado a dejar de vivir en su -antes nuestra- casa).

Mi reacción fue asentir con una mueca de resignación. El efecto que buscaba era doble. Por un lado, tenía la remota esperanza de que mi silencio lo conmoviera y cancelara la pena. Por otro, no quería bajo ninguna circunstancia irme de forma indigna, porque confirmaría sus peores opiniones sobre mi capacidad de comportarme como un adulto.

Hoy me puse a guardar algunas cosas en viejos bolsos, como si faltaran horas para que ocurriera. Luego caí en la cuenta de que hacerlo delataría fácilmente mi inminente partida, y mamá no debe enterarse de nada (mi ida tiene que parecer voluntaria para evitarle más problemas: es una de las pocas cosas en las que coincidimos con el viejo). Tampoco estaba de humor en ese momento para dar explicaciones, y mucho menos para mentir. Devolví todo a su lugar natural y salí a caminar sin ninguna intención particular.


El barrio es particularmente aburrido en otoño. Los días grises logran el prodigio de afear aún más la zona probablemente más descuidada de la ciudad. En manzanas a la redonda no hay ninguna plaza, ni bancos, ni arboledas, ni pasajes. La mayor parte de la gente se encuentra en esa edad que llaman mediana y que en realidad debería llamarse edad correcta, porque sólo se aplica a personas respetables. En este momento mi resentimiento lugareño es todavía más agresivo que de costumbre, y seguramente es una forma más de encontrarle aristas positivas a mi nueva situación.

Al fin y al cabo, irme de casa no significa quedar en la calle. Con el sueldo que me pagan en la radio tendría que alcanzarme para alquilar algo chico y comer lo suficiente. Y pagar un abono de internet, por supuesto. Además, podría duplicar mi sueldo si rindiera las materias que me faltan en diciembre y tomara horas en algún programa de la mañana. Las vacaciones están cerca, otro punto a favor para ampliar mi tiempo de trabajo cubriendo (ya estoy delirando) alguna co-conducción.


Mis nuevas preocupaciones me entretuvieron tanto que pronto estuve, sin darme cuenta, a pocas cuadras de lo del tío César. Pensé que no vendría mal pasar a tomar unos mates.

Mi tío es, en pocas palabras, la oveja negra de la familia. Esto no quiere decir que esté aislado ni oculto. De hecho va regularmente a visitarnos. Simplemente significa que todos los demás familiares lo reconocen como un caso perdido, como una persona que renunció a una herencia moral que le hubiera facilitado la vida, o al menos la hubiera hecho más previsible. El tío César había elegido en su adolescencia abandonar las clases de catequesis para la comunión, y desde entonces no paró de destruir todos los valores que su hermana mayor (es decir, mamá) le señalaba como inapelables. De todos modos, el escándalo mayor -y del que más recelaba todo el círculo- seguía cometiéndose y actualizándose todos los días: mi tío nunca se casó, y no tiene ninguna intención de hacerlo. La vida para él no es más que dar clases de sociología en la facultad, releer los ejemplares de una biblioteca impresionante, visitar regularmente unos cines semiclandestinos y echar mano a su generosa bodega cada vez que sus amigos lo visitan. También en pocas palabras, es mi ídolo.


-Pasá, Ernesto. Justo estaba preparando el mate.

La casa de mi tío, desestimando todo prejuicio instintivo contra los hombres solteros, está siempre limpia y ordenada. La heladera incluso parece más familiar que la mía, porque la cocina es otra de sus aficiones. Me entretuve en el comedor curioseando la mesa ratona: había, como siempre, un cenicero y el Página/ 12 del día. Además, un libro de un tal Yasunari Kawabata, La casa de las bellas durmientes. Cuándo regresó con el mate me encontró hojeándolo, así que aprovechó para contarme el argumento, que me pareció fascinante.

-Trata de una casa de doncellas que se ofrecen para dormir con ancianos. Dormir en sentido absoluto, eh, nada de coger. Los viejos disfrutan de un sueño abrazado a jovencitas desnudas mientras recuerdan mejores momentos. ¿Qué podría ser más épico?

-Que usaran viagra -retruqué, entre sorbo y sorbo.

-¡Pero en ese caso la trama sería convencional! No hay nada de fabuloso en los viejos verdes -argumentó celebrándose a sí mismo.

Todas las conversaciones con él son así, libres de humo, transparentes, intensas y atípicas. Cuando hablamos cualquier cosa cobra ribetes impensados, se llena de vida. Así, podemos empezar hablando de la lluvia y terminar, a la madrugada, comparando traducciones de Artaud o de Eluárd.

La mañana se fue pero yo fui, por algunas horas, totalmente libre.

Vidas familiares/ 2

Capítulo 2 de un total de 30 en Vidas familiares

Durante el almuerzo, papá estuvo aún más tranquilo que de costumbre. Imagino que para él haber encontrado la excusa definitiva para echarme terminó por quitarle cualquier posible culpa que hubiera anidado. Mamá debió notarlo, porque le preguntó si había dormido bien la noche anterior.

-Sí. Ahora que pasó el invierno, me dejó de doler la rodilla.

El pollo estaba riquísimo y comí más de la cuenta. Lavé los platos mientras mamá me contaba acerca de sus pinturas. Estaba ocupada en unos caballos hace varias semanas, y ningún resultado la conformaba.

-Es increíble, los rostros son más difíciles de hacer que los de una persona. Los animales deben tener expresiones, o se convierten en parte del paisaje y el cuadro deja de tener un centro de atención. Pero tampoco pueden ser demasiado expresivos, porque ya entramos en el terreno de lo abstracto. Vos deberías intentar pintar algo.

-Mamá, soy incapaz de hacer una forma. Y tampoco me interesa aprender.

-No necesitás aprender. No te digo que te propongas ser Dalí, lo podés hacer por simple gusto. Es muy relajante.

-No sé, en una de esas cuando me reciba. Por ahora me resulta más relajante sacar las materias.

Me puso una mano en el hombro y me dio un beso en la mejilla. Mamá siempre valoró cualquier gesto de aprobación y cariño, por demagógico que sea. Tanto papá como yo cargamos con un carácter hosco que intentamos compensar con muestras de amabilidad constante hacia ella.

Después de los meses de quimioterapia, convertimos esa actitud en obligación. En ese tiempo, los dos acordamos ir siempre juntos a visitar la clínica en la que estaba internada. Fingimos con tanto énfasis que de a poco volvimos a conversar mientras viajábamos en auto. Papá me preguntaba sobre las materias, para repetir siempre la frase que más lo caracterizaba.

-Una buena educación es lo único que te puedo dar.

Era totalmente cierto. Su incapacidad para brindarse en cualquier otro sentido era digna de estudio.

Yo retribuía su interés consultándolo por los planes de vivienda en los que estaba trabajando.

-Son un asco. Nos piden diseños lujosos y después, cuando llegan los materiales, son basura. Es lo malo de trabajar con el gobierno provincial, la mitad de los costos nominales son cometas. Igual, yo trabajo más en los planos de viviendas individuales. A los arquitectos más antiguos nos dejan elegir, porque saben que si no nos gusta la tarea, la hacemos mal.

Cuando mamá se recuperó no volvimos a pasar tiempo en privado. Sin embargo, mantuvimos la costumbre de intercambiar relatos sobre nuestros mundos. No exagero: el abismo entre nosotros era tal que no podía concebir que pisáramos la misma tierra. Nos limitábamos a nuestras ocupaciones naturales porque eran lugares neutros y nos deteníamos al primer atisbo de controversia. Por un tiempo tuve la esperanza de que en algún momento nos enfrentáramos, ilusión que crecía cuándo lo escuchaba maldecir a algún amigo que había tomado decisiones incorrectas, muchas veces idénticas a las que yo practicaba. Con el correr de los meses me di cuenta de que papá había renunciado a impugnarme por mis actos, porque ya me había expulsado de su vida. Seguíamos bajo el mismo techo no porque quisiera protegerme, sino porque era un caballero, y los caballeros no se permiten la crueldad. Hasta cierto límite, claro.


Nunca pude adquirir el hábito de la siesta. Eso permite que esté escribiendo ahora, en calzoncillos, sufriendo el calor de mi cuarto, en el absoluto silencio de la ciudad. El clima del norte convirtió el sueño diurno en una necesidad, pero las necesidades no son mi fuerte. Si lo fueran, al menos me hubiera cuidado de no hacer nada que pudiera dejarme en la calle. Pero ¿acaso hice algo tan grave? Fumar marihuana dejó de ser un delito, y hace tiempo no es una conducta de las que se consideran criminales. Por supuesto, todo tiene un contexto, y el mío no es el más benévolo. No creo que en el fondo a papá le haya indignado tanto encontrarme con un porro, probablemente lo grave fue hacerlo en casa, a plena luz del día, con las ventanas abiertas y la música a todo volumen. Los pecados no son pecados cuando se mantienen en secreto, necesitan del desparpajo para convertirse en herejías completas. Lo extraño es que no sé por qué razón lo hice. Jamás participé de las fumatas en el patio de la facultad, y me asqueaban los pesados para los que todo giraba alrededor de conseguir la plata, encontrar a los dealers de turno, explorar los bolsillos buscando tucas, fumar y analizar los efectos de la hierba.

No compraba marihuana desde la adolescencia, y mi objetivo expreso fue descubrir que pasaría si fumaba en casa, organizando todo para ser inmediatamente hallado. Planteado de esa forma suena estúpido, y lo es, pero quiero creer que hay algo de lucidez en la imbecilidad. De lo que estaba harto era del hastío y de la indiferencia pautada, no de los acontecimientos extraordinarios. Por lo que pasó hasta ahora, logré desatar incluso más tormentas de las que pretendía. Al final de este diario sabré si resultarán en aprendizajes o en irremediables naufragios.

Vidas familiares/ 3

Capítulo 3 de un total de 30 en Vidas familiares

La plazoleta Francia era un hervidero de adolescentes. Viéndolos de lejos, resulta divertido comparar las poses que practican, en círculos, mirándose. Su intención de transgredir es tan constante termina por convertirlos en estatuas. Es que la transgresión, como comprobé, es excepcional por definición, la recurrencia la pervierte en un gesto conservador. Si me detuviera y le preguntara a cualquiera de ellos por qué se para de esa manera seguramente me diría porque sí en vez de porque quiero. En esa diferencia estriba la incomprensión de mi generación por sus hermanos menores (en mi caso simbólicos o sociales, porque soy hijo único) y el aborrecimiento de la generación de mis padres por la juventud entera. Aborrecimiento que, por otra parte, me obliga a solidarizarme con los prepúberes que ensayan poses en cualquier espacio público. Al fin y al cabo -ellos con catorce, yo con veintidós-somos todos hijos de la educación menemista.


De la exaltación y la luz al silencio de la penumbra. Lejos de cualquier forma poética, ese es el acto que implica entrar a la facultad. Tiene el hall más oscuro de todas las construcciones del campus, algo que probablemente enorgullezca a nuestros decanos, que jamás se preocuparon por instalar luces o ventanas. Por supuesto, los dos pasillos que surgen de la entrada sí están bien iluminados, pero su claridad apenas sirve como punto de referencia los primeros metros, donde la visión es casi nula. Los primeros pasos, entonces -y más si uno entra de un afuera con sol, de o no está acostumbrado a las ratoneras universitarias- se hacen tanteando con cautela para no chocar con los demás transeúntes.


El profesor estaba realmente excitado. Las cátedras libres en comunicación social suelen tener ese ritmo, considerando que somos pocos asistentes y nos conocemos lo suficiente como para batirnos a duelo sin consideraciones. Federico, como siempre, cuestionó la politización de los planteos de Spiel, en este caso sobre la ecología. A Spiel se le hincharon las venas y gritó que no sólo asumía, sino que se enorgullecía del carácter político de todas sus afirmaciones.

-¿O acaso es deseable una ecología metafísica? ¡Jamás! Al cambio climático no lo producen las algas. La contaminación no viene del cielo, tiene responsables concretos y un sistema político, económico y social que la ampara al costo de vidas humanas vendidas a precio dólar. El ecologismo activo supone el socialismo, o termina siendo una careta de las multinacionales para hacer  creer que protegiendo de la extinción a animales monocromáticos se solucionan los problemas del…

Y ocurrió. Fue increíble, ni siquiera hubo un suspiro previo. Sencillamente se derrumbó sobre el escritorio con la boca abierta y los ojos horriblemente blancos, describiendo una elipsis que finalizó con el golpe de la cabeza contra la madera.  El grandote (no habla nunca, no sé su nombre) atinó a agarrarlo antes de que la silla, empujada hacia atrás por la posición del cuerpo, lo dejara caer al suelo. Varios salieron del aula a pedir ayuda. Los que nos quedamos no sabíamos qué hacer en esos casos, así que nos limitamos a acostarlo sobre una campera y a comprobar que, por suerte, respiraba. No pude evitar imitar a los demás y mirar de reojo a Federico, como si lo hubiera hecho a propósito. Me arrepentí inmediatamente de mi insensibilidad cuando vi la máscara de terror que lo cubría. Nos dedicamos a tranquilizarlo, para lavar nuestras propias acusaciones.

Lo que siguió fue el caos absoluto. Llegó el centro de estudiantes a pleno y todos los profesores que estaban en clase (en consecuencia, también sus alumnos salieron pocos segundos después). Un portero tuvo el sentido común suficiente para echarnos a todos a puteadas limpias, porque no se podía respirar en el salón. En el pasillo terminamos como un equipo de fútbol (ahora que hago números, éramos justito once) dando conferencias simultáneas. Todos querían saber cómo había pasado. Por decoro, generalizamos la discusión como si todos hubiéramos foueado al anciano hasta derribarlo. Federico fue el único que evitó hacer declaraciones, más interesado en espiar por la puerta para controlar que Spiel siguiera con vida. Los pocos que quedaron en el aula se pararon de a poco y repitieron frases acongojadas, como si ya lo estuvieran velando.

La ambulancia llegó bastante más tarde, así que los paramédicos se tuvieron que aguantar nuevas puteadas del portero, que no dudó en tratarlos de vagos y asesinos. La de Semiótica lo agarró y se lo llevó sin ninguna elegancia, porque en su enojo se había detenido en la puerta y no dejaba pasar la camilla. Cuando lo amarraban, las chicas se taparon la boca en un movimiento veloz, como temiendo que lo que haya desvanecido a Spiel las pudiera contagiar. Federico estaba derrumbado en la pared frotándose las mejillas con las palmas de ambas manos, sin reaccionar. Lo tomé del brazo -inspirado en la docente- y lo saqué contra su voluntad por el hall. Tropecé con alguien e invoqué -imitando el portero- a todas sus hipotéticas hermanas.


Lo primero que me crucé al salir con Federico, ya sin contener el llanto, fue a la mujer más hermosa que recuerde desde la niñez. Estaba abrazada a sus apuntes y nos miró, con una curiosidad lógica donde yo quise ver -ilógicamente- el azar, el amor y el destino.

Empujé a Federico y caminamos por Alberdi, rumbo a su casa.

Vidas familiares/ 4

Capítulo 4 de un total de 30 en Vidas familiares

Me atendió Sanabria, el menos capaz de la maquinaria de incapacidad que es el centro de estudiantes. Por eso mismo lo deben poner a cargo del teléfono. Si fuera un poco más eficaz, al menos robaría junto a sus correligionarios en la fotocopiadora. Logró sacarme de quicio en tiempo récord.

-¿Cómo que no sabés? ¿Nadie te contó? Sí, estaba disertando y se quedó duro. ¿Podés preguntarle a alguien si sabe dónde lo llevaron, cómo está?

De fondo se escuchaba un monótono tema de Miranda. La señal inequívoca para cualquier recién llegado de que la Franja Morada detentaba el gobierno. Un largo rato después, regresó el operador con respuestas.

-Nadie sabe, che.


Enciendo la portátil para leer las noticias. Se cumplen veinte años de la caída del muro de Berlín. Transformó la historia, escribe un analista. El mayor símbolo de la confrontación, agrega. Fukuyama y Friedman deben estar de fiesta. Federico Giménez Losantos, un cagatintas español, aparece en Youtube proponiendo como festejo invadir Cuba, Ecuador, Bolivia y Venezuela, ahorcar a Fidel y a Raúl, fusilar a Correa y enviar a Chávez a una silla eléctrica de baja tensión, para que sufra. A Evo no quiere matarlo, porque lo considera el menos peligroso. La civilización occidental y cristiana ya no contiene su bilis.

Toda la avanzada editorial celebra la caída del muro y a la vez pide derribarlo del todo. ¿Se darán cuenta de la contradicción? Me viene a la cabeza la inscripción en la lápida de Durruti. Nosotros llevamos un mundo nuevo en nuestros corazones. En ese mundo no había muros, pero seguramente tampoco ninguna de las calamidades que la liberalidad hoy hace pasar por triunfos. El muro cayó, pero quedaron ladrillos suficientes para construir algo mejor.

De un tiempo a esta parte, muchos medios se convirtieron en periódicos rurales. ¿Quién diría, hace unos años, que la peregrinación del empresariado agroganadero a Luján podría ocupar una tapa? Allí también se libra una batalla fantasmagórica contra el comunismo ateo. No queremos ser Cuba, afirma un millonario de la televisión. Más al norte, el dictador hondureño advierte sobre lo mismo. Denuncia el autoritarismo rojo mientras suspende las libertades civiles, censura y mata a mansalva. La legalidad internacional también sigue actuando como si el muro existiera. Es decir, no actúa.


Pensé toda la tarde en la chica de esta mañana. Ahora que lo analizo, es más probable que su interés no se centrara en mí, sino en el hecho de verme caminando a toda velocidad arrastrando a un compañero que sollozaba. Sin embargo, no miró a Federico, que es a quién primero miraría yo si se me presentara una escena parecida. Hubo otra cosa en su mirada que me llamó la atención: no denotaba ningún tipo de juicio. Ni miedo, ni gravedad. Sus ojos oscuros parecían estar tras un telón mal cerrado.


Está bien -no pretendo hacer mi monumento con estas páginas-, también le miré las tetas y las piernas. Eran lindas. No pude verla de atrás porque temía que Federico se cayera al suelo y el cuadro trágico transmutara en cómico. Spiel caído por discutir sobre la ecología, Federico caído porque a mí se me ocurrió mirarle el culo a una mujer. También había una reserva mayor que no tenía una explicación tan terrenal. Además de la mirada, además de la forma de llevar los apuntes, además del cuerpo deseable y deseado de pronto, había en ella algo que me atrajo con una fuerza desconocida. Los antiguos exiliados dicen poder reconocerse en la calle sin necesidad de cruzar palabra. De igual manera, yo sentí en esos segundos fugaces que ella tenía algo que ver con lo que soy, o con lo que me pasa, que en este momento son la misma cosa.


Las mujeres no son mi fuerte. En primer lugar, porque me resulta imposible encajar en las funciones de propietario y protector que se esperan de las parejas. Mi falta de ganas para ejercer cualquier tipo de control o fuerza es irremediable. Esa debilidad congénita me llevó, los primeros años de la facultad, a la promiscuidad más lasciva, y en estos últimos al ascetismo más casto. Tal vez mi repentino interés en alguien tenga que ver con la anorexia sexual y no con las disquisiciones existenciales. No podría confirmarlo. Me limito a analizar los hechos con pobreza, dentro del relato más evidente y más falso, que es el de la propia interioridad.


Está atardeciendo. Nada importante pasa. Pienso en lo que podría pasar si Spiel se muriera (o ya estuviera muerto). Imagino a Federico aislándose de nosotros, los testigos, cargando con un castigo sin razón. Podría reproducir las palabras que el rector brindaría ante la tumba. Un profesor que honró con su prestigio a nuestra institución, y que seguirá vivo en la memoria de quiénes tuvieron el privilegio de ser sus alumnos. Jamás lo olvidaremos. Sería el colmo de la hipocresía: hicieron todo por apartarlo de los claustros desde que dio su apoyo intelectual y físico a la toma de la facultad. En esos días fue uno de los oradores más recurrentes que tuvieron las clases abiertas.


En la tele, previsiblemente, se suceden las reseñas históricas sobre la caída del muro. Falta todavía una semana para la fecha exacta, pero la muerte del comunismo ya es el tema de color mensual. Pasan una serie de fotos donde un grupo de jóvenes levanta los brazos ante los impasibles soldados de la RDA.

Una de las muchachas resalta por la sonrisa sarcástica que dedica a los uniformados. Se parece a ella.

Vidas familiares/ 5

Capítulo 5 de un total de 30 en Vidas familiares

Fui temprano a la facultad, sabiendo que no íbamos a tener clase. Entré a la biblioteca y me dediqué a resolver un cuestionario de Teoría del Relato Audiovisual hasta que Federico llegó con una silla plástica y se sentó en el otro extremo.

-¿Cómo estás? -le pregunté, con cautela.

-Mejor. Ya me pasó la impresión.

Juntamos nuestras cosas y caminamos juntos hasta el pasillo de Arquitectura, donde estaba la réplica gigante de envase de yerba mate que permitía servirse agua caliente. Llenamos el termo y, en vez de sentarnos otra vez en la biblioteca, nos quedamos en un banco del jardín tomando mate.

-Enseguida empiezan a desfilar las minas de Economía. -lo animé, sin resultados- Y ya que estamos en el tema…

-¿La morocha que estaba afuera cuando pasó lo de ayer? -adivinó- Me di cuenta de que dejaste de correr, quedaste abriendo la boca. -se rió con moderación- No sé quién es, debe ser de primero. Es lo malo de cursar las últimas materias, ni siquiera conocemos de vista al resto de los años.

-Tal vez cursa sólo de tarde. Andá a saber si la volvemos a ver -aduje, rendido.

-No te pongas dramático, che. Esto no es la Sorbona, si estudia acá la vamos a volver a encontrar. Además, por cómo nos miró, seguro va a estar interesada en que le contemos la historia.

Cuando llegó al nos miró, un calor interno me recorrió y me dejó en silencio, lleno de una ira inútil. Hasta hoy creía que sólo me había mirado a mí, y que sólo yo me había interesado en ella. Mi enojo se desvaneció cuando la razón me indicó que estaba actuando con total estupidez, y que mis celos estaban mal encaminados. ¿Y si es una fanática religiosa que sólo se entrega a su Dios? ¿Y si estuviera casada con algún anciano como los de Kawabata, que solventara sus gastos a cambio de una ocasional y aséptica compañía? ¿Y si simplemente tenía novio? Cualquiera de estas posibilidades estaba más cerca de la realidad que una mirada compartida con Federico, quien, por otra parte, tenía en mente intereses más altruistas.

-Conseguí la dirección de la clínica.

-¿Cómo hiciste?

-Fácil, llamé a la empresa de emergencias médicas y pregunté a qué lugar lo habían derivado.

Qué práctico. A mí jamás se me habría ocurrido tomar un camino tan sencillo. Pero por algo soy yo el que se hizo echar de casa, y no él. Quiero que lo escriban en mi lápida.

-Mañana lo voy a ir a visitar. Aunque sé que no tengo la culpa, hay una parte que mí que no lo entiende del todo. Tampoco es una cuestión de pagar deudas, Spiel es casi un amigo. Al menos quiero ver si está consciente, si necesita algo.

-Yo también voy -propuse, en un arranque de orgullo-. Aporté a complicarle la vida, así que al menos quiero compartir la visita.


Federico se fue y yo regresé a la biblioteca a continuar con la guía. El aire acondicionado nos protegía como una madre. Los que entraban, transpirados y polvorientos, se unían a nuestra tranquilidad. Habían vencido el vientosur, y la paz llegaba. El calor de la zona pone la piel de gallina y parte la tierra, dibuja rompecabezas sobre el suelo, anula el deseo. Un grupo de ingresantes llegó con sus carpetas a conocer el lugar. Conversaban en voz alta hasta que, de mala manera, una señora les recordó en qué lugar estaban. En silencio, entonces, se dedicaron a auscultar las listas de requisitos y los murales pintados en las paredes. El que más les llamó la atención, probablemente porque además de ser el más grande es el más violento, fue el de Tupac Amaru despedazado por los españoles. La imagen tiene añadidos más macabro que lo que sucedió históricamente: la presencia de los hijos del cacique, que miran azorados y espantados el descuartizamiento de su padre. Junto a ellos, una mujer aborigen que debe ser la madre de la familia, cae de bruces sujetada por los guardias. En los soldados la versión pictórica se ensañó en sentido contrario: tienen unas sonrisas imposibles y blancas, sobre rostros negros de sombra. El detalle más cuidado son las ausencias. Los trozos de Amaru no sangran, y las caras de los conquistadores no tienen ojos.


El agua se había enfriado. Cuando terminé de resolver los planteos, me dieron ganas de tomar unos mates de camino. Junto al termotanque de la facultad estaba Quillo, el consejero estudiantil de la agrupación (me refiero, por supuesto, a la Agrupación Octubre), esperando su turno para servirse. Nos saludamos con un apretón de manos.

-¿Vas a ser candidato? -quise saber. Aunque siempre voté por ellos, el Quillo me atraía en particular. Pertenecía al núcleo de la militancia más activa, pero a diferencia de los demás, no era un fundamentalista.

-No este año. Ya me recibo.

-Pero podés inscribirte. Todavía sos alumno regular.

Se puso nervioso y miró de reojo la mesa política, controlando que nadie estuviera observando. Se acercó entonces y me explicó, en voz baja y temerosa:

-Me hicieron una autocrítica.