En la tarde de ayer papá me anunció que tengo un mes para irme de casa. Lo dijo con la tranquilidad del que siempre creyó natural cumplir sus amenazas, sin rencor ni afectación. Recordá que tenés hasta el día treinta para buscar alquiler fue su frase exacta, para ser justos. El viejo se jacta de su carácter irremediablemente civilizado, aún para los actos más incómodos (aunque pensándolo bien, para él no debía ser incómodo: no tiene intenciones de revisar su decisión ni está forzado a dejar de vivir en su -antes nuestra- casa).
Mi reacción fue asentir con una mueca de resignación. El efecto que buscaba era doble. Por un lado, tenía la remota esperanza de que mi silencio lo conmoviera y cancelara la pena. Por otro, no quería bajo ninguna circunstancia irme de forma indigna, porque confirmaría sus peores opiniones sobre mi capacidad de comportarme como un adulto.
Hoy me puse a guardar algunas cosas en viejos bolsos, como si faltaran horas para que ocurriera. Luego caí en la cuenta de que hacerlo delataría fácilmente mi inminente partida, y mamá no debe enterarse de nada (mi ida tiene que parecer voluntaria para evitarle más problemas: es una de las pocas cosas en las que coincidimos con el viejo). Tampoco estaba de humor en ese momento para dar explicaciones, y mucho menos para mentir. Devolví todo a su lugar natural y salí a caminar sin ninguna intención particular.
El barrio es particularmente aburrido en otoño. Los días grises logran el prodigio de afear aún más la zona probablemente más descuidada de la ciudad. En manzanas a la redonda no hay ninguna plaza, ni bancos, ni arboledas, ni pasajes. La mayor parte de la gente se encuentra en esa edad que llaman mediana y que en realidad debería llamarse edad correcta, porque sólo se aplica a personas respetables. En este momento mi resentimiento lugareño es todavía más agresivo que de costumbre, y seguramente es una forma más de encontrarle aristas positivas a mi nueva situación.
Al fin y al cabo, irme de casa no significa quedar en la calle. Con el sueldo que me pagan en la radio tendría que alcanzarme para alquilar algo chico y comer lo suficiente. Y pagar un abono de internet, por supuesto. Además, podría duplicar mi sueldo si rindiera las materias que me faltan en diciembre y tomara horas en algún programa de la mañana. Las vacaciones están cerca, otro punto a favor para ampliar mi tiempo de trabajo cubriendo (ya estoy delirando) alguna co-conducción.
Mis nuevas preocupaciones me entretuvieron tanto que pronto estuve, sin darme cuenta, a pocas cuadras de lo del tío César. Pensé que no vendría mal pasar a tomar unos mates.
Mi tío es, en pocas palabras, la oveja negra de la familia. Esto no quiere decir que esté aislado ni oculto. De hecho va regularmente a visitarnos. Simplemente significa que todos los demás familiares lo reconocen como un caso perdido, como una persona que renunció a una herencia moral que le hubiera facilitado la vida, o al menos la hubiera hecho más previsible. El tío César había elegido en su adolescencia abandonar las clases de catequesis para la comunión, y desde entonces no paró de destruir todos los valores que su hermana mayor (es decir, mamá) le señalaba como inapelables. De todos modos, el escándalo mayor -y del que más recelaba todo el círculo- seguía cometiéndose y actualizándose todos los días: mi tío nunca se casó, y no tiene ninguna intención de hacerlo. La vida para él no es más que dar clases de sociología en la facultad, releer los ejemplares de una biblioteca impresionante, visitar regularmente unos cines semiclandestinos y echar mano a su generosa bodega cada vez que sus amigos lo visitan. También en pocas palabras, es mi ídolo.
-Pasá, Ernesto. Justo estaba preparando el mate.
La casa de mi tío, desestimando todo prejuicio instintivo contra los hombres solteros, está siempre limpia y ordenada. La heladera incluso parece más familiar que la mía, porque la cocina es otra de sus aficiones. Me entretuve en el comedor curioseando la mesa ratona: había, como siempre, un cenicero y el Página/ 12 del día. Además, un libro de un tal Yasunari Kawabata, La casa de las bellas durmientes. Cuándo regresó con el mate me encontró hojeándolo, así que aprovechó para contarme el argumento, que me pareció fascinante.
-Trata de una casa de doncellas que se ofrecen para dormir con ancianos. Dormir en sentido absoluto, eh, nada de coger. Los viejos disfrutan de un sueño abrazado a jovencitas desnudas mientras recuerdan mejores momentos. ¿Qué podría ser más épico?
-Que usaran viagra -retruqué, entre sorbo y sorbo.
-¡Pero en ese caso la trama sería convencional! No hay nada de fabuloso en los viejos verdes -argumentó celebrándose a sí mismo.
Todas las conversaciones con él son así, libres de humo, transparentes, intensas y atípicas. Cuando hablamos cualquier cosa cobra ribetes impensados, se llena de vida. Así, podemos empezar hablando de la lluvia y terminar, a la madrugada, comparando traducciones de Artaud o de Eluárd.
La mañana se fue pero yo fui, por algunas horas, totalmente libre.
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