Hoy dice el periódico que ha muerto una mujer (…)

JOAQUÍN SABINA

El caso es tan atroz que parece condenado a ser un policial de la semana, y nada más que eso. Como es natural, la mayoría de los medios rehúyen a profundizar cualquier tema espinoso para lagente, esa misma que se regodea en las cifras de menores delincuentes (porque al fin y al cabo, se sabe que la solución es matarlos a todos) pero se niega a escuchar estadísticas, definiciones o siquiera un editorial demagógico sobre la violencia de género. Al igual que los vecinos que no quisieron escuchar el asesinato de Susana mientras ocurría y prefirieron tranquilizar sus conciencias argumentando que era “sólo una pelea doméstica”. El resultado es otra mujer muerta y una nena de nueve años huérfana y traumatizada de por vida. ¿Se ocupará la tele de ella, al menos para retribuir un poco de rating?

La excepción a las omisiones mediáticas son las asesinadas ricas. En esos casos siempre habrá de por medio un terreno, una herencia o alguna oscura conjura familiar que haga interesante la muerte y despierte la repulsa unánime frente al crimen. A menos, claro, que además se sume alguna infidelidad. Porque es horroroso que las maten por plata, pero que las maten por putas es otra cosa. Esa palabra mágica, sin traducción en el mundo masculino, es capaz a la vez de humillar, despersonalizar, condenar y finalmente  desaparecer a las subjetividades, justificando simultáneamente todas las acciones. En términos semióticos, la operación es idéntica a la que se llevó treinta mil muertos en la dictadura, con una sociedad igual de permeable a convertir a las víctimas en victimarios y victimarias.

Esta naturalización de la violencia contra las mujeres encuentra su contraparte en una hipócrita corrección política, que evita reconocer una realidad evidente: en Argentina el femicidio es un mal concreto que, lejos de solucionarse, se agrava: cada dos días muere una mujer por esta causa, la mayoría en situación de “simples peleas domésticas”. Las matamos nosotros, sus parejas. Por supuesto, estas son las consecuencias de causas que también se ocultan.

El femicidio nace en prácticas sociales, éticas y políticas. Se incuba en el nivel inicial y en las escuelas, dejando fluir la agresividad en los niños y educando a las niñas en conductas de sometimiento. Sigue en la escuela primaria, donde los varones aprenden a defender lo que es suyo por medio de la violencia. Continúa en la escuela secundaria, con la legitimación de los estereotipos de una promiscuidad masculina positiva y una femenina, pero negativa y se agrava con la adopción del lenguaje y los esquemas sociales aprendidos de los padres, lo que conduce a adoptar un modelo patriarcal en las primeras relaciones amorosas. La llegada en la adultez de una pareja estable encontrará a los hombres compelidos a seguir legitimando su masculinidad acostándose con todas las mujeres que puedan, celando su propia pareja (en realidad, la propiedad) y defendiéndose del miedo a ocupar roles igualitarios, que se identifican desde esta concepción como roles de sometimiento.

La cuestión de clase no será determinante. Unos irán a fiestas de sociedad, con sus mejores trajes, a intercambiar historias de amores casuales con los demás accionistas. Otros estarán cada domingo en la cancha coreando su masculinidad, anunciando que se acuestan con las mujeres de los hombres de la tribuna de enfrente e incluso con sus mismos contrincantes. Porque se sabe, la homosexualidad no es lo malo (de hecho, el fenómeno de consumo de travestis depende de este desprejuicio), lo malo es ocupar el rol de penetrado, es decir, el rol que debería cumplir la mujer.

Si esta relación de significados se invirtiera y una mujer llegara a ocupar posiciones fálicas (es decir, de autoridad), habrá que ponerla de nuevo en su lugar. El conflicto entre las patronales agrarias y el gobierno mostró claramente cómo la virulencia crece frente a mujeres con poder. Mientras Kirchner era llamado corrupto, autoritario o izquierdista, su esposa (no la presidenta), Cristina (de Kirchner, no Fernández) era simplemente loca, atorranta, histérica. “Cristina conchuda”, “Cristina retenémela con la mano”, “No fue la soja/ ni Louis Vuitton”. Es decir, mientras Kirchner es un sujeto político, la presidenta es una mujer alterada, consumidora, emocional, a quién no se debe interpelar ideológicamente.

Todos los días estamos forjando las próximas muertes de mujeres. Todos los días se prepara, en acciones microscópicas y gigantescas, el asesinato como algo aceptable. Pero todos los días también hay personas que creen y actúan para frenar estos perversos mecanismos, desde los hogares, las escuelas y las organizaciones sociales. Algún día serán sus vidas, y no la muerte, las que ocupen los titulares.