Tiene la manía de pasarse las manos por el pantalón, aunque no transpira. Lo hace con método, como si se secara una sangre invisible para los demás. El Restaurador es macrocéfalo, bajo y de rostro amplísimo. Habla con más claridad de lo conveniente, bebe con moderación, evita mirar a los ojos. Sin embargo, su pequeñez llena la sala y altera todos mis sentidos. Me concentro en recordar cada palabra. Insistió en que no use el grabador, tampoco quiso que tome notas.
-Sólo conversar- pidió el Restaurador, como si debiera temer otra cosa.
Elogio el decorado de su casa. Me aclara que la responsable es su esposa, y jura con humildad que si él lo hubiera hecho, el resultado sería espantoso.
-No soy un hombre de detalles sino de esencias. ¿Ves? Ya estamos hablando de política.
Sonríe sólo en la mitad del rostro. Es un hombre con muchas caras, y lo hace saber.
-Lo que más disfruto de los programas políticos son los viejos enemigos. Periodistas que me relacionaban con Al Capone, hoy me comparan con Felipe González. Del narcotráfico al pacto de La Moncloa. ¿Qué me decís? Yo no les tengo rencor, sé que no es personal. Te voy a decir algo. Los hijos de puta no se compran, se alquilan. Uno de los múltiples errores del Loco es haber creído que si les daba plata a los que manejan lo iban a dejar gobernar tranquilo. Por eso lo cagaron los medios, los gobernadores, los intendentes, los empresarios, los radicales, los peronistas, el vicepresidente y hasta el peluquero. Por eso lo van a seguir cagando hasta hacerlo pelota.Yo digo siempre que es un adicto al poder, pero sé que es falso. En realidad, no entiende el poder. No es capaz de darse cuenta de dónde está el poder, y hacerse lugar ahí. Yo tuve el poder con el apoyo de los mismos que lo cagaron a él. A mí no me lo hicieron. No se animarían.
Pregunto si puedo fumar. El Restaurador no me contesta, está pensando en lo que está por decirme, o en lo que dijo. Me pasa un cenicero de madera con una placa de bronce. Es de una asociación de amigos de un hospital de niños.
-La fórmula para tener hoy poder es cuidarse de que nadie se entere. A la gente le asustan los poderosos, porque creen que pueden hundirlos. ¿Cómo hace entonces un buen político, un hombre del poder? Sencillo. Dice que viene a acabar con los que tienen el poder. Está contra el régimen, contra la monarquía, contra la dictadura, contra cualquier forma de poder. Denuncia el conflicto y promueve el diálogo y el consenso. Es una especie de anarquista democrático. No haga muecas, yo también sé que son palabras vacías. Pero es lo que hay que decir. El Loco hace acuerdos con cualquier partiducho, los deja modificar leyes, ocupar secretarías. Sin embargo se muestra -o lo muestran, a esta altura no importa- como un autoritario enfermo. Yo hago al revés. Hacia afuera, diplomacia. Hacia adentro, el terror. Tener varios cuerpos en el ropero y ser el candidato de la paz. Poner los huevos sobre la mesa y que te los soben.
Agita el puño y se mira la sombra. Respira profundo. Sigue.
-Eso es poder. Lo demás es caos. En eso no miento, lo creo a rajatablas. Ahora que lo pienso, esa es la metáfora de este gobierno. Son una dictadura sin poder, una monarquía sin autoridad, un fascismo sin violencia. Leé la ironía como vos quieras. Yo sé bien de lo que hablo porque soy el que los va a bajar. ¿Como presidente? No sé y no es lo importante, pero te aseguro que los voy a desalojar. No porque esté resentido, ojo, sino simplemente porque son los que gobiernan. Y si gana el Inútil -sí, el mendocino- también lo voy a voltear sin ningún problema. Eso es poder, y es lo que falta. Mi deber histórico es restaurarlo una y otra vez. ¿Sabés por qué, pibe?
Me resisto a preguntárselo. Algo me indica que es hora de irme. Él me mira alucinado, expectante, sombrío.
-Porque yo soy el orden. Así de sencillo. Ya te habrás dado cuenta. Lo sabías antes de venir a hacerme preguntas y por eso no hiciste ninguna. Te acompaño hasta la puerta.
-
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Anónimo
/ 10 Marzo 2010A favor/ En contra:
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Martin
/ 27 Diciembre 2009¡Buenísimo!
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Severino Di Giovanni
/ 28 Diciembre 2009Espectacular.Que sinsestro el cabezón. Digno de un film de David Lynch
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