Si hay algo criminal son los encuentros con partes de uno mismo que quedaron en otros.
Por desgracia y ventura, uno cambia. Sin embargo, este proceso no es íntimo. Quienes nos conocieron en distintos momentos hacen de testigos involuntarios de una muerte por etapas.
Es difícil cumplir años, meses, días, aún cuando todavía la impotencia es una amenaza a largo plazo.
Encontrar a un amigo abandonado es una forma de comprobar pasados, de ver quienes fuimos y quienes quisimos ser. El amigo llega, toma un vaso de vino, hace preguntas generales y vacías, se ajusta a los cánones de la cordialidad. Pero llega el momento, etílico o musical, en que hablamos de nosotros mismos, en que comprobamos que los lazos se agrietan, que los sueños envejecen.
Ya no somos los mismos, escribe Pablo, y es así. Ya aprendimos que existe la muerte, que la revolución es imperfecta, que no somos tan queribles como quisiéramos, que el poder no es de la imaginación sino de los burócratas de turno. Sin embargo tratamos de hacer como si no lo supiéramos, como si las conspiraciones que fabulamos no fueran fabulosas, como si la piel siguiera reaccionando con belleza ante la belleza. La piedad mutua es un requisito.
Con las mujeres que amamos alguna vez, la cosa es peor. Y no es la celulitis, ni los partos, ni siquiera la falta de arrugas en las comisuras o las uñas cuidadas. Lo peor es la pasión llena de telarañas, la ausencia de ímpetu, el terror al pecado cristiano o laico. Descubir a la novia libertaria definitivamente acomodada a la vida burguesa, vernos a nosotros mismos incapaces de provocar y de sentir de nuevo la rebeldía que creíamos natural, ser inútiles a la hora de acompañarnos en la tristeza colectiva.
Nuestra generación ya ha fracasado: no hemos podido acabar con el tiempo, con la vejez, con el tedio. Hemos mirado la madrugada y hemos reído. Se ha ido la luna y nos hemos quedado solos, con frío, con ganas de dormir en casa.