Durante al recreo, antes de comenzar la clase, Federico y Carlos se acercan a la reja en la que comento con Ramón los pormenores del día, entre ellos, el calor del invierno y la ausencia de la profesora titular. Carlos y Federico aparecen con velocidad, como si hubieran tenido alguna revelación.
-Profe, la clase va a ser un desastre.
Esto es bueno -pienso-, quiere decir que hasta hoy no nos habíamos hundido en la catástrofe de forma definitiva, pero…
-¿Por qué dicen eso?
-Porque todos van a gritar, pararse, moverse, tirar cosas, pelearse y no le van a hacer caso aunque nos pida tranquilidad -explica Carlos.
-Sí, profe. Incluso yo voy a hacer lo mismo -interviene Federico.
-Y yo también, casi seguro.
-Me sorprendería de ustedes dos -les digo, con sarcasmo.
-Lo que tiene que hacer -me indican, paso a paso- es pedir la lista de alumnos a la preceptora para poner notas de comportamiento. También las fichas de conducta, donde se ponen los llamados de atención y esas cosas. Después, ponerlas sobre la mesa, y al que molesta, sancionarlo. Si quiere vamos y pedimos los formularios antes de que comience la clase.
-No, gracias. No se preocupen y vayan entrando.
Al entrar, todos se paran y saludan, pero inmediatamente continúan conversando a gritos. Seriamente, completo el libro de temas haciendo pausas para tratar de identificar a los líderes de la revuelta, pero no parece haberlos. Hay que decir, a favor del caos espontáneo, que es absolutamente democrático y no deja a nadie fuera. Ni siquiera a los tímidos, que vienen a ser como el lumpenproletariat de la palabra pública, pero ahora hacen oír su voz incluso más alto que las grandes burguesías del espacio discursivo adolescente.
-Silencio. Chicos, silencio. Vamos a comenzar la clase. Atrás. Adelante. A la izquierda. ¡Chicos y chicas, alumnos y alumnas, ciudadanos y ciudadanas!
Los grupos más cercanos, ante mi escalada apelativa, se callan, pero vuelven a conversar inmediatamente cuando me muevo a exigir lo mismo al resto del curso.
Opto por aplicar la técnica de reacción en cadena, que tanto me ha dado hasta ahora. Me paro frente a todos, mirándolos alternativamente con cara de esfinge. Algunos grupos aislados deponen su posición (primer movimiento). Luego, otros apelan a sus compañeros a escuchar, porque parece que el profesor quiere hablar (segundo movimiento) y finalmente, cuando la mayoría se encuentra silente, los que se callaron intiman a los rebeldes (las rebeldes, en este caso) a callarse o a pagar las consecuencias (tercer y último movimiento). Lo último que se escucha es a Juan preguntando en voz alta a un grupo de muchachas:
-¿Nunca se callan ustedes, chismosas? ¿No ven que hay que escuchar?
-Sos un estúpido -le responden, humilladas ante la vista de todos.
El silencio se impone.
Anuncio, entonces, las actividades del día.
-Primero vamos a hacer un repaso de las clases de conectores. Luego, controlamos el trabajo anterior y después hacemos una actividad de aplicación.
-¿En grupos?- pregunta alguien.
-Sí, en grupos de cuatro- contesto sin darle importancia, pero desatando la debacle. Como en las épicas grecolatinas, la catástrofe se inicia por pequeñeces.
El desorden gana la clase nuevamente, sumado a chirridos de bancos, sillas que se mueven en andas, carpetas y mochilas voladoras, cuerpos que se chocan. Sin embargo, el ruido no cesa tampoco cuando todos están ubicados. Con menos esfuerzo que al principio, se logra nuevamente devolver la calma. Decido, de todos modos, asegurarme de que no vuelva a ocurrir.
-Les vuelvo a decir lo mismo que antes. En la medida en que ustedes se esfuercen en trabar los repasos y las exposiciones, vamos a tener que dedicar más tiempo a la teoría y vamos a tener que ver más veces lo mismo. También se harán necesarias más evaluaciones, porque si nadie escucha ni participa, no tengo otra forma de saber si están aprendiendo algo o estoy haciendo un monólogo. Entiendo que estén cansados, pero me parece que demostraron hasta ahora ser buenos alumnos y no nenes malcriados ni chicos de jardín de infantes, que es lo que parecen hoy -continúo, evitando conmoverme de la multitud cabizbaja que mira el suelo- y espero que esto no tenga que ver con la ausencia de la profesora, porque vamos a trabajar igual que en las otras clases. Antes de entrar algunos de ustedes me recomendaban traer las fichas de conducta y sancionar a los que molestan -recuerdo, mientras el miedo de algunas caras muta en pánico- pero no me parece una solución. Primero, porque ni yo soy policía ni ustedes son delincuentes, así que es bastante tonto jugar a hacer infracciones o multas en vez de dar la clase, que es lo que debemos hacer. Segundo, porque ya hay un espacio que se ocupa de esta cuestión: los contenidos actitudinales, donde en todo caso van a ser evaluados de acuerdo a su predisposición a conocer y trabajar en esta materia. No les pido que se enamoren de todos los contenidos ni exijo que hagan lo que digo al pie de la letra, simplemente que nos interesemos en llevar a cabo una tarea común que a ustedes les permita aprender, como hicimos hasta ahora, y que nos respetemos. No puede ser que hoy, cuando pretendo hablar, no me escuche nadie, sabiendo que en todas las clases ustedes fueron escuchados, por mí y por toda la clase. Son ustedes los que provocan que sigamos perdiendo tiempo. Son ustedes, y no yo, los que están destruyendo la libertad que le dimos a la clase.
Cuando dejo flotando la última frase de mi discurso, el silencio de las pausas y las caras es sepulcral y algunas chicas pucherean, con los ojos peligrosamente brillantes. Tal vez me estoy excediendo.
- En fin, vamos a seguir como si nada hubiera pasado, pero quiero que recuerden esto. Y que no vuelva a pasar más.
Todos asienten, comprometiendo su media sonrisa de reconciliación.
De a poco se recupera el tono inquieto, jovial y a la vez laborioso de la clase. Escuchan en perfecta calma el repaso y hacen preguntas puntuales sobre los mismos conectores que generaron dudas en la clase pasada. Hago dibujos, doy ejemplos, logro que ellos también ejemplifiquen y comenzamos con la actividad del día. Reparto a cada grupo una noticia de diario.
-Lo que tienen que hacer es identificar los conectores, copiarlos a su carpeta y clasificarlos. Luego de eso, eliminarlos.
-¿Eliminarlos?
-Sí, pueden usar corrector, birome, tijeras, lo que sea, pero deben suprimirlos del texto. Después les explico el porqué.
La resolución es bastante rápida, así que pasamos a la segunda parte. Los grupos intercambian sus recortes recortados (de conectores, se entiende).
-¿Y ahora que hacemos?
-Repongan los conectores faltantes, teniendo en cuenta la relación más probable entre dos objetos.
Paso a recorrer los grupos, contestando consultas y monitoreando la cohesión repuesta en los textos. Extrañamente, todos terminan en los últimos diez minutos de la hora. La clase más caótica hasta ahora, irónicamente, es la que más se ajustó a los tiempos previstos en la secuencia.
Antes de irme, impongo una última medida de firmeza, basada en mi esfuerzo por respetar el reglamento a rajatablas: nadie sale hasta que toque el timbre. Todos observan, con tristeza, el éxodo anticipado del resto de los cursos.