La tumba de las luciérnagas

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La tumba de las luciérnagas de Akiyuki Nosaka es probablemente la historia triste mejor contada que leí en mucho tiempo. Dos niños japoneses, Seita y su hermanita Setsuko, quedan librados a su suerte luego de que un bombardeo aliado los separa de su madre. Tendrán que lidiar a la vez contra el hambre y la guerra, pero sobre todo contra los otros, esas personas a las que la escasez y el miedo convirtió en seres fríos y desesperados. Son dos indefensos en un mundo de supervivientes.
La prosa de Nosaka es a la vez tierna y descarnada: no hay piedad ni demagogia en ella. Renuncia a la pretensión de la filosofía y se concentra en contar, con sobrado éxito, una breve historia maravillosa (la novela no tiene más de veinte páginas). En un mundo devastado e inhóspito las luciérnagas brillan, de vez en cuando, como las últimas luces de la esperanza.

Pueden descargar el libro desde aquí y luego ver la excelente película animada que hizo Isao Takahata sobre la novela en YouTube.

La unión no hace la fuerza

En su columna de Infobae de hoy, Yamil Santoro plantea dos preguntas que a mi juicio son contradictorias: ¿Cómo vencer al kirchnerismo?¿Cómo unir a la oposición? La idea de un frente de unidad para desplazar al oficialismo, que de también plantea el Frente Amplio Progresista en sus coqueteos diarios con la derecha, no deja de ser un planteo kirchnerista: la división entre modelo y oposición contribuye a la idea de que contra el gobierno sólo hay ideas dispersas e incoherentes cuyo único consenso es derrotar al mismo enemigo. Intentando resolver ese escenario en esos términos, se lo legitima. Reconoce la debilidad y se convierte en una proclama de desesperación.

La unión de las fuerzas opositoras no es inédita en la historia. La revolución francesa, la guerra civil española y el ascenso de los fascismos han provocado la curiosas situaciones en que liberales, conservadores, socialistas y anarquistas dejaron de lado sus diferencias para combatir al poder instalado. Pero también es la experiencia de la Alianza que llevó al país al abismo y que hoy radicales y socialdemócratas (muchos de ellos igual de criminales que los que tienen como enemigos)  intentan reconstruir. La historia demuestra que lo que puede ser justificable en términos de guerra no funciona en tiempos de paz: el estado de excepción es la condición, nunca el resultado.

Nos encontramos entonces con otra lectura equivocada: entre los partidarios de la unidad electoral de todo el arco ideológico hay quienes creen, de verdad, que están combatiendo al fascismo. Si el kirchnerismo es jacobinismo sin revolución, la oposición es resistencia sin dictadura. Los regímenes dictatoriales lo son, entre otras cosas, porque denunciarlos implica la cárcel o la muerte: no se caracterizan por la debilidad de la oposición sino por su ausencia de otra forma que no sea la clandestina.

El frentismo sin programa no ayuda a recuperar la fortaleza de los partidos sino justamente a destruirla: no hay partidos fuertes sin la exclusión de las ideas del otro. Los intereses de los partidos liberales y los partidos obreros son opuestos y está bien que así sea. Suponer que un interés circunstancial (el rechazo a la corrupción, la denuncia del autoritarismo) puede unir a enemigos históricos en un proyecto común es ingenuo y antipolítico. Con Yamil coincidimos en que la alternativa no pasa por el oficialismo ni por el lanatismo, dos sectores que, paradójicamente, creen que la oposición está destinada a ser una misma cosa.

Teoría del regreso

Los cromerios, ese pueblo que alguna vez dominó el norte de África, que nunca existió y cuya historia me acabo de inventar, tenían la costumbre de cortarse mechones de pelo y arrojarlos ritualmente al fuego cuando regresaban a salvo de una excursión de caza. La desprolijidad del cabello de un hombre, en esa cultura, indicaba que era un cazador activo. En la última etapa del imperio los guerreros adoptaron la misma tradición al volver de la batalla.
Los historiadores suponen hoy que se trataba de una ofrenda a los dioses. Yo siempre creí, contra ellos, que esos hombres decididos y sencillos arrojaban una parte de ellos mismos al fuego para recordarse que, cuando uno regresa, siempre regresa distinto.

Tembló mientras te escribía

Entonces este es el fin del mundo, querido. Tengo que reconocer que no es como lo imaginaba.

[Las bandadas de pájaros se suceden, una tras otra tras otra, sobre el cielo amarillo de Briveos.]

Esta es la primera carta que te escribo desde que llegué a este sitio. Es una carta condenada desde el principio, porque no voy a poder enviarla y mucho menos vas a llegar a leerla. Tal vez sea un consuelo. Mi vecina de hotel recorre como loca probando todas las líneas telefónicas del piso. Sin éxito, claro. Afuera también es un caos y de a ratos me río de mi súbita calma, de mi absurdo acto de escribir una carta mientras todos corren por sus vidas. Es que odio correr, siempre lo he odiado.

[Tembló mientras te escribía.]

No debí venir a la conferencia. El único momento emocionante de todas esas charlas de viejos sapientes fue cuando evacuaron el edificio. Imaginé una broma de los dioses para enseñarnos a divertirnos un poco. Había una niña llorando en la puerta de emergencia, y no necesito mencionarte esas razones nuestras que me hicieron llorar también al salir a la calle. Imaginé que la niña se llamaba María.

[Temblé mientras te escribía.]

Recuerdo que también lloré la última vez que hicimos el amor. Es que también odio las despedidas, y estas horas son de despedirse de todo. Seré frívola, pero mientras se quemaba el edificio de enfrente no pude dejar de pensar que al final no terminamos de pintar la cocina. Nunca te perdoné del todo que con la excusa del trabajo no me hayas ayudado a fijar bien esas alacenas.

[El ejército está afuera. Están llevando gente al norte y, ahora sí, debemos salir todos.]

Tuvimos una vida buena, niño. Ojalá las cosas estén mejor allá. Que haya algo bueno en la ausencia de noticias. Quiero decirte, en fin, durante el fin, que te quiero. Que esto no es una despedida.

La magia fallida

Un hombre escribe en un bloc de notas sobre una mesa caoba en un estudio con cuadros pintados a mano y cosidos a hilo y flores blancas.

Escribe sobre una mujer y le va pintando reflejos en el pelo una arruga en el cuello un fulgor reconocible y otras formas que cree propias.

Hace que baje al living a desayunar para que se encuentre con su espera y con las tazas humeantes y las tostadas y la hora de la paz y las sonrisas antes de la rutina.

La lapicera recorre enloquecida las hojas amarillas y entonces la mujer que el hombre escribe se empieza a desarmar en su silla se va rompiendo en pedacitos se empieza a salir a trazos del bloc como el humo demasiado espeso de un cigarrillo y el hombre por fin siente que va a materializarla y desayunar con ella y escribe con fuerza mayor y trata otra vez de retenerla.

La mujer toma forma y se le va volando.

El falso Che

Nunca puedo pensar mi adolescencia sin las cartas y las anécdotas de mi abuelo. Si mis padres me enseñaron una actitud ante la vida, mi abuelo me enseñó la vida misma. A los catorce años transcribía sus diarios de la cárcel y bebía de sus historias como un aprendiz obediente. Una de ellas me hace reír y pensar por partes iguales.

Una noche anónima de 1967, alguien golpea a la puerta del zapatero comunista del pueblo. Todos saben que es comunista, hasta la policía, pero también lo consideran un hombre decente. Mi abuelo sale a atender dormido y cansado de la jornada de trabajo. El hombre es un antiguo miembro del Ejército Guerrillero del Pueblo y viene a pedirle un segundo favor. Unos años antes fueron unas cintas de cuero para sostener fusiles.

—Necesitamos combustible. Un amigo necesita combustible.

—Pero yo ni auto tengo. ¿Qué hora es?

—Es tarde, pero necesitamos mucho combustible.

Mi abuelo se viste y acompaña al hombre a la casa del dueño de la estación de servicio del pueblo. Es un gringo acaudalado y bruto que quiere seguir durmiendo. Su mujer se niega a despertarlo. Mi abuelo insiste en la importancia de que lo despierte.

El dueño se despierta enojado y putea a los dos hombres. Mi abuelo lo convence de prestar ayuda, y el gringo puede ser bruto pero no poco curioso, y los acompaña.

Los tres hombres esperan en la estación de servicio sin luces ni empleados. De la oscuridad sale un jeep destartalado con dos barbudos vestidos de fajina. Quieren comprar dos barriles de quinientos litros. El gringo, estupefacto, asiente y ayuda a cargarlos y, contra el asombro de su vecino, que conoce su tacañería, se niega a cobrarlos.

Cuando el jeep se marcha de regreso a Bolivia, mi abuelo pregunta al gringo por qué les regaló el combustible.

—¿Qué no viste, Quintana? ¡Es el Che Guevara!

—No, don. Uno es argentino, pero no es el Che Guevara.

—¡El Che Guevara! ¡Mis hijos se van a caer de culo cuando sepan que le di combustible al Che Guevara!

La anécdota todavía circula por mi pueblo y mi abuelo nunca la desmintió en público. Tal vez ese gringo tenía razón, y entonces cada guerrillero era también el Che Guevara. Tal vez ni siquiera importe, porque las buenas anécdotas nunca necesitan de la completa verdad para ser buenas.

Café doble negro

Desde que empecé a frecuentarlos en la universidad, los cafés han sido siempre de mis lugares favoritos. Mucho de lo que escribí se escribió allí. En ellos empecé y terminé algunas de las más importantes relaciones de mi vida. Los conocí luminosos, nocturnos, atemporales.
Para el misántropo, los cafés son los únicos lugares públicos habitables. Existe una especie de pacto implícito de convivencia por el que uno acepta curiosear y ser curioseado pero nunca detenerse en los asuntos del otro.
Dos hombres cierran lo que parece ser un contrato. Otro navega con gesto adusto en su tablet, otro revisa y marca los clasificados del diario, una pareja se sirve té con una seriedad impropia en las parejas. Si la ciudad es una selva, los cafés son una isla apenas aislada. Algunos se van, otros se quedan, otros llegan. Todos estamos de paso y todos creemos tener algún rumbo.

Los favores del poder

Ese verano la sequía asoló a las tribus de la zona selvática que lleva el adecuadísimo nombre de «El Impenetrable». Las personas se morían de desnutrición, de beber agua contaminada, de mal de Chagas. Algunos decidieron suicidarse antes de que la muerte lenta se los lleve.
El director del Instituto del Aborigen Chaqueño deslindó al gobierno de la responsabilidad de dar alimentos y medicinas a las comunidades. Desde el canal de televisión oficial, acusó a los medios alternativos, a la izquierda y a los grupos de derechos humanos de exagerar la situación. En el frenesí de la conferencia de prensa soltó una declaración increíble:

Hemos hecho mucho y han sido desagradecidos con nosotros. No queremos presumir, pero cada vez que un poblador se muere nuestro gobierno se ocupa de darle un ataúd gratuitamente.

Mucho tiempo después de apagar la televisión me picaba en los ojos la expresión de desdén del burócrata. Pensé en los muertos y en los que en ese momento se estaban muriendo. Entonces era un adolescente que había entendido algo sobre el poder y alguien que empezaba a pensar qué hacer con eso.

Desayuno

Entonces acá estamos, ante esta mesa, mirando las tazas humeantes, las galletas. Qué recorrido, digo en voz alta, o alguna tontería parecida. Así es, respondés, o asentís esperando que diga algo más significativo. La luz entra directamente sobre entre nosotros, forma un halo que divide tu territorio seguro de mi miedo a acercarme, son las ocho de la mañana. Estás bellísima, pienso, o digo en voz alta, quién diría que tantas horas de viaje.

Te sirvo más café, propongo, o te invito a recorrer la casa, mejor la casa. Te muestro el resto de la cocina, porque ya adivinás una parte de la cocina desde tu posición, y salimos al antepatio trasero donde el sol da de lleno y se ven los arbustos del fondo y el césped y los pájaros. Quizá recorrés el patio también, te acercás a la parrilla, a los dos árboles que ofrecen sombra. O nunca llegamos: nos detenemos en el antepatio y regresamos por el comedor a mirar las habitaciones que vamos a habitar.

Parece un acuario, las cortinas azules, el sol, qué lindo, comentás; yo no dejo de mirarte. Hay un pacto en nuestros cuerpos que no estamos cumpliendo porque resulta que el tiempo, que el protocolo, que acabamos de conocernos. Veo en tus ojos la emoción, el descubrimiento, la espera, el miedo, también el deseo. Ya no quiero esperar, pienso, digo en voz en alta, murmuro, me acerco, te tomo de la cintura o apoyo la palma de mi mano en tu mejilla o sólo me acerco mientras mi respiración se acelera y siento un calor nuevo; la sangre fluye, tu calor también, recibís el beso primero con lenta aceptación, luego apoyás tus manos en mi espalda o en mi pecho o en mis manos y entonces ya estamos anudados, salivados, intranquilos y alguno de los dos desliza furtivamente una mano debajo de la camisa o de la blusa, según corresponda, según tengamos ganas. Nos desnudamos con urgencia como si el mundo pudiera detenerse al siguiente instante o como si la policía pudiera golpear la puerta en cualquier momento y arrestarnos. Caemos sobre la cama, y vaya forma bonita de caer, qué recorrido, qué cosas, qué manera de esperarnos, buenos días, hola, amor, acá estamos.

Breve historia de amor escrito

El problema era que Lourdes no podía parar de escribirlo. Discutí con ella por primera vez cuando me entregó un prolijo trabajo práctico que en cada margen tenía, inscripto en azul, la leyenda “Pablo y Lourdes”.

—Lo voy a tolerar esta vez, pero que sepas que es poco académico entregarme una versión final así. Está aprobado.

—No va a volver a pasar, profesor.

En realidad no me preocupaba el detalle de los márgenes, sino la conducta errática que ahora manifestaba mi mejor alumna: distracciones en clase, olvido de libros, tardanzas. En una ocasión la encontré escribiendo una carta en vez de copiar la lección y en otra enviando mensajes de texto, pero elegí hacer caso omiso. Al fin y al cabo el amor siempre es un desorden, y en una adolescente debe ser aún peor.

Dibujo: Ashley Monstruo

Dibujo: Ashley Monstruo

Noté lo de los bancos revisando posibles trampas un día de examen. En los cuarenta pupitres de madera, grabado a corrector líquido, el nombre de los dos. Hablé con ella a solas en la sala de profesores. Argumentó que todos los bancos estaban escritos, y tenía razón, pero no dejaba de ser excepcional que alguien escriba lo mismo en cada uno de ellos, con método y alevosía.

—No va a volver a pasar, profesor.

Por algunos días la situación pareció mejorar. Lourdes retomó gran parte de la concentración y dedicó empeño en ordenar sus ejercicios. Creí que todo había regresado a la normalidad cuando me percaté de las paredes. En cada rincón que podía ocultarse, unas cincuenta veces, los mismos nombres enlazados. Cuando terminó la hora dejé el asunto en manos del preceptor —ya que el daño material era competencia suya— y me retiré a la biblioteca.

Abrí un libro de texto al azar buscando un texto que no recordaba. Descubrí, no sin horror, que en el reverso de la tapa y de la contratapa estaban escritos los nombres de Pablo y Lourdes, de Lourdes y Pablo: abiertos, mezclados, encerrados en corazones, unidos con flechas, en forma de crucigrama, en itálicas y negritas, en letras huecas, en caracteres chinos; en todos y cada uno de los libros de ciencias sociales, de historia, de biología, de derecho y literatura de la biblioteca escolar. También había escrito en la madera del mobiliario.

Esa tercera charla con Lourdes fue la más extensa y la última. Perplejo y colérico, le hice notar la gravedad de lo que estaba haciendo y las posibles consecuencias disciplinares. Escuchó en silencio y absorta. Cuando concluyó mi diatriba juró, con una convicción nueva y sombría, que no volvería a pasar. Todavía recuerdo los ojos calmos, la voz fulminante.

—No va a volver a pasar, profesor.

 

Y no volvió a pasar. Es que ya no quedaba un sólo espacio en toda la escuela que no estuviera escrito. Pero luego, misteriosamente, los nombres empezaron a desaparecer. Un día llegué a clases y las paredes estaban limpias otra vez. Algunos días después los nombres habían desaparecido de los bancos. Cuando inicié mi clase el viernes, Lourdes no estaba. Interrogué a María, su compañera de banco.

—Se quedó en la biblioteca porque se sentía mal.

—¿Le duele algo?

—Algo así.

—¿Algo así?

Hizo señas para que me acercara y luego me explicó en voz baja.

—Su novio la dejó por otra chica, pero no diga que le dije que me dijo.

 

La encontré en el recreo sentada sobre el suelo detrás del estante mayor. Armada de un ejército de borradores, solemne y prolija, borraba la evidencia escrita de cada uno de los libros. La tomé de la muñeca y le pedí que se detenga. Sorprendida, se puso se pie de un salto, me miró largamente y luego se desarmó. No encuentro una palabra más exacta: se desarmó. Vi caer frente a mí los años de firmeza y corrección, la educación formal, las pautas de conducta, los honores académicos. De pronto era apenas una niña quebrada de tristeza llorando sobre el hombro de su profesor, y nada más.

Antes de que regresara otra vez a clase, recuerdo, le regalé uno de mis pañuelos.