La solución a todos los problemas

Los miro jugar Jumanji sobre la alfombra de mi estudio. Ella tiene nueve años y parece algo triste. Él tiene cinco y la escucha muy serio mientras mueve un rinoceronte sobre el tablero. Me concentro en no apartar la vista de la computadora, finjo no escuchar.

—Siempre me molesta. Y le digo a la maestra, pero lo único que hace es decirle que no me moleste más —le explica ella.

Él se lleva un dedo a la boca y mira su tarjeta. Aún no sabe leer, pero aprendió a adivinar lo que dicen con sólo mirar la forma de las letras.

—Le dije que no me moleste más o le iba a contar a la directora. Pero no le puedo contar a la directora porque va a ser peor, me va a molestar más.

Arroja los dados y sonríe, parece haber tenido una buena tirada. Me pregunto si el pequeño estará escuchando o sólo le importa ganar el juego mientras su hermana se distrae.

—Y ya no sé qué hacer —finaliza ella, rendida.

—Pegale —le propone él, hablando por primera vez.

—¡Pero es más grande, Camilo!

—Si es más grande que vos —agrega, convencido— entonces pegale más fuerte.

Pocho no se murió

Un verano de hace unos años falleció Pocho, un histórico y querido sindicalista local. A eso de las nueve de la tarde toda la tribu de la izquierda local llenaba el local de la CTA. Alguien se envalentonó y empezó a cantar, en medio del velorio.

—Pocho no se murió, Pocho no se murió…

Todos le seguimos la corriente y comenzamos a corear a los gritos. Algunos saltaban.

—¡Pocho no se murió, Pocho no se murió!

En medio del frenesí distinguí a uno de los amigos de Pocho que, lejos de sumarse al fervor de la multitud, miraba el suelo y se secaba las lágrimas. Me acerqué a preguntarle qué le pasaba.

—Es que sí se murió. No ven, pelotudos, que ahí está el ataúd.

Entonces lloró más fuerte, como un niño. Me quedé a conversar con él. Me habló de Pocho, del sindicato de frigoríficos, de su primera novia.

Una clase sobre ideología

Mis alumnos me preguntaron, en medio de una clase de literatura y a causa de una clase de Ética, qué cosa era la ideología. Les ofrecí una versión tan pedagógica y brutal de la definición de Marx que probablemente sus huesos se conmovieron bajo el suelo de Londres. Incluso así no entendieron un carajo, así que continué hablando alegremente del Quijote. Me quedé, sin embargo, con el gusto a fracaso entre los dientes.

Tiempo después me enteré de que no era el único profesor al que consultaban por sus dudas sobre el mundo.
—Profesor. ¿Qué piensa de que los homosexuales adopten?
—Estoy de acuerdo, claro.
Todos se miraron.
—¿Qué les pasa? ¿No puedo estar de acuerdo?
Alguien habló con timidez.
—Es que la profesora de matemática está en contra. Dice que puede traer consecuencias para los niños.
—Me parece una idea absurda que la profesora de matemática tiene derecho a sostener. Está perfecto que vean que sus profesores tienen ideas diferentes. Así ocurre con la sociedad.
Tiempo después, la escena se repitió. Aparentemente la hora de matemática, que precedía a la mía, era una fuente constante de exposición sobre los debates más candentes.
—¿Qué opina del aborto, profesor?
—Que debe ser legal, seguro y gratuito.
—La profesora de matemática dice que es un crimen.
—La profesora de matemática dice muchas cosas —observé.
Las interrogaciones, con el tiempo, ya empezaban a volverse ciertamente incómodas. Aunque muchos alumnos me manifestaban su apoyo, no quería convertir la relación entre materias en una guerra parlamentaria. Con todo, no iba a rehuír de ninguna forma a ningún debate. Si es importante enseñar conocimientos, enseñar a pensar esos conocimientos es el doble de importante. La siguiente ocasión llegó pronto y culminó con un beneficio inesperado.
—¿Qué piensa de legalizar las drogas?
Antes de que responda, una alumna generalmente callada comentó.
—No hace falta preguntar, es obvio que está a favor.
—¿Por qué es tan obvio que estoy a favor, eh?
Porque la profesora de matemática está en contra.
Cuando terminaron las risas, logré repreguntar.
—¿Por qué creés que siempre pensamos tan distinto?
—Porque la profesora siempre quiere que las cosas queden como están o vuelvan a estar como antes. Y usted siempre quiere cambiar las cosas.
Hice un silencio calculado para dejar que las palabras resuenen. Luego hablé.
—¿Se acuerdan, chicos, de cuando me preguntaron qué era la ideología? Bueno, ahí tienen su respuesta. Eso que acaba de explicar Micaela, eso es la ideología.

La erótica como ética

Hedonismo libertario, ensayos sobre erotismo y pornografia

Hedonismo libertario, ensayos sobre erotismo y pornografia

¿Es posible trazar una línea de pensamiento entre el comediógrafo Aristófanes y la atractiva estrella porno Sasha Grey? ¿Hay algún punto de unión entre Epicuro y el apasionado Domingo Faustino Sarmiento? ¿Se puede rastrear una tradición común en Sade, Esteban Echeverría, los beatniks, el ciberpunk, Batman, Deleuze, Lady Gaga, Hugh Heffner? Hedonismo libertario, de Luis Diego Fernández es un libro excepcional que apuesta a que sí, se puede.

Escrito con una prosa transparente y ágil que hace que uno no note que está leyendo filosofía (si por filosofía entendemos esa críptica literatura de la oscuridad que suele ser la filosofía), esta serie de ensayos destaca por su carácter original, plebeyo y contestatario. El programa es claro: a una ética hedonista (donde el placer es propiciado así como la ausencia de dolor) le corresponde una política libertaria (donde la crítica a la autoridad y el elogio de la autarquía es un elemento nodal). Entonces las bacanales, la pornografía, las drogas, aparecen como expresiones privilegiadas del ejercicio de la libertad: un hombre que disfruta (desde el dandi pobre al playboy multimillonario) es, sobre todo, un hombre libre.La celebración del placer es, entonces, la militancia de esa libertad, la autodeterminación de los cuerpos. Celebrar es, en varios sentidos -nos dice el autor- profanar. Trastocar, travestir, trastornar, incluso pervertir. La definición de la erótica como una ética antisistema (El placer es lo que quebranta la ley) ayuda a entender, entre otras cosas, por qué los autoritarismos (desde la inquisición católica al estalinismo) han sido siempre fenomenales máquinas de disciplinamiento de los cuerpos.

La reflexión aguda y auténtica , irreverente y apasionada, recorre y agita todas las páginas de estos ensayos. No es un libro de respuestas sino algo mejor que eso: es un libro que, recuperando el lugar de la filosofía como diálogo, nos invita a pensar con cada idea.

Pueden comprar Hedonismo libertario en versión digital en Amazon o contactar con el propio autor para adquirir la versión impresa.

Defensa de la pornografía en la escuela

Leo que el diario La Nación se hizo eco de cierto escandalete que armaron algunos docentes en Mendoza por la recepción de cierto material que, empecemos con un acuerdo, es claramente erótico, soez y violento (como El matadero de Echeverría, como Libro de Manuel de Cortázar, como El beso de la mujer araña de Puig, que por cierto están en las bibliotecas escolares). La pregunta que me surgió inmediatamente fue, entonces, ¿y qué? Trato de buscar alguna respuesta en mi propia historia.

Mis dos padres son docentes y yo mismo lo soy. Todos en la familia somos, además, lectores compulsivos. Mi infancia y la de mi hermanita estuvo atravesada siempre por las incursiones a la biblioteca de nuestros padres, que nunca nos impusieron reglas sobre lo que debíamos leer: el límite era la propia imposibilidad de comprender algunas cosas. Entre ellas, los pasajes eróticos de Henry Miller, de Las mil y una noches, de Nabokov. A veces intuía que esas cosas iban a ser interesantes en otra época de mi vida, así que las dejaba para más adelante.

No había desarrollado una idea cabal de lo que era el sexo porque en mi primera adolescencia era difícil conseguir porno. Teníamos que mover un montón de contactos por una revista más o menos osada. Por suerte mis alumnos y alumnas no tienen ese problema. Cuando me pasan un pen drive para entregarme un trabajo práctico puedo ver, en los nombres de los archivos de video, que su exploración pornográfica es mucho más libre y sana que la que nosotros pudimos tener. Tal vez menos educada, pero eso es culpa de la torpe implementación de la Ley de educación sexual y no de YouPorn.

Uno de los descubrimientos más fabulosos de la adolescencia fue dar con la colección de revistas de papá: El Tony, D’ Artagnan, Nippur, alguna Intervalo, todas repletas de maravillosas viñetas de sexo, violencia, disparos, malas palabras, sarcasmo, irreverencia. Porque el mundo está lleno de esas cosas ¿no? Y algunas no son nada agradables. El sexo sí lo es, y es paradójico que sea lo que más escandalice. La violencia de género, el racismo, las drogas, estamos de acuerdo, son cosas malas. Pero también existen, hay que tratarlas, darles un ejemplo concreto. Y la ficción (porque no nos olvidamos de que las historietas de Sanyú son ficción y no un manual de violencia) habla de ellas. Con suficiencia. Permite entender y charlar las cosas de forma mucho más entretenida, positiva y rica. Y eso no debería ser un privilegio para los que tienen bibliotecas en sus casas, sino un derecho de todos.

Alejandro Castro Santander, psicopedagogo, dice que el texto causa un daño emocional a los alumnos porque es un llamado al uso de la violencia, de las drogas y pornografía. Cae en el mismo error que cualquier señora que cree que los videojuegos violentos también son un llamado al uso de la violencia. No están a nada de decir que el niño que dispara balas imaginarias con su escopeta es el próximo Charles Manson. Y no. El ludismo y la ficción no son las promotoras de la violencia: son, por el contrario, las formas privilegiadas para reprimirla, tratarla, debatirla y anularla. Les aseguro que un adolescente no usa un arma porque juega Counter-Strike, una adolescente no se embaraza por leer a Sade y ningún chico saldrá drogado a cometer una masacre por el libro de Sanyú. Sí, probablemente, satisfaga su curiosidad y su libido de esa forma. Las causas de todo lo terrible que les ocurre a los adolescentes, entonces, hay que buscarlas en un lugar mucho más incómodo: en las condiciones económicas, culturales y sociales que las posibilitan.

También señala Santander que el texto se burla de la iglesia católica. Omite señalar que también se ríe del comunismo. Como comunista, a mí me divierte mucho esa referencia. Es bueno reírse. Un gran ejercicio del pensamiento y de la libertad, valores que sí deberíamos preocuparnos por transmitir a nuestros alumnos. Lo contrario es, como reza la resolución del gobierno mendocino, apartar aquellos textos que se consideran no apropiados para la formación de adolescentes y jóvenes. Es decir, lisa y llanamente, la censura. ¿Esa es la clase de valores democráticos que queremos promover en la escuela? No en mi nombre, señores, no en mi salón de clases.

Vómito

Vómito, la primera novela digital de Facundo Falduto (aka @elfaco) lleva la marca generacional desde la primera línea: Cuestión que llegué a la fiesta dos horas tarde. A lo largo de cien capítulos de extensión caprichosa Santiago, protagonista y antihéroe, llegará tarde a diferentes lugares, se emborrachará en casi todos, se enamorará en algunos, vomitará en otros, se acostará o intentará acostarse con todas las chicas que pueda, trabajará cuando sea estrictamente necesario, paseará sin rumbo fijo, sufrirá el padecer y la épica diaria de una generación condenada a alquilar, drogarse, dormir, ser explotada, querer mal y pivotear entre la autocompasión y el hastío.

La interacción entre relato y redes sociales, si bien no es nueva, resulta un gran acierto. Vómito se publicó íntegramente en Tumblr y está atravesada en forma constante por Twitter, Facebook, Gmail y otras entidades cuya existencia me llevaría una tarde de explicaciones a mi tía. La novela flota y es contaminada en cada párrafo por los procedimientos eróticos, histéricos y depresivos con los que los que todavía no llegamos a los treinta nos movemos en internet.

Uno de los méritos derivados de esa circunstancia es la creación de un código propio y, por extensión, de una comunidad alrededor de ese lenguaje. Leo Vómito desde sus inicios y me resultó fructífero y gratificante encontrarme en las redes con otras personas con las que, en principio, sólo compartía el guiño de saber a qué hace referencia el método, qué es hacer la del gato o en qué consiste el síndrome de martes.

Una de las características especiales de Vómito es que su fragmentación tiende a crear un conflicto difuso, si insistimos en categorías conservadoras en que una narración equivale a un único conflicto. Podría decir que el centro es el pasaje de Santiago de la adolescencia tardía a la adultez, pero sería incompleto. Tal vez sería más exacto decir que se trata de la tensión entre el limbo de las relaciones cínicas y la utopía del amor, lo que es cursi pero también más simple de lo que se cuenta en esta historia.

Lo más sincero, supongo, es decir simplemente que es una novela que me gustó mucho. Que todos somos un poco de Santiago y todas fueron, en algún momento, las mujeres de Santiago. Que deberían leerla para que podamos reírnos de Santiago sin pantalones, saliendo al patio de una fiesta en que hay un dinosaurio violeta; mientras esperamos, borrachos y perdidos, a que Facundo escriba su próxima novela.

Ángeles y trenes

Toda muerte es temprana y nadie está preparado del todo para lidiar con ella. Hemos convivido con eso desde el principio de los tiempos y nunca dejamos de lamentarlo. Nada hay de casual en que la religión (la más arriesgada pero incompleta tentativa de respuesta) haya nacido con el entierro ceremonial de los muertos. Tan terrible es la idea de perder la vida que nos inventamos la vida eterna. Es que, como escribió François de La Rochefoucauld, no pueden mirarse fijamente ni el sol ni la muerte.
Pero claro que hay muertes más tempranas que otras. La de Ángeles, dieciséis años, asesinada y arrojada a la basura, es una. La de los tres muertos del accidente en Castelar, tragedia a escala de lo que fue Once, lo son también.
En análisis de textos, los cuentos de terror se caracterizan por la presencia de un umbral (una puerta, un horario, un ritual) que separa la vida cotidiana del reino del miedo y el peligro. Esa razón por la que nos asusta Lovecraft es la que une a estos dos acontecimientos con el hilo del espanto: la sensación de que una mañana cualquiera, en la calle, en el tren, puede aparecerse el rostro de la muerte. A cualquiera de nosotros. En cualquier momento.
En números duros, esta apreciación es exagerada. La estadística de crímenes violentos en Argentina es de las más bajas de América Latina. Las tragedias en los trenes son acontecimientos excepcionales (pero evitables) y el transporte público sigue por debajo de los índices de peligrosidad de los autos. El miedo social no tiene que ver con que salir a la calle y morir sea probable, sino con que es posible.
Once y Castelar tienen una responsabilidad gubernamental clara: hay un acuerdo general incluso en los sectores decentes del oficialismo en que la culpa del estado calamitoso de los trenes es a causa de la pésima gestión de los empresarios aliados del gobierno, cuyo negocio es sostenido por las mafias sindicales que mataron a Mariano Ferreyra. Las muertes en los trenes son, por acción y omisión, crímenes de Estado y la responsabilidad de los funcionarios es ineludible.
El asesinato de Ángeles, en cambio, sigue otra lógica. Cuando un psicópata, sociópata o sicario está dispuesto a matar, en Honduras o en Alemania, termina matando. La policía puede vigilar y atrapar en una estación a los carteristas, pero no puede prevenir ni impedir el asesinato planificado. Lo que se puede cuestionar ante el crimen individual, en todo caso, es la capacidad de respuesta de la justicia. Por bronca o propiedad transitiva, sin embargo, medios y usuarios de redes sociales culparon de la muerte de Ángeles a «la inseguridad» y por elevación al gobierno. Son tiempos malos para lecturas justas.
El miedo social, lejos de catalizar buenas acciones, nos inmoviliza. Como no nos gusta la muerte, la iremos olvidando a medida que se sucedan las nuevas noticias. Somos ciudadanos mediocres, tímidos y temerosos. Ángeles y trenes pasan, a toda velocidad, mientras nosotros miramos por la ventana, pasamos la página del diario y nos alegramos de estar vivos.

La tumba de las luciérnagas

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La tumba de las luciérnagas de Akiyuki Nosaka es probablemente la historia triste mejor contada que leí en mucho tiempo. Dos niños japoneses, Seita y su hermanita Setsuko, quedan librados a su suerte luego de que un bombardeo aliado los separa de su madre. Tendrán que lidiar a la vez contra el hambre y la guerra, pero sobre todo contra los otros, esas personas a las que la escasez y el miedo convirtió en seres fríos y desesperados. Son dos indefensos en un mundo de supervivientes.
La prosa de Nosaka es a la vez tierna y descarnada: no hay piedad ni demagogia en ella. Renuncia a la pretensión de la filosofía y se concentra en contar, con sobrado éxito, una breve historia maravillosa (la novela no tiene más de veinte páginas). En un mundo devastado e inhóspito las luciérnagas brillan, de vez en cuando, como las últimas luces de la esperanza.

Pueden descargar el libro desde aquí y luego ver la excelente película animada que hizo Isao Takahata sobre la novela en YouTube.

La unión no hace la fuerza

En su columna de Infobae de hoy, Yamil Santoro plantea dos preguntas que a mi juicio son contradictorias: ¿Cómo vencer al kirchnerismo?¿Cómo unir a la oposición? La idea de un frente de unidad para desplazar al oficialismo, que de también plantea el Frente Amplio Progresista en sus coqueteos diarios con la derecha, no deja de ser un planteo kirchnerista: la división entre modelo y oposición contribuye a la idea de que contra el gobierno sólo hay ideas dispersas e incoherentes cuyo único consenso es derrotar al mismo enemigo. Intentando resolver ese escenario en esos términos, se lo legitima. Reconoce la debilidad y se convierte en una proclama de desesperación.

La unión de las fuerzas opositoras no es inédita en la historia. La revolución francesa, la guerra civil española y el ascenso de los fascismos han provocado la curiosas situaciones en que liberales, conservadores, socialistas y anarquistas dejaron de lado sus diferencias para combatir al poder instalado. Pero también es la experiencia de la Alianza que llevó al país al abismo y que hoy radicales y socialdemócratas (muchos de ellos igual de criminales que los que tienen como enemigos)  intentan reconstruir. La historia demuestra que lo que puede ser justificable en términos de guerra no funciona en tiempos de paz: el estado de excepción es la condición, nunca el resultado.

Nos encontramos entonces con otra lectura equivocada: entre los partidarios de la unidad electoral de todo el arco ideológico hay quienes creen, de verdad, que están combatiendo al fascismo. Si el kirchnerismo es jacobinismo sin revolución, la oposición es resistencia sin dictadura. Los regímenes dictatoriales lo son, entre otras cosas, porque denunciarlos implica la cárcel o la muerte: no se caracterizan por la debilidad de la oposición sino por su ausencia de otra forma que no sea la clandestina.

El frentismo sin programa no ayuda a recuperar la fortaleza de los partidos sino justamente a destruirla: no hay partidos fuertes sin la exclusión de las ideas del otro. Los intereses de los partidos liberales y los partidos obreros son opuestos y está bien que así sea. Suponer que un interés circunstancial (el rechazo a la corrupción, la denuncia del autoritarismo) puede unir a enemigos históricos en un proyecto común es ingenuo y antipolítico. Con Yamil coincidimos en que la alternativa no pasa por el oficialismo ni por el lanatismo, dos sectores que, paradójicamente, creen que la oposición está destinada a ser una misma cosa.