El título no es casual: está tomado de una famosa novela del escritor francés Michel Houellebecq, protagonizada por un asesor técnico designado en algún Ministerio de Agricultura. El personaje principal, entre sus reflexiones, afirma:
El liberalismo económico es la ampliación del campo de batalla, su extensión a todas las edades de la vida y a todas las clases de la sociedad.
La actual crisis entre el sector agrario y el gobierno argentino demuestra lo acertado de esta sentencia. La lucha del campo argentino, lejos de cerrarse sobre sí misma, amplió su espacio: los pequeños, medianos y grandes productores toman las rutas. Las clases altas y medias altas realizan cacerolazos en las plazas. La clase media mira con ojos espantados la intransigencia gubernamental y la violenta irrupción de los piqueteros oficialistas en la crisis política. La izquierda (PC, PCR, MST, Proyecto Sur), la centroizquierda (CC-ARI, Partido Socialista), el sindicalismo combativo (CCC) y la derecha (PRO) apoyan al campo, con más o menos reservas y oportunismos. El sector dialoguista y mejor intencionado del campo, representado en la Federación Agraria y los pequeños productores de la CRA comparte incómodamente sus protestas con los fascistas de la Sociedad Rural. No falta nadie.
El discurso gubernamental agrupó a personas y organismos que, lejos de tener proyectos en común, mantienen entre ellos odios históricos. El gobierno ha sabido ser lo suficientemente torpe y demagógico como para incentivar esta extraña alianza en su contra. No me puedo dejar de preguntar qué los une.
Reynaldo Sietecase señala con precisión que las repentinas amalgamas se deben, en gran parte, a un rechazo frente a determinadas maneras de ejercer el poder. Podemos suponer, entonces, que las movilizaciones masivas que originó el discurso de la presidenta ya no tienen que ver sólo con las retenciones a la soja, sino con responder al autismo y a la soberbia que el gobierno mantiene y exacerba. Pero la percepción de la sociedad demostró que se cuestionan no sólo las formas, sino el contenido.
Lo que produjo más rechazo entre aquellos que hasta ahora no estaban implicados ha sido la evidente desnudez de la estrategia discursiva repetida por el oficialismo. Para ellos, la ecuación fue sencilla: el paro es un lock out patronal, movilizado por lo peor de la oligarquía terrateniente. Sin embargo, las imágenes de los tractores viejísimos y los chacareros más pobres a la vera de la ruta desmintieron esta generalización y desencadenaron el rechazo general a esta tesis. Al gobierno le convino, por supuesto, obviar este escenario y apuntar a las señoras paquetas de Capital Federal que por primera vez agarraron una olla y un cucharón, no contra el gobierno, sino contra la democracia. Pretendieron, en un rodeo semiótico, unir a los pequeños productores del interior con los nostálgicos de Videla y los chicos bien que, como autómatas, repitieron frente a las cámaras lo que sus padres dicen todos los mediodías: este es un gobierno montonero y procubano.
Elisa Carrió, hablando sorpresivamente como mujer del interior y no como política capitalina, fue una de las primeras en señalar la hipocresía que implicaba hablar de un modelo redistributivo cuando las retenciones, planteadas de forma universal, provocarían todo lo contrario: los pequeños productores y cooperativas no podrían sostenerse y venderían su producción y tierras a los más grandes, los únicos capaces de absorber la medida. Esto es concentración económica, decía, y no socialización de la riqueza. Hermes Binner y algunos gobernadores oficialistas opinaron de igual manera. Esto mismo están repitiendo los representantes de pequeños productores en todos los canales de televisión.
En las últimas horas distintos funcionarios (Aníbal y Alberto Fernández, Lousteau, Dante Gullo, Randazzo) reconocieron la falta de una escala en las retenciones que discriminara a los grandes grupos económicos de los pequeños y medianos productores. Afirmaron estar dispuestos a reformar el sistema para que sean los ingresos extraordinarios de los ricos los que financien el desarrollo y la obra pública y no los pequeños chacareros. Escucharon, al parecer, el mensaje que daban los sectores democráticos ajenos a la manipulación que hagan del conflicto los grupúsculos golpistas de siempre. Intentan, ahora, arreglar un error que no reconocen haber cometido.
Lo hacen tarde. Una medida justa pero mal aplicada, un discurso con parte de verdad pero mal dirigido, un gobierno crispado que no supo aislar los intereses de unos pocos de los intereses generales ha ampliado tanto la batalla del campo como el campo de batalla. El fin será, en el peor de los casos, la vuelta atrás de las retenciones, lo que significa perder una oportunidad única para reconstruir el aparato público con ingresos que el boom agroexportador debe a la sociedad. En el mejor de los casos, le quedará al poder político la autoridad moral suficiente como para establecer la forma de recaudación justa y realmente socializadora que debieron presentar al principio. Ojalá, por el bien de todos, puedan hacerlo a tiempo.
01/04: El gobierno anunció ayer la compensación automática para pequeños productores, subsidios para fertilizantes y transporte y créditos blandos a cinco años para inversiones de valor agregado. Todo indica que esta semana el paro se levantará, por lo menos en lo que respecta a FAA. Los más disconformes fueron la SRA y los grandes terratenientes, que seguirán pagando más retenciones, como es debido. ¿No se pudo haber hecho antes?