Agentes de la Policía Nacional han detenido a un menor que realizó más de 15.000 llamadas a los servicios de emergencia
20minutos
Cuando era un chico (hablo de once años atrás, en un tiempo prescripto) nos juntábamos cuatro amigos en el parquecito de mi pueblo a beber cerveza y a planificar nuestras vidas. En la vereda nos vigilaba un armatoste gigante muy siglo veinte que se conocía como teléfono público. A veces llamábamos a nuestras novias desde ahí, cuando podían atendernos. Marcelo, que no estaba en pareja, se entretenía en cambio llamando gratuitamente a los bomberos de un pueblo cercano, siempre con emergencias absurdas: “Hola ¡hay un gato volador atrapado en los cables del tendido!”, “Una vieja está surfeando en la terraza de la municipalidad”, “Se inundó la pileta del club”, y otros casos idiotas. El bombero de guardia se reía, se enojaba o lo sermonaba alternativamente mientras nosotros escuchábamos en posiciones imposibles el auricular del teléfono. Lo admirábamos en secreto por su carencia de rencor, su colaboración en las bromas, su pedagogía impasible.
Una noche Marcelo decidió ir más allá, y ocurrió lo impensable. Una sola palabra quebró el pacto, invirtió los lugares y determinó que nosotros nos quedemos con la reflexión de nuestra adolescencia rota, y el pobre encargado con su rutina. Cosas de la comunicación.
-Hola, hay un incendio.
-¿Dónde?
-Acá. ¡Se quema! ¡se quema!
-¿Qué se quema?
-¡Mi culo!
-Ah, bueno, hubieras avisado antes. Tengo una manguera para apagarte el fuego.

jauajauajajajaaa
Loquisimo.
Jajajaja… muy bueno.
Ahora… detener a un pibe por eso. Que se yo, me parece disparatado.
jajaja. Luego de eso me imagino un silencio.