Desayuno

Entonces acá estamos, ante esta mesa, mirando las tazas humeantes, las galletas. Qué recorrido, digo en voz alta, o alguna tontería parecida. Así es, respondés, o asentís esperando que diga algo más significativo. La luz entra directamente sobre entre nosotros, forma un halo que divide tu territorio seguro de mi miedo a acercarme, son las ocho de la mañana. Estás bellísima, pienso, o digo en voz alta, quién diría que tantas horas de viaje.

Te sirvo más café, propongo, o te invito a recorrer la casa, mejor la casa. Te muestro el resto de la cocina, porque ya adivinás una parte de la cocina desde tu posición, y salimos al antepatio trasero donde el sol da de lleno y se ven los arbustos del fondo y el césped y los pájaros. Quizá recorrés el patio también, te acercás a la parrilla, a los dos árboles que ofrecen sombra. O nunca llegamos: nos detenemos en el antepatio y regresamos por el comedor a mirar las habitaciones que vamos a habitar.

Parece un acuario, las cortinas azules, el sol, qué lindo, comentás; yo no dejo de mirarte. Hay un pacto en nuestros cuerpos que no estamos cumpliendo porque resulta que el tiempo, que el protocolo, que acabamos de conocernos. Veo en tus ojos la emoción, el descubrimiento, la espera, el miedo, también el deseo. Ya no quiero esperar, pienso, digo en voz en alta, murmuro, me acerco, te tomo de la cintura o apoyo la palma de mi mano en tu mejilla o sólo me acerco mientras mi respiración se acelera y siento un calor nuevo; la sangre fluye, tu calor también, recibís el beso primero con lenta aceptación, luego apoyás tus manos en mi espalda o en mi pecho o en mis manos y entonces ya estamos anudados, salivados, intranquilos y alguno de los dos desliza furtivamente una mano debajo de la camisa o de la blusa, según corresponda, según tengamos ganas. Nos desnudamos con urgencia como si el mundo pudiera detenerse al siguiente instante o como si la policía pudiera golpear la puerta en cualquier momento y arrestarnos. Caemos sobre la cama, y vaya forma bonita de caer, qué recorrido, qué cosas, qué manera de esperarnos, buenos días, hola, amor, acá estamos.

Breve historia de amor escrito

El problema era que Lourdes no podía parar de escribirlo. Discutí con ella por primera vez cuando me entregó un prolijo trabajo práctico que en cada margen tenía, inscripto en azul, la leyenda “Pablo y Lourdes”.

—Lo voy a tolerar esta vez, pero que sepas que es poco académico entregarme una versión final así. Está aprobado.

—No va a volver a pasar, profesor.

En realidad no me preocupaba el detalle de los márgenes, sino la conducta errática que ahora manifestaba mi mejor alumna: distracciones en clase, olvido de libros, tardanzas. En una ocasión la encontré escribiendo una carta en vez de copiar la lección y en otra enviando mensajes de texto, pero elegí hacer caso omiso. Al fin y al cabo el amor siempre es un desorden, y en una adolescente debe ser aún peor.

Dibujo: Ashley Monstruo

Dibujo: Ashley Monstruo

Noté lo de los bancos revisando posibles trampas un día de examen. En los cuarenta pupitres de madera, grabado a corrector líquido, el nombre de los dos. Hablé con ella a solas en la sala de profesores. Argumentó que todos los bancos estaban escritos, y tenía razón, pero no dejaba de ser excepcional que alguien escriba lo mismo en cada uno de ellos, con método y alevosía.

—No va a volver a pasar, profesor.

Por algunos días la situación pareció mejorar. Lourdes retomó gran parte de la concentración y dedicó empeño en ordenar sus ejercicios. Creí que todo había regresado a la normalidad cuando me percaté de las paredes. En cada rincón que podía ocultarse, unas cincuenta veces, los mismos nombres enlazados. Cuando terminó la hora dejé el asunto en manos del preceptor —ya que el daño material era competencia suya— y me retiré a la biblioteca.

Abrí un libro de texto al azar buscando un texto que no recordaba. Descubrí, no sin horror, que en el reverso de la tapa y de la contratapa estaban escritos los nombres de Pablo y Lourdes, de Lourdes y Pablo: abiertos, mezclados, encerrados en corazones, unidos con flechas, en forma de crucigrama, en itálicas y negritas, en letras huecas, en caracteres chinos; en todos y cada uno de los libros de ciencias sociales, de historia, de biología, de derecho y literatura de la biblioteca escolar. También había escrito en la madera del mobiliario.

Esa tercera charla con Lourdes fue la más extensa y la última. Perplejo y colérico, le hice notar la gravedad de lo que estaba haciendo y las posibles consecuencias disciplinares. Escuchó en silencio y absorta. Cuando concluyó mi diatriba juró, con una convicción nueva y sombría, que no volvería a pasar. Todavía recuerdo los ojos calmos, la voz fulminante.

—No va a volver a pasar, profesor.

 

Y no volvió a pasar. Es que ya no quedaba un sólo espacio en toda la escuela que no estuviera escrito. Pero luego, misteriosamente, los nombres empezaron a desaparecer. Un día llegué a clases y las paredes estaban limpias otra vez. Algunos días después los nombres habían desaparecido de los bancos. Cuando inicié mi clase el viernes, Lourdes no estaba. Interrogué a María, su compañera de banco.

—Se quedó en la biblioteca porque se sentía mal.

—¿Le duele algo?

—Algo así.

—¿Algo así?

Hizo señas para que me acercara y luego me explicó en voz baja.

—Su novio la dejó por otra chica, pero no diga que le dije que me dijo.

 

La encontré en el recreo sentada sobre el suelo detrás del estante mayor. Armada de un ejército de borradores, solemne y prolija, borraba la evidencia escrita de cada uno de los libros. La tomé de la muñeca y le pedí que se detenga. Sorprendida, se puso se pie de un salto, me miró largamente y luego se desarmó. No encuentro una palabra más exacta: se desarmó. Vi caer frente a mí los años de firmeza y corrección, la educación formal, las pautas de conducta, los honores académicos. De pronto era apenas una niña quebrada de tristeza llorando sobre el hombro de su profesor, y nada más.

Antes de que regresara otra vez a clase, recuerdo, le regalé uno de mis pañuelos.

Vienen bajando, Primera antología argentina del cuento zombie

La versión oficial cuenta que un grupo de amigos con presencia en Twitter decide escribir cuentos con un tema común. La evidencia real es una sólida antología de nueve cuentos que excede la dimensión de la obra cómplice y se abre a tópicos vitales.

El poscapitalismo financiero contra los zombies desarrolla una lúcida reflexión económica y humana encarnada en las reflexiones y decisiones del gerente de un café. En Última emisión de Seis por el Siete a las Ocho nos topamos con una entretenida crónica que es a la vez una postal del horror televisivo y una metáfora adecuada de esa tragicomedia que se da en llamar el fin del periodismo. La acción sobre un escenario steampunk de Ese zombie, con una iconografía que combina a Rodolfo Walsh con Juan Manuel de Rosas y Ronald McDonald es una de las apuestas más arriesgadas y logradas del libro. El diálogo informal usado en Toque de queda para reconstruir una noche de locura y muerte es otro hallazgo recursivo poderoso. Con Amigo Zombie y El proyecto Marca se retoma exitosamente el tratamiento de la práctica política contemporánea y los conflictos de la democracia local. La original óptica del problema zombie a través de un video generacional de MTV o Youtube en La masacre del equipo de vóley resulta de una proyección tan exacta que llega a ser perturbadora. La narración en clave pornográfica en La chica de la lengua desflecada, con final de homenaje literario, compone una hermosa sinfonía donde tampoco está ausente el elemento popular. Por último, la bitácora personal que narra el fin de la infección en El último cierra con maestría una original colección de cuentos que logra con suficiencia los objetivos éticos y estéticos del género: remover las conciencias y azuzar el miedo.

Vienen bajando, Primera antología argentina del cuento zombie puede descargarse y leerse gratuitamente en formatos .pdf, epub y mobi.

Soneto con emoticonos

La forma rota y :( de una prisa

se escondió de su >:( y de la aviesa

fortuna que asombraba su :O

y que le ensombrecía la :)

 

Y se llenó de :’-( y abandonos,

creció la ¬¬ y el olvido.

Busqué su (L) yermo y perdido

grité D: emoticonos.

 

La encontré |-O en las tabernas,

le hice un ;-) de amor a sus dos piernas,

breve y [:-] llegó la bofetada,

 

:-| y burlón le hablé de mi regreso,

me miró juguetona y me dio un :-*

En sus ^^ brillaba mi morada.

El fiscal, dos fragmentos

Augusto Roa Bastos es, además de uno de los autores latinoamericanos más geniales, uno de los menos valorados. Mi abuelo, paraguayo y comunista, me incitó a leerlo en la adolescencia. La siesta en que empecé, con Hijo de hombre, mi tío me encontró a la sombra de una planta de mango y, mirando la portada, me arrojó:

—¿Te mostré mi foto con Roa Bastos?

Y me la mostró. Es una foto en Asunción y el escritor tiene puesto un saco blanco que desentona con la informalidad de los demás transeúntes que recorren la plaza.

Desde esa extraña iniciación mi relación con sus novelas fue signada por un carácter familiar y casi íntimo. Luego, al ingresar a la universidad, me sorprendí varias veces de que personas cultísimas a las que interrogué ni siquiera supieran de su existencia, o desdeñaran su literatura sin motivos aparentes. Hoy empecé a releer otra vez El fiscal, mi favorita, y pensé que tal vez compartir un par de fragmentos serviría para que en al menos un grupo de conciencias se revirtiera esta injusta falta de lecturas. Después me cuentan.

(…) Vivimos solos, igual que en los sueños. De pronto aparece alguien que es capaz de leer esos sueños, de entrar en ellos transformándolos en una fantástica realidad. Eso logró Jimena con mi vida. Se entrega por entero a la causa de los demás, sin dejar nada para sí. Su destino es el de las personas que han sido desprovistas de todo, salvo de la generosidad. La ha concentrado en mí por creer tal vez que yo era alguien a quien todavía se podía salvar. (…)

Jimena amuebla un incierto porvenir con esos restos de otras épocas, acaso por aquello de que el recuerdo del pasado es todo el futuro que nos queda. Ella permanece fuera del ordenado hacinamiento como si el tiempo no la tocara y sólo ella pudiese manipularlo en esos objetos con sus manos largas y flexibles sin que su aire distante y concentrado se altere. Con rápidos toques de plumero desviste de polvo todas aquellas cosas destinadas a ser polvo. Jimena vive en la casa, yo la ocupo (…)