fragmentario
una oportunidad de la palabra
una oportunidad de la palabra
1 sep
Tantos años de reflexión humana para contestar los grandes porqués de la historia para terminar buscando estas cosas en el gúguel, ¿no?

Preguntas
Vía Listonauta
19 ago
El proyecto con mis alumnos de la noche pasó por varios estados. Al principio, primaron las reservas y preocupaciones por cómo llevarlo a cabo. Luego vino la euforia por encontrar manos amigas que quisieron colaborar. Después comenzaron los ensayos. Fue difícil, pero todos lograron asimilar la crítica como un aporte colectivo y no como una forma de desvalorización del esfuerzo.
Hoy vivimos una cotidaneidad plácida y divertida. Con los ensayos se fue puliendo la expresión vocal, la coordinación de los movimientos, la ubicación en el espacio de los cuadros, el respeto por los silencios y por los diálogos acelerados. Llegamos a un punto en que mis intervenciones son mínimas y muy horizontales, más dispuestas a discutir la forma de resolver una escena que a marcar errores (-¿Y cómo cambiamos el suspiro? -Yo quiero decir “Aaaaaayyy”, porque soplar nomás no da. -Perfecto, queda más expresivo incluso). La calidad de la representación es más que suficiente para estrenar hoy mismo, pero estamos un poco atrasados con los materiales (y nos vamos a atrasar un poco más: comenzaron los prácticos y evaluaciones para cerrar el segundo trimestre). Soy más que optimista y confío en que el compromiso de los chicos permita avanzar en este sentido para ofrecer el espectáculo en el menor tiempo posible. Hasta entonces, todo lo que queda es divertirse.
Hoy es el aniversario del fusilamiento de García Lorca, así que de paso les voy a contar su biografía, que en alguna medida también influyó en la selección de la obra. Y por supuesto, leeré en voz alta La casada infiel y contaré anécdotas de los escritores de la guerra civil.
Les dejo algunas fotos del último ensayo. A medida que surjan novedades seguiré contando el proceso tras bambalinas.
11 ago

Gatito mirando al sudeste
Abro la puerta y hay dos gatos. Uno es el del vecino, un siamés grande que me mira en la pose aristócrata de los gatos bien alimentados. El otro, de pocos meses, flacucho y sucio, cruza el umbral de la puerta a toda velocidad. Está asustado. Envío un mensaje de texto a mi hermana. Ella me recomienda que lo adopte y le dé leche. No parece tan difícil, al menos para ella.
Cuando regreso, el gato está echado en mi sillón. Le sirvo leche en una bandeja y la pongo en el lavadero. Intento sacarlo del sillón, me muerde, lo atrapo y lo acerco al bebedero. El gato se alimenta vorazmente, hasta quedar tendido. “Listo, murió y se acabó el problema”, pienso, pero lo toco y respira. Un rato después vuelve a entrar, caminando satisfecho. Explora la casa, salta en todas las camas, entra en los placares. Mientras, twitteo mi nueva situación. Recibo bienvenidas, buenos consejos, predicciones, reflexiones, recomendaciones especiales. Buena onda. No la de Gabi Michetti, sino la de verdad.
Llega la hora de ir a la escuela. Me pongo la mochila y dejo la puerta que da al lavadero abierta, por si el bicho necesita salir. Saco un cajón de la cocina, lo lleno de trapos y lo obligo a acostarse. En Didáctica no nos enseñaron a educar a los gatos, así que no se me ocurre otra forma de indicarle que esa es una cama a escala.
-Me voy -le digo, sin saber si es correcto hablarle a un gato-, tengo que dar clases y vuelvo tipo nueve. Tenés leche y podés entrar, pero ni se te ocurra acercarte a la cerveza. Te corté un pedazo de pan de carne, ahora voy a comprarte algo más.
Él mira extrañado, pero supongo que entiende.
Al llegar a casa, con la noche arriba, el gato ya no está. Esta mañana tampoco. ¿Es normal que se ausente tantas horas? ¿Volverá? ¿Existe la posibilidad de que no haya llegado buscando ser domesticado, sino simplemente alimentado? ¿Habrá leído en Twitter que amenacé con comérmelo?
Dejé intacta la cama de trapos. La lata con agua sigue allí. Puede entrar cuando quiera pasando por el espacio entre las rejas. Los próximos días dirán si este encuentro fue de solidaridad efímera o de convivencia definitiva. No lo voy a forzar. Como escribe Soriano, experto en el tema, un escritor sin gato es como un ciego sin lazarillo. No es posible usar al gato para nada personal, no hay manera de privatizarlos.