Día 4: Cambio de sexo
- Prefacio: Residencia en la tierra
- Día 1: Los inquietos y sus inquietudes
- Día 2: Entre la desoxirribosa y la adrenalina
- Día 3: En busca del tiempo perdido
- Día 4: Cambio de sexo
- Día 5: ¡Que ojos tan grandes tienen!
- Día 7: El gobierno del revés
- Día 6: ¿Qué tendrán las princesas?
- Día 8: Crónica de una suerte anunciada
Comienzo la clase retomando la actividad pasada. Varios alumnos leen sus producciones. A modo de ejemplo adicional de definiciones paródicas, leo la acepción de hombre que acuñó Ambrose Bierce para su genial Diccionario del Diablo:
Hombre, s. Animal tan sumergido en la extática contemplación de lo que cree ser, que olvida lo que indudablemente debería ser. Su principal ocupación es el exterminio de otros animales y de su propia especie que, a pesar de eso, se multiplica con tanta rapidez que ha infestado todo el mundo habitable, además del Canadá.
Un alumno me pregunta por qué el autor escribió eso. Explico la estructura irónica del Diccionario y trato de justificar la visión de mundo de Bierce narrando su paso por la guerra civil estadounidense, por el periodismo, por el exilio, por la revolución de Pancho Villa, hasta llegar a su misteriosa desaparición y a las hipótesis sobre su muerte.
-Bierce es un ejemplo de los abismos que hay a veces entre vida y obra literaria. Como Emilio Salgari (el de Sandokán), que escribía cuentos de aventuras y terminó en la oscuridad y el suicidio, Bierce vivió casi toda su vida como soldado, pero toda su obra es una crítica demoledora de los argumentos para la guerra y un canto constante al pacifismo y a la convivencia entre hombres.
De pronto, caigo en la cuenta de que se está produciendo un fenómeno único que se repetirá pocas veces: silencio absoluto. Me veo obligado a romper la magia y a realizar en el pizarrón los trazos de lo que será la tabla de las formas de organización en los textos de divulgación científica. A medida que termino de aclarar un concepto, dibujo unos cuadros vacíos y hago que sean los alumnos quienes elaboren los ejemplos. Al llegar a la cuarta forma organizativa, la clase está cansada y comienza a perder peligrosamente la atención. Cada vez que giro hacia el pizarrón para escribir, el murmullo se multiplica. Observo con intensidad y de forma aleatoria todos los grupos, hasta lograr que sean los mismos alumnos quienes se llamen a silencio entre sí. Decido usar como táctica la apelación al sentido común.
-Se los digo de forma sencilla: si no terminamos rápido, voy a tener que seguir exponiendo hasta que termine la hora. Si tienen tanto amor por la teoría, hacemos eso. Si no, atiendan a la explicación de los últimos dos procedimientos y hacemos un trabajo de aplicación para no aburrirnos tanto.
Todos dicen estar de acuerdo y colaboran con la definición y ejemplificación de los últimos procedimientos. Pido ayuda a Carlos, jefe adjunto del grupo IDEA, para repartir los textos de trabajo, que versan sobre el láser y sus aplicaciones.
-Queremos descansar, profe- se anima a pedir alguien.
-¡Sí, profe!- acompaña el coro.
Dudo un momento, considerando que están en las últimas horas y deben estar igual de cansados que un residente en las últimas horas de su profesorado. Me decido por un camino intermedio.
-Descansen mientras leen el texto.
-Ah, no, eso no es descansar.
-¿Cómo no? Chicos, no estamos picando piedra ni cargando cajas. Vamos.
Luego de unos minutos, quienes terminan la lectura comienzan a pedir automáticamente permiso para ir al baño. Lo permito, con la condición de que sólo uno salga a la vez y que no demoren más de lo normal. Me acerco al grupo IDEA para comprobar que están leyendo a nivel regular, pero ya alcanzaron la mitad del texto.
-Nos cansamos mucho, profe, hoy jugamos a la pelota. ¿Usted juega? ¿De qué cuadro es?
-No, no juego, pero hasta hace un año jugaba básquet.
-¿Y su cuadro?
-Tampoco veo fútbol ni tengo un cuadro favorito.
Me miran como a un ser extraterreno, sorprendidos. Todos los alumnos cercanos al grupo levantan las cabezas y se unen al interrogatorio.
-¿Y va al boliche?
-No, nunca me gustó bailar.
-Pero escucha música.
-Sí.
-¿Cumbia? ¿Le gusta Eclip´c o Yiyo?
-No, escucho trova cubana y algunos cantautores argentinos y españoles. No colecciono mucha música ni estoy muy actualizado…
Las caras de sorpresa siguen mutando. Carlos mira su banco, dudando, y luego se anima a preguntar:
-¿Y fuma porro? Marihuana, quiero decir. Ahora la tele dice que va a ser legal, no tenga miedo de decirnos.
-No, no fumo.
-Pero probó alguna vez.
-No- miento convencido.
-¿Y toma?
-Sólo fines de semana, alguna cerveza mientras veo tele.
-¿Ve mucha tele?
-No, no mucha. No tengo tanto tiempo, además aprovecho mis ratos libres para leer o descargar libros y documentos de Internet.
-¿Lee en su tiempo libre?- preguntan con evidente estupefacción. Federico cavila unos instantes y levanta el dedo, distraído, mirando a ninguna parte. Pensando en voz alta, enuncia la posible respuesta a todo.
-Claro, -se explica a sí mismo, en voz baja- es como una profesora.
El grupo se ríe y Federico comienza a disculparse y a tratar de explicar que se refería a las costumbres que suelen tener las profesoras de lengua, y que el no creía que se aplicasen a profesores.
-Está bien, Fede. Sigan leyendo- lo tranquilizo, y paso a seguir la ronda.
Como todos van bastante avanzados y la mayoría de mis nuevas compañeras de género (las alumnas) han terminado, explico las actividades y paso por cada grupo para ver los avances. En poco tiempo, a mayoría logra acabar con las dos primeras propuestas, así que paso a hacer un control general, donde todos comparten sus resoluciones con el grupo-clase. Cuando llego a los últimos de la tercera fila, cinco muchachas miran sus bancos y Guadalupe, la mayor de todas, me enrostra.
-No hicimos.
-¿Nada?
-Nada- repite, con aparente orgullo.
-Bueno, -digo, fingiendo una firmeza que en realidad no es espontánea- eso va a ser lo que las va a representar como grupo. A menos que para mañana hagan las actividades y la compartan con el resto de la clase, como hicieron sus compañeros con ustedes. ¿Puede ser?
Todas las muchachas se sonrojan, esquivan mi mirada, asienten. La excepción es Guadalupe, que decide contestarme en nombre del grupo, con una sonrisa sardónica.
-Bueno, para mañana puede ser.
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