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Ironías del racismo científico

James Watson, descubridor de la doble hélice del ADN, premio Nobel de Medicina y racista confeso que considera a los negros menos inteligentes que los blancos, tendrá que ponerse a evaluar seriamente la veracidad de sus declaraciones. No por el hecho de haber sido expulsado de su instituto de investigación y de su facultad, o por el repudio general de la comunidad científica, o porque se hayan cancelado sus charlas y conferencias en Europa y EEUU, ni siquiera por corrección política. No, el motivo es otro.

El motivo es que él mismo es negro.

Aunque parezca increíble, me desayuno en Clarín.com con la noticia de que el premio Nobel del racismo es un 16% africano. El estudio genético que se le realizó, dado a conocer con su consentimiento (?), indicaría que por lo menos un tatarabuelo de Mr. Watson sería negro.

Evidentemente, estos genes no hacen dudar al premio Nobel sobre su propia inteligencia cuando da a conocer sus alarmantes teorías. ¿Justicia poética?

Los talleres literarios y la profesionalización de la escritura

Recientemente leí en el diario Página/12 que Argentina es el país de habla hispana con más talleres literarios en desarrollo. No me llamó tanto la atención haber obtenido el dudoso honor nacional del primer puesto en el rubro como la calidad de las plumas involucradas: Abelardo Castillo, David Viñas, Daniel Link, Liliana Heker, Hebe Uhart, Alicia Steimberg, Guillermo Saccomanno son algunos nombres de escritores relevantes que se dedican al ¿negocio? ¿oficio? de dirigir los talleres.

Por otra parte, los (las) talleristas parecen haber atendido muy bien a las clases: Ángela Pradelli y Claudia Piñeiro, ganadoras respectivas de las ediciones 2004 y 2005 del premio Clarín de Novela, son alumnas del taller de Saccomanno. Silvia Schujer y Guillermo Martínez pasaron por el taller de Heker.

Esto me hizo pensar, comparativamente, en el auge del tallerismo y las carreras de Escritura Creativa tan en boga en Estados Unidos. Si uno lee las reseñas sobre los jóvenes autores norteamericanos aparecidas en Granta o en alguna web literaria, notará que la mayoría viene de dar un taller que formó a otros escritores-revelación, o viene como uno de los descubrimientos del taller, o tiene un máster o posgrado en habilidades escriturarias.

En fin, la escritura parece haberse convertido en algo que se aprende, bien en la informalidad de los talleres o sufriendo el rigor académico de las academias. Ha evolucionado, como otros oficios, al nivel de profesión, de saber enseñable, mejorable, demostrable por medio de títulos. Por mi parte, todavía ocupo ese espacio salvaje y prehistórico de los escritores cuya única formación es la lectura de otros escritores y la escritura misma, aunque espero, alguna vez, recibir de algún afamado escritor el título de egresado o tallerista horroris causa.

La construcción de un espacio

Creo, y sobre todo ahora, frente al vacío que llena la parte central del blog (llenan los vacíos, si no me creen, miren a Borges), que el llamado pánico de la hoja en blanco tiene por lo menos dos realizaciones, a veces felizmente sucesivas.

En la más común, la extensión del territorio vacuo (magnitud simbólica, relativa, subjetivísima, un renglón, un cuaderno, un cúmulo de páginas web) devora al aventurero temeroso, provoca su huida o, en el mejor de los casos, lo congela en el rol de mudo espectador de su impotencia. Esta patología es capaz de destruir las mejores empresas, silenciar a los más avezados ideólogos, callar a los poetas más sublimes.

Descubrí recientemente la otra derivación, y trato de dejarme contagiar por ella. La identifiqué tras largo tiempo, observando a personas cuyo pánico lleva a la acción más inesperada: intentar ocupar todos los espacios en blanco con los que den. Para ilustrarlo, imaginen a un aracnófobo defendiéndose de su fobia, no escondiéndose de las arañas, sino cazándolas alegremente por todo el barrio. El miedo de origen es igual en los dos casos, pero no así la forma de tratarlo. Los paranoicos de la hoja en blanco se escandalizan con los vacíos que no llenan, buscan apropiarse de una parte de cada cosa que descubren, intentan innovar en lo que apenas conocen. Son esas personas que tienen siempre presta la pluma para el cuento colectivo, la revista marginal, la crítica de un ensayo, el correo cómplice.

Esa dualidad peligrosa, ese oscilar entre dos polos explicaría, tal vez, este ímpetu transformado en idea.