Era laborioso a la mañana, solemne a mediodía, algo feliz en la tarde y tristísimo al caer la noche.
Todo se quebró con un simple equívoco de pastillas. Despertó a la hora de almorzar, demasiado tarde para ir al trabajo. Ocupó entonces el ímpetu laborioso en tallar muñecos de palo. A la tarde lo llamó su jefe, indignado y burlón. Él, en vez de acatar, con toda solemnidad lo mandó a la remismísima mierda y ofreció su renuncia. Tomó los muñecos en un arrebato de dignidad y salió a regalarlos a las jovencitas que pasaban. Al caer la noche, una aceptó ir a la cama, y su felicidad fue más plena que cincuenta años de vida. Ella, en la madrugada, ya no estaba, pero la tristeza tampoco.
¿Enmancipación espiritual o efectos secundarios de los somniferos?!!
jaja
Salutes!
Lo que importa es el fin, maso, como dicen que decía el primer secretario de Estado. ¡Salud!