Archivo de Enero 2008
Vicente Verdú publicó recentemente en El País (España) lo que considera las diez reglas para la supervivencia de la novela. Días después, desde las páginas de Ñ (Argentina) Pablo de Santis le dirige una respuesta excelente, que destruye con consistencia este decálogo de falacias que Verdú pretende canonizar enfrentando el supesto canon.
Para sintetizar los absurdos que esgrime Verdú para esconder su velada xenofobia, trataré de resumir su postura.
Verdú comienza rezongando ante el hecho de que los últimos cinco premios Herralde de Novela fueron para escritores latinoamericanos. La razón, dice, es que los premios premian (¡viva la redundancia!) a quienes sostienen aún los parámetros de la novela moderna, cultivada como arcaizante costumbre en la América salvaje. Europa, en cambio, ya ha superado esta concepción, sólo vigente en países como “Irán, Irak, China, India, Argentina (sic!) o Senegal“.
Para Verdú la supervivencia de la novela (¿algo le andará pasando?) dependerá del abandono de los antiguos moldes literarios que la sostenían, como la fantasía, la intriga, la apoteosis, el argumento, la tercera persona, la seriedad, la acción y la ficción. Tales recursos fósiles serán reemplazados por otros extraídos de espacios tales como “publicidad, correo electrónico, chats, cine, YouTube, MySpace o la blogosfera”, que permitan conformar “un tutti frutti para el multipolar lector de hoy”.
En su apología fanática de la liviandad escrituraria, Verdú llega a afirmar como única alternativa posible los modelos de la autobiografía y el mensaje de texto. Su nihilismo es total: no deja la puerta abierta a ninguna novela preverduriana. Adiós Cervantes, adiós Faulkner, adiós Dante, adiós Carpertier.
Lejos de la decalogía y el sofisma, los escritores, como en el principio de los tiempos, intrigan, fantasean, argumentan, novelan.
Vivir en un edificio implica múltiples desventajas, pero si esperar el ascensor puede ser estresante, hay situaciones que francamente son inauditas.
No me considero un respetuoso de la legalidad, pero sí de la convivencia pública. Vale decir, estoy de acuerdo con el robo de bancos pero no con negarse a dar el asiento a las embarazadas, cosa que por otra parte no es ilegal. Lo que voy a narrar tampoco lo es, pero no deja de ser problemático.
Un día de estos, antes de salir del patio general, todavía con el picaporte en la mano, una escena me paralizó. A unos metros de mi ubicación, una anciana muy sonriente alentaba a su perro (uno de esos adefesios pretenciosos y pelados cuyo epíteto es toy) a defecar sobre el césped. Cuando salí de mi estupor y me acerqué a la dama, el animal ya había depositado una generosa cantidad de estiércol y recibía los afectos de su dueña.
Indignado, le reproché a la anciana su conducta antisocial, las circunstancias agravantes del hecho (chicos que juegan, insalubridad, zapatillas sucias, aroma nauseabundo, etcéteras). Su rostro se alternaba entre serio y avergonzado. Finalmente, trató de explicarse.
- No puedo juntar eso, tengo problemas de cadera.
- Bueno, podría llevar su perro a otro lugar… a un terreno baldío, al basural de la esquina.
- ¿Y la inseguridad?
- ¿Inseguridad de qué?¿Acaso lleva dinero cuando sale con su perro?
- No, pero me pueden robar a Jaimito. - me espetó, mirando tiernamente al implicado.
Por supuesto, lo primero que pensé es la anciana se burlaba. En primer lugar, mi barrio no se caracteriza por la falta de perros: las calles están inundadas de miles de canes sin dueño. En segundo lugar, nadie robaría un perro tan horrible en plena defecación. La conclusión era que estaba ocurriendo otro caso de esos en que la edad avanzada es sinónimo de impunidad.Me exasperé:
- Como sea, no puede andar andar llenando de mierda el patio. Si no tiene otras opciones, haga que el perro cague dentro de su departamento, y no joda al resto de los vecinos. Buenas tardes.
La señora me miró con odio contenido y yo, haciendo una reverencia, me marché. Mientras giraba hacia la parada de colectivos, alcancé a oir su último descargo.
- Hombre malo, Jaimito.
No pude más que reírme.
James Watson, descubridor de la doble hélice del ADN, premio Nobel de Medicina y racista confeso que considera a los negros menos inteligentes que los blancos, tendrá que ponerse a evaluar seriamente la veracidad de sus declaraciones. No por el hecho de haber sido expulsado de su instituto de investigación y de su facultad, o por el repudio general de la comunidad científica, o porque se hayan cancelado sus charlas y conferencias en Europa y EEUU, ni siquiera por corrección política. No, el motivo es otro.
El motivo es que él mismo es negro.
Aunque parezca increíble, me desayuno en Clarín.com con la noticia de que el premio Nobel del racismo es un 16% africano. El estudio genético que se le realizó, dado a conocer con su consentimiento (?), indicaría que por lo menos un tatarabuelo de Mr. Watson sería negro.
Evidentemente, estos genes no hacen dudar al premio Nobel sobre su propia inteligencia cuando da a conocer sus alarmantes teorías. ¿Justicia poética?
Recientemente leí en el diario Página/12 que Argentina es el país de habla hispana con más talleres literarios en desarrollo. No me llamó tanto la atención haber obtenido el dudoso honor nacional del primer puesto en el rubro como la calidad de las plumas involucradas: Abelardo Castillo, David Viñas, Daniel Link, Liliana Heker, Hebe Uhart, Alicia Steimberg, Guillermo Saccomanno son algunos nombres de escritores relevantes que se dedican al ¿negocio? ¿oficio? de dirigir los talleres.
Por otra parte, los (las) talleristas parecen haber atendido muy bien a las clases: Ángela Pradelli y Claudia Piñeiro, ganadoras respectivas de las ediciones 2004 y 2005 del premio Clarín de Novela, son alumnas del taller de Saccomanno. Silvia Schujer y Guillermo Martínez pasaron por el taller de Heker.
Esto me hizo pensar, comparativamente, en el auge del tallerismo y las carreras de Escritura Creativa tan en boga en Estados Unidos. Si uno lee las reseñas sobre los jóvenes autores norteamericanos aparecidas en Granta o en alguna web literaria, notará que la mayoría viene de dar un taller que formó a otros escritores-revelación, o viene como uno de los descubrimientos del taller, o tiene un máster o posgrado en habilidades escriturarias.
En fin, la escritura parece haberse convertido en algo que se aprende, bien en la informalidad de los talleres o sufriendo el rigor académico de las academias. Ha evolucionado, como otros oficios, al nivel de profesión, de saber enseñable, mejorable, demostrable por medio de títulos. Por mi parte, todavía ocupo ese espacio salvaje y prehistórico de los escritores cuya única formación es la lectura de otros escritores y la escritura misma, aunque espero, alguna vez, recibir de algún afamado escritor el título de egresado o tallerista horroris causa.
Creo, y sobre todo ahora, frente al vacío que llena la parte central del blog (llenan los vacíos, si no me creen, miren a Borges), que el llamado pánico de la hoja en blanco tiene por lo menos dos realizaciones, a veces felizmente sucesivas.
En la más común, la extensión del territorio vacuo (magnitud simbólica, relativa, subjetivísima, un renglón, un cuaderno, un cúmulo de páginas web) devora al aventurero temeroso, provoca su huida o, en el mejor de los casos, lo congela en el rol de mudo espectador de su impotencia. Esta patología es capaz de destruir las mejores empresas, silenciar a los más avezados ideólogos, callar a los poetas más sublimes.
Descubrí recientemente la otra derivación, y trato de dejarme contagiar por ella. La identifiqué tras largo tiempo, observando a personas cuyo pánico lleva a la acción más inesperada: intentar ocupar todos los espacios en blanco con los que den. Para ilustrarlo, imaginen a un aracnófobo defendiéndose de su fobia, no escondiéndose de las arañas, sino cazándolas alegremente por todo el barrio. El miedo de origen es igual en los dos casos, pero no así la forma de tratarlo. Los paranoicos de la hoja en blanco se escandalizan con los vacíos que no llenan, buscan apropiarse de una parte de cada cosa que descubren, intentan innovar en lo que apenas conocen. Son esas personas que tienen siempre presta la pluma para el cuento colectivo, la revista marginal, la crítica de un ensayo, el correo cómplice.
Esa dualidad peligrosa, ese oscilar entre dos polos explicaría, tal vez, este ímpetu transformado en idea.

fragmentario es la bitácora personal de Martín Miguel Quintana, residente de profesorado, escritor y utopista profesional. Correo:




