Recuerdo de diciembre



19 y 20 de diciembre de 2001

19 y 20 de diciembre de 2001


En los días del Argentinazo yo estaba próximo a cumplir diecisiete años. Decía ser comunista, aunque en realidad lo único que acompañaba esta definición era la lectura de unos libros de discursos del Che que mi abuelo me había regalado (él sí era un comunista, partidario y furioso).


Mi pueblo era muy pequeño. Todas las cosas quedaban a dos o tres cuadras y no había personas desconocidas entre sí. Los domingos la iglesia alcanzaba para reunir a todos, incluso a los ateos que esperábamos fuera a que nuestros amigos salieran.

La plaza no tenía juegos para niños. Sólo una fuente de agua y un monumento al conscripto local muerto en Malvinas, donde librábamos batallas menores con nuestras novias (no queríamos ofender la memoria del soldado, pero era el sector menos iluminado). El lugar era, a fin de cuentas, un monopolio de los jóvenes.


En el comedor, la tele mostraba los incidentes en Rosario, Córdoba y Buenos Aires. Gente sacando comida de supermercados, vidrios rotos, gritos, mucha policía dando palos y balazos. Abandonaba las noticias en pocas ocasiones para salir a fumar. Desde la vereda podía ver las bicicletas de mis hermanos tiradas en el pasto, sin candado, y las puertas abiertas de las casas vecinas. Me angustiaba la tranquilidad, tan distinta al incendio y a las muertes que se transmitían. En la esquina de la terminal de colectivos, pasaba cada cierto tiempo algún ómnibus con pocos pasajeros. Sentía culpa porque había gente que era asesinada mientras yo me dedicaba a analizar los cables con mi viejo. Odié a mi pueblo por haberme dejado fuera de los acontecimientos que, según sabíamos, iban a cambiar el país.

Recuerdo que era, además de comunista, muy impulsivo (quiero creer que a veces lo sigo siendo, pero ahora equivocándome más). Eso debe explicar la barbaridad que se me ocurrió después de la cadena nacional que anunciaba el estado de sitio. Habíamos aprendido en Formación Ética y Ciudadana que eso significaba, justamente, una suspensión de las garantías ciudadanas y -como los hechos demostraban- también de la ética gubernamental. Me pareció entonces que violar el estado de sitio era la mejor forma de pronunciarse contra lo que estaba ocurriendo. Tomé el teléfono y empecé a convocar a todos mis amigos a tomar la plaza en repudio a la represión del gobierno antipopular. Mi mamá intentó disuadirme varias veces sin ningún resultado.


A las diez de la noche ya éramos una docena de jóvenes reunidos. Decidimos ubicarnos en el banco que estaba frente a la comisaría. Desde allí los agentes del orden nos observaban cada cierto tiempo, con curiosidad, mientras tomaban mate.

Nuestra primera decisión como asamblea espontánea fue comprar un cajón de cerveza. Uno de mis compañeros, también influido por el marxismo, aclaró que era necesario estar un poco bebidos para agarrar coraje y armados de botellas para arrojarlas cuando nos vinieran a correr. Nadie se opuso. Pasada la medianoche logramos acumular valor suficiente como para empezar con los disturbios. Empezamos con cantos agresivos (Ya vas a ver/ las balas que vos tiraste van a volver/ y sí, señor,/ vamo’ a llenar de canas el paredón) y seguimos con una entonación de El necio de Silvio Rodríguez. Como nada parecía surtir efecto, recurrimos al rupestre ¡Hijos de puta! ¡Hijos de puta! acompañado con saltos y gestos obscenos. El mismísimo comisario se dignó de salir a ver qué pasaba, lo que desató nuestra euforia (¡Asesinos! ¡Asesinos!). Ni siquiera nos detuvimos cuando salió también uno el suboficial que era padre de uno de los insurrectos que me acompañaban (toda una tragedia griega).

Volvieron a refugiarse luego de reconocernos. Discutimos acerca de la estrategia de lucha, seguros de que estaban cargando las armas. Como ya estábamos todos borrachos, los discursos de apología y barricada nos llevaron una hora más, incluyendo el regateo para comprar más cerveza (hubo quién no puso plata en la primera vuelta y se hacía el sota a la hora de contar monedas). La policía seguía sin salir.

Federico se pasó con la bebida. Empezó a vomitar y se sintió muy mal. No podía caminar y amenazaba con desmayarse. Dejamos de preocuparnos por la revolución y empezamos a planear como llevarlo a su casa. Vivía lejos, en uno de los barrios de la periferia. Entonces, casi sin que lo notemos, dos policías se acercaron. Nuestras caras eran de terror, pero sin prestarnos atención, se acercaron a nuestro compañero a preguntarle si estaba bien. Por supuesto, les dijo que no, entre lágrimas de primera borrachera, imaginando que sus viejos lo castigarían por el exceso. Uno de los policías me sugirió acompañarlo para acarrearlo hasta su hogar. Todos estuvieron de acuerdo.

Subimos al móvil policial y llegamos en minutos al barrio. Ayudé a Federico a entrar con discreción en su cuarto. Sus padres nunca se enterarían. Cuando salí, la camioneta me esperaba para llevarme a mi casa. Al pasar por la plaza, lo único que quedaba de nuestro levantamiento eran los trozos de vidrio de una botella caída. No les agradecí. Ellos me desearon suerte y me recomendaron tomar agua antes de dormirme. No les contesté pero les hice caso, y evité una resaca segura. Fue una noche triste, en la que maldije con todas mis fuerzas a esa policía amigable y provinciana, que ni siquiera sabía aprovechar el estado de sitio para reprimirnos. Al día siguiente, luego de la siesta, el presidente renunciaba y se escapaba en helicóptero. Otras personas habían hecho la historia y yo los admiré. Todavía los admiro y quiero creer que mi pequeña historia fue al menos una manera insignificante de demostrarlo.

¿Te pareció interesante? ¡Compartílo!
8 Comments Posted in Ensayos y errores, Política
Tagged , , ,

8 Comments

  1. Un relato precioso!!!
    Está para un cortometraje….

    A favor/ En contra: Thumb up 0 Thumb down 0

  2. Que buen relato. Sorianesco.!!!

    A favor/ En contra: Thumb up 0 Thumb down 0

  3. Que relato….

    Lo mío fué menos romántico si se quiere, había estado estudiando para un examen, absolutamente aislado de todo lo que pasaba en esos últimos días del gobierno de De la Rúa. Rendía el mismo 20 de diciembre. Cuándo me enteré de lo que venía pasando y de que había renunciado el inútil sentí una rabia incontenible.
    Saludos.

    A favor/ En contra: Thumb up 0 Thumb down 0

    • En twitter se hizo una convocatoria con el hash #19dediciembre y #20dediciembre (yo los busqué así, tal vez haya otros parecidos). Había muchas historias personales sobre lo que cada uno hizo en esos días. El horror de lo cotidiano conviviendo con la muerte me impuso la necesidad de contar cómo lo viví yo.

      Siempre me provocó malos sueños pensar que incluso durante episodios violentos y determinantes las personas continúan trabajando, estudiando, tomando el colectivo, preparando desayunos, haciendo el amor, juntando estampillas, besando a sus hijos, paseando por el supermercado o escribiendo poesía.

      Una característica de la historia como ciencia es que los hechos importantes absorben a todos los demás: ¿Alguien imagina que el Día D haya ocurrido algo más que el desembarco aliado en Normandía?

      A favor/ En contra: Thumb up 0 Thumb down 0

  4. Buenisimo el relato, divertido, crudo y realista, todo al mismo tiempo !
    Yo era muy chico en esa epoca, tenia 11 años, todavia me estaba sacando los pañales :P jajajaj
    Último post de Sergio Rondan en blog: La Cultura es Libre My ComLuv Profile

    A favor/ En contra: Thumb up 0 Thumb down 0

Leave a Reply

CommentLuv Enabled

Using Gravatars in the comments - get your own and be recognized!

XHTML: These are some of the tags you can use: <a href=""> <b> <blockquote> <code> <em> <i> <strike> <strong>